El viento cargado de aromas del bosque de Fuar entraba por la ventana, el solsticio de verano estaba cerca y la atmósfera estaba prendada de magia y todo aquello que enaltece el corazón después de un largo tiempo en oscura soledad. Era una espléndida mañana que parecía sacada de un cuento de fantasía.
Las cortinas se movían al compás del suave viento, los pájaros cantaban dulces melodías en lo alto de los árboles milenarios, y el Sol se filtraba entre los agujeritos de estas, dejando pasar los colores que inundaban la habitación, mezclando las sensaciones que moldeaban la imaginación.
-Bien, esto va viento en popa - una risa clara como el ruido de un arroyo en un valle sobresalió por encima del canto de los pájaros - Sólo hace falta un pequeño retoque, y lograr un final adecuado para mi obra.
La criatura que había hablado era Nuán, el cual estaba sentado en una cómoda silla de madera tallada en formas de la naturaleza, formando un conglomerado armónico entre todos sus elementos, sin ninguna línea recta. Escribía en pluma y delicadamente, sobre un pergamino, trazando líneas perfectas y evocando cuidadosamente cada pincelada de su imaginación y transformándolo en palabras de una gran belleza, a aquella narración que escribía desde hacía semanas. En algunas ocasiones se detenía para introducir sus dedos dentro de sus descuidados y rizados cabellos caoba, mientras sus ojos negros recorrían y escrutaban la cámara, con la mirada perdida, en busca de inspiración.
La habitación era extraña, pero a la vez evocadora. Estaba decorada con cuadros de aldeas en donde él había viajado alguna vez, y con paisajes maravillosos y muy poco conocidos los cuales se habían reflejado en sus sueños e ilusiones. Debajo cada cuadro, que eran de un tamaño gigantesco, había unos escritos con una letra muy bien cuidada los cuales formaban unas breves poesías tan bellas, que superaban incluso la preciosidad de los frescos.
La habitación tenía forma circular, construida toda de madera y piedra, y estaba plagada de estantes viejos llenos de libros de todo tipo, algunos de ellos con telarañas, lo cual evidenciaba la antigüedad de aquellas obras. Una pequeña chimenea, colocada en la parte oeste de la habitación, ahora estaba apagada debido al creciente calor. Unas velas también apagadas estaban dispuestas en cada esquina, que se encendían obviamente cuando llegaba la noche, acompañando muchas veces a la luz de la Luna, que penetraba por unas ventanillas practicadas en el techo de la habitación, que estaban estratégicamente dispuestas mediante los cálculos del movimiento de la Luna, y éstas podían ser cerradas por una pequeña puertecita, que se abría y cerraba con una cuerda pegada a las paredes. Así, el que habitara la cámara no tenía que recurrir a coger una escalera cada vez que necesitaba luz o no.
Por si todo esto fuera poco, también habían colgados una serie de pergaminos que había obtenido años atrás en ferias y mercados, mecanismos astrológicos encima de la mesa sobre la cual ahora escribía, en dónde también había colocados muchos objetos de gran valor y extraños como los pensamientos e ideales de aquel hombre.
En aquella casa no había nada más que una habitación, la cual también servía de dormitorio, una pequeña cama estaba dispuesta en un rincón de la cámara decorada exquisitamente con dibujos de pájaros, árboles, ríos...
Cuando su alma volaba por encima de los planos existenciales, un ruido seco hizo zozobrar su inspiración. Era el ruido de un puño golpeando la puerta.
Con gran irritación y con una mueca dibujada en su rostro, el singular personaje dejó pasar a aquel que osaba importunar aquella paz.
-Adelante.
En la habitación entró un joven de una veintena de años que parecía ligeramente agitado.
-¿Qué ocurre, Kiu?
-Maestro, si me permite, le recuerdo que tiene una cita con los miembros de Hulen, y creí necesario avisarle.
Nuán sonrío irónicamente y le clavó una mirada fría en los ojos azules del joven, el cual se estremeció y la apartó rápidamente, no pudiéndola aguantar ni por más de dos segundos. Tal era el extraño fuego que alimentaba el interior de sus ojos oscuros como el carbón.
-Gracias, Kiu. Puedes retirarte.
-S...si señor.
Haciendo una leve reverencia, con rapidez, desapareció por la puerta abierta y la cerró con cuidado. Kiu vivía en una casita contigua a la suya, y hacia las funciones de aprendiz de Nuán.
Nuán se rascó sus cabellos color caoba, cerró los ojos tratando de centrarse en el objeto de su interés (el poema), pero su inspiración se había desvanecido como la tierra arrastrada por un viento cruel y violento. No tuvo más remedio que dejar la obra para más tarde, se levantó y se dispuso a prepararse para salir al exterior, hacia la morada de la Orden de Hulen.
Abrió un destartalado armario, se colocó una túnica azul claro, se puso la capucha, se calzó unas cómodas botas para caminar largos caminos y cogió su vara inseparable y un libro sin título, que parecía guardar algo extraño. Cuando estuvo preparado, abrió la puerta y saludó con una sonrisa alegre, extendiendo los brazos y cerrando los ojos, a la naturaleza que parecía brindarle la bienvenida. Empezó a caminar tranquilamente, con paso seguro y decidido, por el camino empedrado que discurría paralelo al arroyo de Inian, y por ambos lados del camino se agrupaba un gran bosque espeso, con los árboles que, retorcidos y con una vitalidad inmensa, abrazaban al camino con sus sombras de melancolía, y el tintineo de las gotas de rocío en las hojas acariciaba la paz que se albergaba en aquel momento en el interior de Nuán.
