-¡Es la última vez que me reúno contigo, Lúne! - espetó una airada Velia - ¿Quien nos dice que esos malditos seres no nos han mentido? ¿Quien diablos nos dice que no han jugado con nosotros? ¡Nos prometiste sabiduría y secretos, y todo lo que hemos encontrado es a un par de pequeños seres traviesos que no paran de balbucear ambigüedades!
Velia era una jovencita con unos cabellos de color plateados, muy extraños en aquellas latitudes, unos cabellos que caían con absoluta libertad sobre su espalda, como si se trataran de ríos repletos de argenta corriendo hasta su destino: sus nalgas. Poseía unos ojos ligeramente anaranjados, lo que hacía que cuando una luz medianamente fuerte se posaba en su rostro le resplandecían profundamente rojos. Eso junto con la fiereza con la qué Velia solía mirar a la gente, a veces le daba un aire casi terrible, oscuro. Aún así, su rostro en conjunto era de una belleza más bien carismática, con una nariz ligeramente larga.
-Yo también estoy con Velia. No podemos seguir dando pasos en falso. Si seguimos así... - dijo Ernel - ¡Si nos encuentran hoy, nos expulsarán, Lúne!
Lúne propinó un fuerte puñetazo a un árbol cercano, de tal intensidad que se abrió una pequeña herida en la mano.
-¡Callaos los dos! ¡Ahora ya estáis metidos en esto! Y tú, Ernel - dijo, empujándolo con fuerza y agresividad - ¿No eres lo suficientemente hombre como para tener los cojones de luchar por tus creencias? Veo que no, sólo basta ver lo cobarde y autocomplaciente que eres - Lúne se alejó de ellos, dándoles la espalda y encogiéndose de hombros - ¿Sabéis qué? No os preocupéis, ahora mismo me dirigiré a la Residencia por mí mismo y alegaré que fui a conjurar contra el colegio bajo el abrigo de la noche. Vosotros dos solamente tendréis que decir que me buscabais.
-¡Encantada lo haría Lúne, pues igualmente nos tienes engañados! ¡Todo lo que dices y crees son pamplinas! ¿De qué creencias hablas? Te dejaría en la estacada pero bien sabes que no quedaría excesivamente creíble a ojos del Rector, así que iremos contigo tanto si queremos como si no. ¿Verdad, Ernel?
-Por supuesto - dijo Ernel, olvidándose de la confusión producida por el enfado de su amigo - Debemos ser cautos.
Lúne escupió en el suelo y sin decir una palabra siguió hacia adelante, como si hubiera olvidado la presencia de los jóvenes que le seguían. Mientras tanto, Velia seguía refunfuñando por lo bajo pero lo suficientemente alto para que Lúne lo escuchara.
-¡Ya no estoy para esos juegos de niños, soy adulta! (...), ¿Sabes lo que es? ¡Un egoísta e inmaduro! (...), Hace años que nos enseñaron en Historia del mundo feérico que jamás jugáramos con Ellos. Son mundos totalmente diferentes y se rigen por otras reglas (...), Lúne es un irresponsable y nosotros tontos por seguirle (...), No sé qué hacemos siendo sus amigos (...).
Ernel se limitaba a asentir y a disimular, echando miradas periódicas al suelo o bien al cielo. Gracias a las antorchas dispuestas con cuidado en varios árboles que de vez en cuando iluminaban el interior del bosque, podían guiarse por él, de lo contrario hubiera sido imposible encontrar el camino que llevaba a la residencia de estudiantes. El problema mayor no era la luz sino algo mucho peor: los guardianes de Varmal que poblaban la fortaleza. A cada paso que daban solamente estaban pendientes del mínimo ruido que podían escuchar por temor a ser descubiertos. Continuas rachas de un gélido viento les golpeaban los rostros y pequeños cristales de hielo se incrustaban en sus pieles. En las zonas dónde las antorchas eran más escasas, observaban algo que les dejó sin aliento.