En el horizonte se entreveía el humo de las chimeneas de la aldea, ya que se acercaba la hora de la primera comida, y el sonido de música de flautas, violines, arpas, guitarrones y tambores se oía en la distancia, y venía volando con el viento, y coros de gentes en las plazas celebrando la fiesta del día de Uande. De repente, como obedeciendo a un impulso incontrolable, se sentó bajo un viejo y alto roble que crecía robusto a un lado del camino. Ahora el camino discurría por encima de un barranco de viva verdor y al fondo se extendían enormes prados llenos de flores y de ganado pastando en él y todo se movía armoniosamente, como obedeciendo a un plan de la naturaleza. Al oeste se extendían, ahora delante suya, las altas montañas azules de Ilmaren, detrás de ellas se cuenta que comenzaba el país de Gaül, en donde nadie quería encaminarse, porque se decía que quien ponía el pie en aquellas tierras nunca jamás volvía.
Nuán clavó su mirada como si pudiera atravesar aquellas altas montañas a lo lejos, y se le inundaron los ojos de recuerdos y la melancolía se apoderó de él, mientras esbozaba una sonrisa. Sacó con lentitud y ternura una flauta de madera del fondo de su túnica y empezó a tocar una suave tonada que empezó a llenar de leyendas e historias olvidadas a todas aquellas tierras. Al principio era lenta y triste la melodía, como si cada nota de aquel instrumento fueran lamentos, gemidos, para luego transformarse en lágrimas de dolor incontenido que parecía oscurecer aquel precioso paisaje. Los pájaros dejaron de cantar, unas nubes negras taparon el hasta ahora radiante Sol que había estado brillando desde su salida, y empezó a llover copiosamente.
A pesar que grandes gotas desde las hojas del roble le iban cayendo encima de su rostro, no dejaba de tocar en ningún momento, y de cada vez parecía recobrar más y más fuerza, los sentimientos estaban plasmándose en cada trozo del mundo que se extendía a su alrededor, y parecían unirse a las raíces de cada árbol, en la vida de cada ser viviente. Su canción ahora bajó de volumen hasta que pareció fundirse con el murmullo del arroyo que discurría detrás de los árboles que se extendían detrás suya. Y así fue como se levantó, volvió a sonreír, y empezó a entonar una canción rápida, que parecía recordar luchas, guerras entre sentimientos y miedos, y mientras tocaba con rabia, empezó a saltar y a correr por el camino, la lluvia no dejaba de caer y ya parecía ser parte de la misma canción, cada gota parecía un recuerdo doloroso contra la que luchaba incesantemente con su melodía.
El camino llegado a un viejo puente de piedra empezó a descender suavemente y la aldea ya se veía nítidamente a menos de 3 millas de distancia, y la flauta no dejaba de sonar, y ahora lo hacía con un ritmo alegre, desenfadado y mágico, y el Sol volvió a brillar, y se empezó a destapar el cielo como arte de encantamiento. Mientras su corazón se iba acelerando gracias a la alegría que le producía tocar aquello, fue golpeado por detrás y cayó de bruces al suelo.
Nuán se giró sorprendido para ver el rostro de aquel que osaba molestarle en su momento de ocio. Cuando lo hizo, un individuo de pequeño tamaño cayó encima suya y le dio un gran abrazo y un beso en la mejilla.
-¡Nuán! ¡Nuán! ¡Buenos díaaaas!. Te oí desde mi casa. ¡Eres magnífico! ¡¡Único!! - se acercó preocupada cerca del rostro del hombre, y le miró con sus ojos verdes y abiertos de par en par - ¿Qué te pasa? ¡Estás muy sucio y empapado! Espera, voy en busca de algo para limpiarte. ¿Quieres venir a mi casa a cambiarte de ropa? ¡Te puedo dar ropa nueva!
Nuán se repuso como pudo y se sentó en el suelo.
-Nyana, ¡Nunca cambiarás! No hace falta que me traigas nada, estoy bien. Gracias por el ofrecimiento.
-Pero...pero...
_Tengo prisa, llegaré tarde a una reunión.
-Siempre me pones excusas. ¡Eres muy malo. ¡Mientes! ¡Quieres irte a la fiesta de la aldea sin mi!
Nyana era una niña de 12 años, la cual consideraba a Nuán como a su propio padre, aunque muchas veces le intentaba dar el papel de novio, como muchas muchachas de su edad hacen con sus maestros preferidos.
-Adiós, Nyana, pórtate bien y diviértete.
_¡Esto no va a quedar así! ¿Me has oído? ¡Nunca me haces el menor caso!
Nuán rió a carcajadas, se dió la vuelta y desapareció andando tranquilamente tras una vuelta del camino.
Nyana se puso a llorar. Ella conocía a Nuán desde que éste, hacía unos 2 años, había venido un buen día a su aldea, y había construido una humilde casa a apenas 1 milla de la suya. Este siempre le construía y regalaba juguetes, le daba consejos, le contaba historias de otros parajes y de sus múltiples viajes, le enseñaba a escribir en otras lenguas y para ella él era su fuente de inspiración, un maestro y, también, su amor platónico. Ella nunca había salido de los alrededores de la aldea, y la única vía de evasión la encontraba en él y en sus leyendas y canciones. Nuán cada tarde salía a pasear para meditar y ordenar sus múltiples pensamientos, y Nyana muchas veces se iba a reunir con él y no dejaba de hacerle todo tipo de preguntas, y él siempre se las respondía en tono amable, aunque siempre, ella opinaba, que parecía distraído y ausente, y que en realidad no le interesaba todo lo que ella quería saber.
Con la cabeza gacha, desistió de seguir a Nuán, ya que cuando estaba ocupado no había manera de persuadirle, y se dirigió hacia su casa, con gran tristeza, y no quiso ir a la fiesta, ya que sin él no le merecía la pena acudir.
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La aldea se llamaba Taürion, y aquel día era un bullicio de gente. En todas las calles había un gran alboroto, y el mercado se extendía por todas ellas. En cada rincón había un juglar interpretando sus canciones y gente alrededor suya vitoreando y coreando sus canciones, jóvenes corriendo dirigiéndose hacia a los bailes de la plaza, gritos, palmas, risas, peleas, animales andando por la calle acompañando a sus vendedores y compradores, carros transportando fruta, lana, cereales, abriéndose paso casi a la fuerza entre aquella marea.
Todo era vitalidad y alegría en la aldea esperando ya la llegada del inminente verano, después de un largo y duro invierno, y de una primavera escasa y desesperanzadora. La gente necesitaba evadirse, y aquel día era el más indicado, porque la fiesta empezaba al alba y terminaba a la puesta de Sol, dando lugar luego a celebraciones en los bosques cercanos. Era una tradición que se remontaba en la noche de los tiempos, que simbolizaba el solsticio de verano.
Nuán caminaba entre aquel bullicio. Nunca le había gustado las aglomeraciones de gente, pero aquello era especial, porque se respiraba un muy buen ambiente, y eso casi nunca ocurría.
En la aldea, Nuán no despertaba muchas simpatías, ya que a primera vista parecía un hombre huraño y antipático, un hombre orgulloso y arrogante que paseaba tranquilamente sin tener que hacer ningún trabajo físico o forzado. Esto a la gente no gustaba, y por eso muchas veces hacían comentarios a sus espaldas (o delante de sus narices) comentando estos y más atributos que le habían impuesto solo por la apariencia. Pero Nuán hacía años que ya había aprendido a no preocuparse por lo que pensaban los demás de él, por eso solamente para sumergirse en el bullicio y disfrutar internamente, en vez de dar un rodeo y llegar a la Morada de los Hulen sin pasar por la aldea, prefería ir a través de esta, porque aquello le avivaba la mente, le agilizaba y le renovaba los pensamientos estancados que no le dejaban liberar sus sentimientos.
Él ya sabía que mucha gente estaba esclavizada a sus propios prejuicios, que no les dejaban liberarse de sus cadenas, y que la sabiduría le había enseñado el camino de este anhelo: el de la libertad. Y con el tiempo había sabido apreciar este don que los dioses le habían dado, este afán por siempre ir descubriendo nuevas cosas, nuevos horizontes y mundos, y eso le hacía inmensamente feliz, no tenía tiempo para deprimirse en las críticas que hacia él iban. El resto de miembros de Hulen no hacían lo que él: siempre trataban de evitar al "vulgo" y así esquivar las críticas que sí se llevaba Nuán por mezclarse con el pueblo.
Imbuido estaba en estos pensamientos cuando alguien le agarró por el hombro.
-Nuán, ¿Me equivoco?
Nuán se giró sorprendido e intrigado, y descubrió a un hombre de edad, con una blanca y luenga barba, el cual con unos ojos inquisidores y brillantes no dejaba de mirarle.
_Así es.
El hombre viejo sonrió.
_Antes de que me lo preguntes, espera...¿Te puedo tutear?
Parecía tener sentido del humor.
-Por supuesto que sí, eso debería preguntarlo yo. Dígame.
-Tu también me puedes tutear! Te iba a comentar que me llamo Hyunde, y voy por primera vez a este consejo que ha sido convocado hoy, como cada año si es verdad lo que me ha comentado el compañero que me invitó a dicha reunión, en el solsticio de verano.
Nuán estaba muy extrañado. Veía a aquel hombre como a un sabio bondadoso, más bien como un druida de las leyendas humanas en el Mundo Ordinario, ya que iba vestido con una túnica blanca, y llevaba un cinturón dorado y una rama de roble en la mano izquierda. Pero en el Mundo Ordinario los druidas hacía siglos que habían desaparecido (tampoco era normal que alguien en Espiral quisiera imitarlos en su forma de vestir) y, además, había algo en su miraba que lo inquietaba de veras. Se preguntaba cómo demonios le habría reconocido, si a él no le conocía de nada, nunca lo había visto...aunque le resultaba extrañamente familiar.
_Sé cómo me miras, y puedo leer tus pensamientos. No, no soy un druida, de hecho me visto como ellos para rendirles homenaje al haber sido ellos los depositarios de una buena parte de la sabiduría de Espiral durante el Exilio en el Mundo Ordinario, pero si quieres saber algo, hasta que ingresé en los Hulen, pertenecía a la Orden de Wail. Ayer juré obediencia y silencio a la de Hulen.