A lo lejos vieron unas luces azules flotando grácilmente, y moviéndose con un movimiento independiente del viento, temblando levemente. No eran luciérnagas, sin duda, las luciérnagas solamente aparecen en las noches cálidas de verano. Lúne andaba distraído entre las tinieblas, esperando impasible una reprimenda o un nuevo castigo. No le importaba en absoluto. Indagar sobre la verdad que se estaba ocultando en la fortaleza era más importante que todo ello, y eso requería pequeños sacrificios. Pensaba qué haría al llegar a la Residencia de Estudiantes. Se marcharía directamente a su celda, en dónde dormía con su amigo Ernel, y estaría toda la noche en vela, escribiendo y releyendo las copias que había hecho sobre unos libros que había hojeado en la Biblioteca de Varmal, unos libros que permanecían en el anonimato. Sonrió con seguridad, y deseó llegar a la calidez de la chimenea y a la gruta secreta de las palabras. Oyó el canto de un búho y el aullido casi imperceptible de los lobos en las montañas y valles que rodeaban la Fortaleza.
Mientras andaba cerró los ojos. Los ruidos nocturnos despertaban en él una especie de anhelo ancestral que no podía definir, a pesar que siempre intentaba plasmarlo por escrito: una armonía oscura, tenebrosa, que descansa sobre los miedos más profundos del ser humano. La belleza en lo desconocido, en lo que permanece eternamente velado, prohibido a las almas que no saben ver más allá.
Nada, no conseguía pensar en algo mejor y, sin duda, para él aquellas noches frías, silenciosas y ventosas eran como una canción que solo escuchaba su propia alma, regocijándose en ella misma. ¿Para qué servía escribirlo?
Empezó a nevar de nuevo mientras que a lo lejos empezaban a divisar la imponente Residencia que se alzaba como si de un gran Castillo se tratara. Era el edificio más apartado de toda la fortaleza y, no en vano, el mejor vigilado. Lúne, a pesar de serle indiferente el hecho que un guardián le detuviera en su marcha hacia el edificio, estaba extrañado sobre el hecho que en todo el camino no habían visto ni oído el menor rastro de un solo guardián de Varmal, lo cual era en efecto muy sorprendente. Por las noches solían estar apostados sobre los grandes árboles, vigilando por turnos, la mayoría en un radio de unas 2 millas alrededor de la Residencia. Oyó un grito, y esta vez no fue un búho ni el lejano aullido de un lobo.
Era el grito de una mujer.
Temiendo lo peor miró hacia atrás y al hacerlo se encontró con algo absolutamente estremecedor, como si de repente se hubiera introducido en una pesadilla. Vio a un ser deforme y monstruoso al lado de Velia, con las fauces abiertas y la cabeza de la muchacha metida en ella en toda su integridad. Solamente podía ver la melena de la chica saliendo de ella. Y seguían andando tranquilamente, como si nada pasara, pero los gritos de ella no cesaban, eran lamentos desgarradores. Lúne se quedó parado al instante, como plantado sobre el suelo y sus ojos se abrieron al máximo, como dos flores que de repente reciben la luz del Sol después de mucho tiempo. Pero en este caso, el Sol no existía, solamente una oscuridad latente, una imagen horrible que parecía provenir de su propio inconsciente.
La luz brillante de la locura le asediaba.
Pensando que todo aquello era producto de un día agotador, decidió darse la vuelta y seguir andando como si nada hubiera visto ni oído. Los lamentos que provenían de Velia parecían haberse silenciado. Sin embargo, al volver la vista hacia adelante observó algo que le dejó totalmente petrificado: la Residencia de estudiantes ya no estaba ante sus ojos, solamente una pequeña colina iluminada por la Luna, una colina huérfana de árboles. Por lo que él sabía, en la fortaleza ninguna colina se alzaba, pues de hecho estaban situados en un enorme valle. Supuso que se habían perdido, obviamente, y no resultaba nada halagüeño el hecho que era de noche y no sabía como encontrar el buen camino.
Se giró para comprobar la lógica sorpresa que también debía hacer mella en los rostros de sus amigos.
Y de nuevo, la pesadilla.