El anciano guiñó un ojo. A Nuán le parecía sospechoso y de entrada no le gustaba su actitud de misterio que quería demostrar. Además, ¿Que hacía alguien como él en Täurion? ¿Por qué se había molestado en viajar tantos kilómetros para ingresar en otra Orden a esta avanzada edad? Wail, la Orden más poderosa de Espiral.
-Bien, Hyunde, perdona que te interrumpa, pero tenemos aun que andar unas 5 millas más hasta llegar a la Morada, y vamos muy justos de tiempo.
El anciano asintió sonriente, y los dos se encaminaron hacia la Morada. Durante todo el camino no hablaron de nada más, y Nuán se sintió muy desconfiado hacia él.
Cruzaron la aldea y llegaron a unas colinas que se extendían al norte de ésta, y en dónde estaba el escondite secreto para acceder a la Morada.
Detrás de unos árboles, estaba la piedra de la Colina, la cual si se giraba sobre si misma y se pronunciaban las palabras mágicas correctas, una puerta de piedra se abría sobre su eje y permitía la entrada a los miembros de la Orden.
Una vez allí, el anciano abrió la boca por primera vez en 2 horas.
-Bien, mi amigo Nuán, ya hemos llegado a la compuerta. ¿Me equivoco?
-Así es.
El anciano esbozó una sonrisa bajo sus pobladísimas barbas, cerró los ojos, e hizo girar la piedra con tranquilidad.
-Andenïa vermat un nundalen arkhat. Lüar indharis trew canthelion na juildin tyu.
Las puertas se abrieron lentamente delante de los dos hombres. Nuán no daba crédito a lo que veía. No había acudido jamás al lugar y ya sabía todos los procedimientos que tenía que seguir.
-¿Sorprendido? Aprendo las cosas muy deprisa, pese a mi avanzada edad. Este amigo mío me pasó un pergamino con todos los procedimientos a seguir, y los memoricé. Así de sencillo.
-No está mal, señor Hyunde. Sin más dilación, entremos - dijo Nuán, simulando indiferencia.
Una vez cruzada la puerta, había una escalera que ascendía hacia arriba, elevándose hasta que daba una vuelta a unos cien metros, iluminada por antorchas, las cuales daban un ambiente esotérico al lugar. Hacía bastante frío, y aquello evocaba fácilmente un ambiente de leyenda, de misterio que lo impregnaba todo, hasta las gotas de humedad que caían de las rocas del techo, el eco que producían al caer y el suave viento frío que provenía de allí arriba. Los dos hombres se encaminaron por las escaleras y empezaron a ascender con paso firme.
Después de 15 largos minutos ascendiendo sin parar por aquellas angostas escaleras, llegaron a unas grandes puertas que señalaban el final de aquel tramo. Sin que hiciera falta ninguna fórmula ni procedimiento secreto, las puertas se abrieron lentamente, al igual que lo habían hecho las puertas de abajo.
Entonces, delante de ellos, se extendieron unas tierras verdes y vírgenes. Un camino de tierra discurría atravesando dos altos setos hasta perderse en la distancia, y dulces aromas lo impregnaban todo, ya que allí había grandes campos repletos de flores, jardines enormes en los cuales no había dos árboles iguales, pájaros de todo tipo y animales en libertad jugueteando entre ellos pasaban delante de los dos individuos que ya se encaminaban hacia el sitio donde tenía lugar la reunión.
Pasaron por encima de un puente de madera que atravesaba un lago largo el cual parecía un espejo y donde se podían observar numerosos peces de colores que nadaban armoniosamente bajo el agua. Todo parecía mágico y bucólico, de ensueño, allí parecía conservarse la esencia de todos los lugares del mundo. Todo estaba rodeado de alta hierba, los caballos trotaban por los prados, mariposas de todos los colores imaginables revoloteaban como dando la bienvenida a los recién llegados y un sonido apacible de cascadas cayendo se escuchaba en medio de aquella tranquilidad. No había vestigios, aparte de aquel sencillo camino estrecho y de los setos bien cuidados que lo cerraban en ambas partes, de la acción del ser humano. Aquel largo pasadizo rodeado por los setos color esmeralda, terminaba en otro gran lago, esta vez mucho más grande que aquel por el que habían pasado.
Una vez llegados a la orilla del siguiente lago, vieron que había una hilera de nenúfares que se dirigían hacia el horizonte, el cual parecía terminar en una cascada que se oía bien al fondo. El lago estaba rodeado de grandes bosques, y unas flautas extrañas se oían dentro de estos que parecían dar la bienvenida a los fatigados viajeros.
-¿Quieres atravesar el lago, que es más tranquilo y lento, o quieres ir directamente a las escaleras colgantes de la Colina por un camino lateral? - preguntó Nuán.
-Vayamos por el lago, mis pies necesitan un masaje, aunque en vez del de una doncella, sea del agua del rio - sonrió el anciano, con voz traviesa.
Los dos subieron sobre unos nenúfares, los cuales no se hundían bajo el peso de los dos hombres. El Sol ya estaba bajando por el horizonte y el atardecer era rojo como la piel de una manzana. El viento mecía los cabellos de ambos e, instintivamente, cerraron los ojos y se dejaron llevar por los suaves nenúfares los cuales todos se dirigían con lentitud hacia la cascada del final. Las fragancias de las flores de los distantes prados que se extendían tras los altos árboles de diferentes tipos, que ahora decían adiós con el ajetreo de sus ramas a aquel precioso día que había acontecido. Nuán decidió tomárselo con calma, se sentó a los pies del nenufar que ocupaba dejando que ambas piernas se sumergieran en el agua. Nuán giró la cabeza hacia Hyunde, y le habló de forma irónica.
-Aún no me explico cómo llegaste a saber mi nombre, señor Druida venido del otro mundo.
Hyunde soltó una carcajada desenfadada, que desconcertó aún más a Nuán.
Durante aquel armonioso y tranquilo trayecto por las aguas no hablaron más, hasta que llegaron al borde de la cascada, la cual les despertó de sus ensoñaciones que les había evocado aquel lago de ensueño. Nuán sonrió, bajó del nenufar en qué estaba sentado y de un salto se tiró por encima de la cascada, desde una altura espectacular, ante los ojos curiosos y divertidos del anciano. Cayó justo en medio de uno de los numerosos riachuelos que discurría entre un gran prado verde en el cual justo en medio había ubicada una gran casa. Nadando, Nuán salió del riachuelo como un niño después de haber jugado durante horas, totalmente destrozado de cansancio, y al girarse no pudo sino contener un grito de sorpresa.
Era Hyunde. ¡¿Como había aparecido allí de repente?!
-Sigamos, amigo Nuán! ¡Eres muy lento!
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Extraído del libro "La luz menguante" de Nuán.
Una leve y dulce melodía era arrastrada por el viento, mientras el sol se ponía detrás del oscuro horizonte recortado de grandes montañas que se perdían en la distancia. Un viento frío del norte se desplazaba por entre las ramas de los altos abedules y fresnos, los cuales rodeaban bellas fuentes decoradas con dibujos de trazo exquisito de aves de todo tipo, que rebosaban agua por todos sus lados.
Yo andaba, como de costumbre, ensimismado con toda la belleza extravagante que me rodeaba, las fragancias que respiraba ávidamente las recibía con un estremecimiento de sumo placer, el canto de las aves las cuales habitaban entre familias risueñas y felices en aquellos parajes de ensueño me había olvidado de todo, las flores que lamían aquella misteriosa casa rústica que siempre me parecería extraña e inquietante y aquella música...si, ya la conocía, me era familiar, me traía una melancolía que me hería el corazón, pero que a la vez necesitaba, anhelaba con locura...Me dejé llevar por mis sentimientos, como solía hacer demasiado a menudo.
No os lo creeréis, pero me puse a bailar, había perdido el sentido del tiempo, y desde que había aprendido a disfrutar de todo lo bueno que me ofrecía la vida, nunca desechaba los buenos momentos, los cuales eran escasos y duraban muy poco.
No estaba completamente seguro que mi proyecto presentado a la Orden funcionara, ya que era el miembro más nuevo de esta, y, además, yo ya empezaba a desconfiar en las Ordenes que pululaban por este mundo.
Oí lejanas risas, no sé si dirigidas a mi forma de exteriorizar mis sentimientos, pero me fue indiferente.
Llegamos los dos a la puerta y yo fui el encargado de abrirla con lentitud. Ante nosotros apareció una sala austeramente decorada, no había ni sillas ni mesas, estaba todo igual que cuando estuve por última vez, y toda era de piedra con un techo de madera oscura. Había situados dos ventanales, y los dos miraban hacia el oeste, donde ahora se ponía el Sol, la luz del cual entraba levemente por ellas hacia una roca tallada con unos signos que sólo los miembros de la Orden éramos capaces de leer.
La roca estaba situada en el centro de la casa, y hacia allí nos dirigimos.
Llegábamos bastante tarde, y eso me preocupaba más que nada por mi reputación y no podía evitar, aunque no lo quisiera, que me preocupara lo que pensasen los demás de mí en aquel preciso momento. Saqué un pergamino que tenía aferrado en el costado de mis pantalones, y empecé a leer la complicadísima fórmula necesaria para entrar en el acceso secreto de la reunión.
El anciano estaba más tranquilo de lo que esperaba, aunque tampoco me parecía tan raro. Yo estaba seguro que escondía un as en la manga y que no era precisamente algo bueno. Me pasaban por la cabeza mil suposiciones, pero no me atreví a darles absoluta credibilidad. Con un movimiento armonioso, Hyunde se sacó algo de debajo de su túnica, me sonrió y me clavó su mirada y le pude ver por primera vez el extraño fuego que alimentaban sus ojos, pero me pareció que un halo de extraña armonía y bondad acariciaba y jugaba con dicho fuego, como viento perfumado que mece la hoguera.
Me cogió una mano con extrema suavidad, y depositó en mi palma una flor verde aparentemente corriente pero que nunca jamás había visto.
_Toma, ya sé que recelas de mí, lo he estado notando desde que nos encontramos por primera vez. Yo solo te digo una cosa: te pido que tomes eso de mi parte. Tu mismo sabrás ver algún día lo que quise decir con ese gesto.
Acto seguido me cerró la mano, y se dirigió escaleras abajo, y yo le seguí sorprendido y a la vez confundido por su sinceridad y solemnidad.