Ahora 2 monstruos totalmente deformes con el cuerpo repleto de sangre le seguían a una distancia pasmosamente cercana: a unos 3 metros de distancia. Lúne retrocedió hacia atrás: no llevaba armas encima, estaba indefenso ante aquellos seres inmundos. Posiblemente se hubieran comido a sus amigos y él lo hubiese ignorado. Ahora venían hacia él y seguramente querían completar el festín. ¿Era aquello obra de los Lamat? ¿Habían cambiado su rumbo a propósito para así darle caza con más facilidad, usando su magia oscura?
Uno de los monstruos abrió unas fauces que solamente contenían 5 dientes medio podridos. Sin apenas darle tiempo de reacción, el escuálido monstruo se abalanzó sobre él. Lúne lo esquivó tirándose al suelo, rodando, hacia la espesura negra del bosque. No, no se iría de allí, no huiría. Si de verdad se había comido a sus dos amigos, los vengaría aunque con ello pagara con la muerte. Agarró una estaca del suelo, desprendida de alguna rama o raíz, y, volviendo hacia el camino, les plantó cara, con el rostro abrumado por la cólera.
-¡Varmal!
Con ese grito se abalanzó contra el otro monstruo, que ahora se estaba acercando a él con unas garras en forma de garfio. Sorprendido, observó como con el primer golpe, aquel ser despreciable cayó de rodillas, y con un segundo golpe en la cabeza se desplomó en el suelo. El otro lo miró y decidió atacar con el doble de empuje. Pero Lúne tenía los ojos inyectados en sangre, la ira le había consumido la razón y, sin miramientos, empezó a golpearle de derecha a izquierda y de arriba a abajo, hasta que aquel cuerpo demacrado cayó al suelo bañado en sangre.
-son...Eran, muy débiles. ¿Qué significa esto?_se dijo a sí mismo Lúne, intentando recobrar el aliento.
De repente, unas manos duras y firmes le empujaron desde atrás y lo apresaron por el pecho. Gritos, maldiciones. Se giró y observó como unos guardias le reducían en el suelo, con fuerza y, tras ellos, la gran Residencia se alzaba a tan sólo 50 metros de dónde ellos estaban. Pudo observar cómo algunos de ellos corrían hacia la Residencia y hacia otras direcciones, con mucha prisa.
-¡Maldito asesino!
-¡Está loco!
Le insultaban, le propinaban patadas y le escupían. ¡Pero si había matado a dos monstruos él sólo! ¡Dos monstruos que se habían comido a sus amigos! Uno de los guardianes le agarró del cuello, con la cara desencajada por una mezcla de sorpresa y cólera y le giró la cabeza hacia los cuerpos que restaban en el suelo.
-¡Mira lo que has hecho, tarado mental! ¡Míralo! ¡¡Míralo!!
Y allí en el suelo, no pudo creer lo que veía. Eran Ernel y Velia, parcialmente desfigurados por los golpes y yaciendo sobre un charco de sangre oscura. Estaban muertos. Tenía que ser una pesadilla.
Sí, lo tenía que ser.
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Estaban en una habitación oscura y forrada de madera, una habitación repleta de potingues, libros y pergaminos. Había muchos tipos de relojes, cuadros inmensos con dibujos de paisajes desiertos y decadentes, y seres siniestros danzando o morando en soledad, y colgados en las paredes todo tipo de espejos e instrumentos musicales como liras, arpas, laúdes, violines y guitarras. Tanto el suelo como el techo estaban decorados con una alfombra azul oscura. En el techo habían colgados una serie de ramilletes de lana de diferentes colores y tamaños, algunos de ellos llegando a tocar el suelo. Sobre una mesa rectangular había una cantidad ingente de diferentes objetos y mecanismos extraños, a saber: un péndulo con forma de ojo rasgado en continuo movimiento, una brújula con signos herméticos cuya aguja cambiaba constantemente de dirección, plumas de diferentes aves exóticas en un cuenco, etc. En el centro de la superficie había colocado un antiguo candelabro de bronce en dónde 5 velas ardían lentamente, dando una luz sombría e intermitente a aquella habitación tan peculiar.