Ya se habían reunido casi todos, y todas las caras eran las mismas que de hace un año, sin ninguna novedad, solo que esta vez todos me entregaron una sonrisa de complicidad que era nueva para mi. El sitio elegido por la orden para las reuniones de alto secreto no era ni mucho menos una sala propiamente dicha. Era un espacio circular, cerrado por enormes robles muy ancianos, engalanados por cintas de colores que se mecían por un perfumado viento que provenía de unos espacios misteriosos que solamente al jefe de la Orden le estaba permitido visitar. Detrás de los robles primigenios había un arroyo que lo circundaba y el suave ruido de este era una música de fondo celestial que ambientaba las reuniones. Los reunidos en vez de sentarse en sillas alrededor de una mesa, se sentaban en la fina hierba de un intenso verde, recostados en los árboles y formando un amplio círculo. En otro tiempo, cuando la Orden era más numerosa, todos los robles habían sido ocupados por sabios, pero ahora muchos permanecían vacíos, quizá aliviados de no tener a un intruso humano sentado al lado de sus raíces.
Cuando Hyunde y yo ocupamos nuestros respectivos sitios, uno a cada lado del lugar arbolado, los susurros que hasta ahora se oían entre los presentes se suavizaron hasta permanecer en absoluto silencio. De acuerdo a la tradición de la orden, cerré los ojos justo cuando sabía que el silencio volvería a ser roto. Entonces el tierno sonido del Arpa Mágica de Hulen empezó a moldear las primeras melodías sagradas que nacían de lo más alto del roble más elevado y anciano de todos. Hulen era una orden musical y bárdica, y como tal, los bardos tenían una posición envidiable dentro de ella, de hecho, el actual jefe de la Orden era bardo aunque no era él el que interpretaba la sagrada canción. Por alguna extraña razón que se pierde en la noche de los tiempos, estaba prohibido por tradición oral que el jefe interpretara dicha canción.
Así pues, todos los presentes fueron hacia el centro del círculo, sin abrir los ojos, e instintivamente se dieron las manos, creando un círculo perfecto. El bardo empezó a cantar con una voz dulce y calmada.
Ünan fentar
fentar ünan
leyo keni tentra
lomanach nyo entam
Ünan fentar
fentar ünan
La canción estaba compuesta en un lenguaje ritual del que ya nadie sabía nada, ni siquiera el jefe de la orden. Se rumoreaba que había sido la lengua con la que se expresaron miles de años atrás los pertenecientes a la orden, para hacerla todavía más secreta y hermética. Sin duda, la canción antaño había constado de más versos y con más riqueza de melodía. Pero era un auténtico milagro que aún se conservaran estas palabras después de tantos siglos usando la lengua común y habiendo desaparecido mucho tiempo atrás la Alta Lengua, se dice que de orígenes feéricos.
Al cesar la música del harpa, una energía cálida se congregó en el centro del círculo, alimentada por el suave cuchicheo de los árboles mecidos por la brisa y, de repente, se hizo de noche apareciendo las estrellas y las galaxias a millares en un conjuro súbito. Los congregados flotábamos a varios centímetros sobre el suelo. Seguidamente, todos caímos con suavidad al suelo y ya estábamos listos y preparados para empezar la reunión, ya en otro plano de existencia y de tiempo. Un fuego ígneo se había encendido en el centro del círculo, un fuego incombustible creado por la alta magia de todos nosotros. Y así una nueva reunión de la orden secreta de Hulen empezó.
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-Ynä (hermanos)- dijo con una voz dulce y relajada el jefe de la orden - En esta maravillosa y bien amada noche estrellada, tenemos el honor y la maravilla de presentaros al que será a partir de ahora un nuevo miembro de la orden de Hulen. Su nombre es Hyunde, y espero que como buenos Ynä le acojáis con regocijo entre vosotros. Viene de tierras muy lejanas, concretamente de la muy honorable orden de Wail. Os pido un enorme aplauso de bienvenida.
Una gran ovación se cernió sobre la sala arbolada, una ovación que duró una eternidad, aunque poco importaba, pues el tiempo en aquel sitio no tenía importancia, estaba algo así como congelado. Vítores empezaron a salir de las gargantas de los presentes, emocionados por ver crecer de nuevo a la antiguamente castigada orden de Hulen.
-¡Viva la Orden! - exclamó uno de los hermanos, visiblemente emocionado.
-¡Viva! - le contestaron todos.
-¡Larga vida a nuestro nuevo hermano Hyunde! ¡Por muchos años!
-¡Por muchos años hermano Hyunde, y larga vida!
Entonces de la nada aparecieron copas de Lera, que atraían en su superficie la blanca y pura luz de las estrellas, ante cada uno de los congregados, rellenas de líquido del Cristal Ancestral. Solamente en ocasiones muy especiales se les permitía a los reunidos beber de un brebaje sagrado y sellado por cientos de años como aquel. Todos se pusieron a charlar animadamente, bajo el tenue efecto de la bebida, que ensalzaba los corazones y hacía brillar las almas en medio de cualquier oscuridad.
Nuán no recordaba haber tenido una bienvenida tan enérgica y especial como aquella. Miraba alrededor y solamente veía caras felices y entusiasmadas, todos hablando acerca de todo lo virtuoso y bueno que existía en el mundo. Pero él, alrededor de todo aquel gozo, se sentía culpable por sentirse triste y melancólico. Se sentía incluso apartado, olvidado.
Debía ser simplemente un mal día, fruto de demasiadas emociones fuertes.
Toda la preocupación se desvaneció al ver que Hyunde se levantaba desde las raíces del roble que le habían otorgado para tomar la palabra. Con la mano derecha seguía blandiendo la vara de madera, mientras que la izquierda tenía ligeramente agarrada una copa de Lera.
-No sé cómo podré agradeceros, en estos años venideros en los que espero y deseo ser vuestro hermano, toda esta muestra de sincera felicidad al haberme acogido como nuevo miembro de vuestra Orden - más aplausos entusiastas se sucedieron - ¡Gracias! -los aplausos cesaron - Desde mi niñez, siempre he tenido devoción por los mitos, las leyendas y las canciones que han ido moldeando y enriqueciendo nuestra sociedad actual. Yo provengo de la antigua orden de Wail, una congregación de hermanos que en una ardua tarea intentan mantener la paz y la estabilidad entre el mundo Ordinario y Espiral, pero por motivos puramente espirituales, mi alma me ha revelado que mi sitio está entre vosotros, en busca de la verdad que yace subyacente en los libros y en la tradición oral y secreta. Así pues, y siempre manteniendo en mi corazón los maravillosos recuerdos que permanecen de mi antigua Orden así como de los que serán siempre mis otros hermanos, soy un hombre feliz cada vez que pienso que he ingresado en la Orden en la qué de verdad puedo sentirme en casa, en la que mis sentimientos son los mismos que los vuestros. Así pues, bebo esta humilde copa que me ha sido otorgada con el ánimo de alguien que trabajará arduamente, codo con codo, y conjuro con conjuro, para que la llama de la leyenda siga viva en nuestro Mundo. ¡A vuestra salud, Ynä!
-¡A tu salud, Yne! - corearon el resto de hermanos, con gran júbilo.
Nuán miró otra vez a su alrededor. Era curioso observar la media de edad de todos los hermanos. Todos tenían más de cuarenta años, excepto él, que rondaba los treinta. Ahora todos estaban ocupados alzando alabanzas al jefe de la Orden y a Hyunde, pero lo que más deseaba Nuán era terminar con aquellas celebraciones infructíferas y seguir con la reunión, pues él había estado días enteros escribiendo en un pergamino sobre un tema del cual tenía muchas ganas de hablar, por su urgencia. Pero, ¿Por qué aquel anciano recibía tantas alabanzas y tantos halagos por parte de la Orden? Era irracional pensar que fuera simplemente un desconocido que hubiera ingresado en Hulen. Sin duda había algo sobre Hyunde que él desconocía, o...quizá simplemente fuera envidia por haber tenido una celebración así. Puede que hubiera sido un hombre con mucho renombre en su país, pero aquel bombo y platillo era más digno de un señor feudal que recibe a un hijo de un señor de otra tierra que se ha casado con su hija, que de miembros de una Orden.
Así pues, Nuán se levantó, sin esperar que las muestras de alegría por la llegada del nuevo hermano hubieran cesado.
-Ruego a los presentes que la reunión se reanude después de haberle dado la bienvenida al nuevo hermano.
Al oírle sus sobrias palabras, los congregados cesaron de hablar durante unos instantes y le miraron con la cara amarga de alguien que odia ser interrumpido cuando disfruta de algo feliz.
-Nuán, estás en tu derecho de exponer lo que quieras decir ante los Ynä - dijo el Jefe, desganado, limitándose a seguir la tradición oral de la Orden.
-Bien - espetó Nuán, levantándose de su sitio bajo el roble - Supongo que habrán oído hablar de los Lamat.
Un silencioso pero constante revuelo se levantó en la sala al escuchar aquel nombre. Visiblemente airado, uno de los presentes, de nombre Tynu, se levantó.
-Oscuros nombres son los que tu pronuncias en una celebración como esta. Abogo por el veto a nuestro hermano Nuán, por agitar la oscuridad cuando no tiene que ser agitada.
-Nuán puede hablar de lo que su corazón le dicte como hermano nuestro que es - dijo el jefe, ligeramente contrariado - Puedes proseguir, Yne.
-Como ya sabréis, los Lamat son unos seres feéricos que llevan atacando a Espiral, de forma constante, desde hace muchos miles de años no solamente matando y destruyendo, sino sembrando también el miedo y la ira en los corazones de la gente y así gran parte de la humanidad está expuesta al afán de poder para, con esa excusa, combatir a esos seres. El mayor problema reside en qué cuanto más corrupta y podrida está la humanidad, más ataques sufriremos de ellos y así se produce un círculo vicioso que nos puede llevar a la destrucción. Pero bueno, nada nuevo os cuento, toda esa historia la sabéis mejor que yo. El mayor problema es que, según he ido recogiendo en mis viajes por toda Espiral, los ataques han desaparecido. Simplemente, no se tiene constancia de ataques desde hace meses. Esto es muy extraño y querría que se discutiera, y más siendo Hyunde un ex-miembro de la Orden de Wail. Me temo que podemos estar en el ojo de un huracán.
Carcajadas y reproches empezaron a surgir de las gargantas de todos los presentes. Otra vez Tynu intervino.
-¿No será que quieres desviar la atención simplemente porque tienes envidia del recibimiento que hemos brindado a nuestro hermano?
-¡Seguro que así es! - intervino otro hermano, en un tono claramente burlesco.