El jefe de la Orden de Varmal en persona había citado a Lúne para tener con él una charla personal y secreta, en la intimidad. Agros, el joven jefe de la orden, esbozaba una sonrisa franca con unos labios carnosos, ligeramente rojizos, dirigida hacia Lúne que estaba al otro lado de la larga y ancha mesa. Sus cabellos oscuros eran largos y caían como una cascada hasta el suelo, tras una silla alta adornada con distintas flores y espirales esculpidas en la madera. Sus ojos grises y almendrados transmitían tranquilidad y confianza, parpadeando con suavidad y delicadeza mientras hablaba con una voz dulce y clara como el alba de un día primaveral.
-Muy bien, Lúne, puedo observar en tu pecho, y ya me fue informado con antelación, que eres el representante de Varmal en el Colegio. ¿Cierto?
-Así es - dijo Lúne, mirándole con un rostro sin vida, apagado.
-Dejémonos de convencionalismos y cordialidades - Agros se echó hacia adelante, sin perder la sonrisa - Fui informado sobre el hecho que asesinaste a dos amigos tuyos. Sin duda, con toda seguridad serás expulsado. Ahora bien, desearía que me contaras todos los detalles. Me explico: tu versión de la historia.
Lúne se recostó en su silla y plegó las manos ante su rostro.
-¿Por qué se la iba a contar? No se va a creer nada de lo que diga. Nadie me cree. Además - enterró su cara en sus manos - merezco ser expulsado. No quiero hablar sobre ello, es demasiado doloroso.
Lúne empezó a sollozar. Agros le acarició la mejilla derecha con su gran mano.
_Entiendo tu dolor, chico, lo entiendo perfectamente - dijo con un tono melancólico y paternal - Pero sin querer acabas de escoger un camino del que ya no hay vuelta atrás.
Agros se levantó de su alto asiento, se dirigió hacia un rincón de la habitación, agarró una pequeña silla bordada con peces de colores y la colocó al lado del chico, sentándose en ella, a su lado. El jefe le pasó un brazo por la espalda y con la otra mano le levantó la barbilla. Los ojos grises de Lúne parecían dos bellas fuentes fluyendo, repletas de agua.
_Tómate el tiempo que quieras - le dijo, sonriendo - Sé que no es fácil para ti. No lo sería para nadie.
Entonces, al cabo de un tiempo, Lúne, entrecortado aún por súbitos ataques de llanto, le contó todo lo que les había ocurrido a él y a sus amigos desde que entraron en el Mundo Feérico por la Puerta. Agros no paraba de asentir, como si todo aquello le sonara familiar o, incluso, propio.
-Así pues os reunisteis, en contra de las normas, con seres feéricos - Agros esbozó una media sonrisa después de parpadear con cierto asombro, se levantó de la silla y se dirigió tranquilamente hacia una ventana que daba hacia las montañas recubiertas de nieve reciente - Juegos absurdos como ese de saltar sobre una hoguera en el mundo feérico no tiene valor simbólico, tiene valor real - Agros le acarició el pelo al muchacho desde atrás - Lúne, te hablaré sin rodeos. Te has convertido, sin querer, en un ser con facultades mágicas, lo que significa que tienes un vínculo invisible con otro mundo. En tu caso tienes un vínculo con el Mundo Feérico. Quieras o no, tendrás que empezar a afrontarlo.
-¿Qué tendré que afrontar?
-El dolor de ser diferente.
Lúne lo miró con una mezcla de odio y de tristeza.
-A mí esas frases tan rotundas que se dicen para quedar bien no me interesan. Sé más concreto.
Agros estalló en carcajadas y volvió a sentarse frente a él, tras la gran mesa de roble.
-Veo en tus ojos una personalidad dura, incorruptible. Pero también veo mucha ambición y oscuridad.
-¿Tú qué sabrás de mi? Solamente dices lo que te conviene para intentar influirme. Te aprovechas de mi abatimiento.
-¿Ves? Comprendes a Varmal. Por eso eres uno de los nuestros, y ahora más que nunca - Agros se recostó en su alta silla y suspiró - Verás...a mi me ocurrió lo que te ha ocurrido a ti. Yo soy como tú, por eso me importas. No tiene que ver con nada más. Simplemente compartimos la misma carga. La Orden de Varmal siempre ha sido malinterpretada por esos que ahora están asolando el mundo con las guerras. Supongo que ya sabrás lo que son los Lamat.
-Si pero, ¿Qué me importa ya eso después de lo que he hecho?
-Yo no te culpo por lo que te pasó. Culpa al destino, culpa a la suerte, pero no te culpes a ti. En nuestra orden, Lúne, hay muchos que como tú son vistos como los malvados de esta sociedad, cuando en realidad es que lo único que pasa es que vivimos por un ideal y estamos fuera de sitio. Queremos construir la libertad entre todos, pero desde siempre nos han intentado demonizar. ¿Entiendes? Acabas de dar el paso más importante de tu vida, y ese paso siempre viene precedido por la incomprensión y el dolor que trae la pérdida. Siento decirte eso a tu edad, pero estás madurando a un ritmo muy rápido y vale más que te des cuenta de ello.
-¿Qué esperanza me queda en este mundo más que la muerte? ¿Por qué demonios los maté? ¡¿Por qué a ellos y no a los que se lo merecen?!
Agros lentamente se dirigió hacia su extensa biblioteca, y, silbando una dulce melodía empezó a buscar un volumen con el ceño ligeramente fruncido. Finalmente, escogió un enorme libro de piel roja, ribeteado con espirales verdes, y lo colocó encima de la mesa. En un instante lo abrió por una página y empezó a leer.
-Y así aquel ancestral poder me arrebató la esperanza y la vida, y por ignorancia hice cosas de las que siempre me arrepentiré. Controlad la fuerza que lleváis en vuestro interior y seréis virtuosos. Al fin he abierto el Portal que nos llevará hacia una libertad eterna y ahora sé que todos los errores que cometí y los sacrificios que hice valieron la pena. Por el honor y la gloria de nuestro pueblo yo, Fentar Löwich, guiaré como una llama imperecedera los destinos de toda la humanidad - el jefe de la orden cerró el libro con cuidado y levantó los ojos hacia el joven - Este hombre, Fentar Löwich, a los 18 años era un demonio. Se rumorea que fue a esa edad que por primera vez entró en contacto con el mundo feérico y de una forma mucho más vinculante pues él era del Mundo Ordinario. Nadie se acercaba a él pues a veces parecía entrar en posesión y mataba a quien tuviera delante, hasta que un día consiguió focalizar todo su poder en liberar a la humanidad. Gracias a él pudimos volver al Mundo Espiral y se convirtió en el héroe más laureado de la historia. Tienes que empezar a controlar tu poder, y tienes que empezar a distinguir entre lo que ven tus ojos de este mundo y lo que ven tus ojos desde la dimensión feérica, y elegir el camino que te conviene - seguidamente abrió un cajón bajo su mesa y sacó de él una pequeña lámina. Agros se la enseñó al joven. En ella estaban dibujados jóvenes como él bajo un abedul gigante, todos sonrientes y abrazados.
-Yo soy el que está a la izquierda de la imagen, ¿ves? El único que aparece con semblante serio y grave. Los que me rodean fueron mis mejores amigos.
-Se os veía felices, sin duda.
-Al cabo de un año todos murieron. Yo los maté - dijo Agros, con un tono amargo, como si aún le costara hablar de forma natural sobre el tema. El jefe de la orden lo miró y le sonrió con melancolía - ¿Entiendes ahora?
A Lúne no le hizo falta escuchar nada más. Rompió de nuevo a llorar. Agros se acercó a él y lo abrazó como ya hiciera anteriormente, acariciándole sus largos y oscuros cabellos.
-No te preocupes, Lúne. No te abandonaremos. No te dejaremos sólo. Tu eres nuestra esperanza. Además, haré todo lo que esté en mi mano para que todos se olviden de este incidente. Nadie sabrá lo que hiciste, excepto yo claro - le guiñó un ojo, de forma amistosa.
-A mi me importa un rábano, la esperanza - balbuceó y, acto seguido, se separó de él y corriendo salió de la habitación dando un portazo.
Friday, March 26, 2010
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