-Nuán, después de este dudoso argumento que acabas de esgrimir, estás obligado a dar razones fundadas sobre ello - dijo el jefe, profundamente airado - o sino tendremos que tomar medidas por tu insolencia en un día de júbilo y alegría como este.
-Eso es lo que pretendía hacer, mi maestro - contestó Nuán, en un tono muy relajado - Los Lamat, en contra de lo que casi todos piensan, son seres muy inteligentes guiados por un feérico del que no se sabe absolutamente nada, o por un grupo de ellos. Los Cuatro Guardianes, me han comentado, no sin temor, haber observado unas extrañas nieblas apareciendo por encima de las Cuatro Arboledas. Esas nieblas, a tenor de lo que nos cuentan las leyendas que nosotros mismos estudiamos, son exactamente iguales en forma a las descritas justo antes del primer ataque de los Lamat en la historia de Espiral, justo después de la Gran Guerra entre los Reinos de Espiral. El por qué se ven los mismos indicios que los producidos momentos antes de la Primera Caída, hace 6000 años, es algo que de momento, y por desgracia, escapa a mi saber - las quejas de los presentes empezaron a subir de tono, hasta el punto que a Nuán le costaba hablar. Había mucha hostilidad en el ambiente, mucha ira - Mi teoría es que los feéricos nos están amenazando con un nuevo Exilio, puesto que nuestro mundo se haya profundamente corrompido y desequilibrado, con una Orden de Wail en la sombra que lo controla todo y unos pocos privilegiados que tienen acceso a las Órdenes. ¿No os lo habíais planteado hasta ahora?
-Hermano Nuán, conoces perfectamente las reglas de nuestra orden. Todos los hechos de importancia no demostrables deben evitarse en las reuniones. Lo que nos estás comentando es muy grave, y por eso tu falta de pruebas y por tus injurias no sólo contra todas las órdenes espirales sino también contra la nuestra lo hace aún más grave - el jefe de la Orden hablaba con un tono de voz que había pasado del dulce y bajo del principio de la reunión, a un estado furioso e implacable - Al finalizar esta reunión deberemos tomar medidas contigo.
Nuán rió con amargura.
-Ya de por sí una Orden que niega la libertad de expresión de sus hermanos, indica lo podrido que está el mundo de las órdenes espirales, mi maestro. Además, te contradices en un punto. Esta orden está asentada sobre hechos que jamás se podrán comprobar: leyendas extraídas de canciones y mitología, y sin embargo creéis en su veracidad, ciegamente. ¿Por qué entonces no podemos creer a cuatro guardianes que llevan decenas de años guardando nuestras fronteras?
-Pido a la Orden que se vete al hermano Nuán - exclamó uno de los Ynä - Las injurias e insultos que está lanzando contra las órdenes son ya inaceptables.
Nuán dio dos pasos hacia el centro, ante las caras desencajadas por el odio de todos y, sin inmutarse, siguió hablando con un tono relajado y firme no sin antes dar un pequeño sorbo de su copa de Lera.
-La Orden de Hulen, así como el resto de órdenes, solamente podrá evitar un nuevo Exilio atrayendo sangre nueva a la Orden y refundándola, cómo el pequeño brote que nace al lado de un árbol moribundo, gracias a una última semilla. Yo propongo la creación de una escuela para todos los niños y niñas que quieran estudiar en ella, hijos de gente normal y corriente del pueblo, pues la magia y la sabiduría deberían poder ser accesibles a todo el mundo y no peligrosamente restringidas. El objetivo final de esas escuelas será el ingreso a la orden siempre bajo decisión propia.
De cada día nos encerramos más y más en un hermetismo que nos condena a repetir los errores que se cometieron hace 6000 años. El pueblo de cada vez es más manipulable, más influenciable y eso implica una progresiva desaparición de nuestra interacción con la magia y la sabiduría del Mundo, pues las órdenes de cada vez se vuelven más materialistas por su afán de poder sobre el pueblo - cerró el puño, con el ceño fruncido - Hermanos, os ruego que tengáis en cuenta mi proposición, que al menos le deis el beneficio de la duda, pues sino me temo que estamos todos abocados al una Segunda Caída. Por lo demás, pido disculpas si en algún momento os he ofendido. No era mi intención, pues todos los que me habéis podido conocer en el poco tiempo que he sido parte de esa hermandad sabéis y conocéis el profundo aprecio, respeto y admiración que guardo hacia cada uno de mis Ynä.
-Bien, este tema tan interesante será discutido en breve. Pero primero debemos centrarnos en lo que nos concierne - así hablaba el jefe de la orden, habiendo recuperado de nuevo su voz dulce y relajada - Tynu me ha pedido el turno, y hoy nos hablará sobre una leyenda recientemente descubierta gracias a un erudito llamado Pel·las, que pudo recopilarla en un libro gracias a los viejos habitantes de una aldea olvidada de las montañas de Ilmaren llamada Kerna.
Tynu se levantó con una gran sonrisa en el rostro.
-Así es, mi maestro. Hoy os voy a relatar una historia que confirma que la leyenda de la Joven de las Estrellas está más extendida de lo que creíamos. El único pueblo que hasta ahora hablaba de esta leyenda, cantada por sus bardos, está a miles de kilómetros de aquí, y todos recordareis su extraño nombre: Dauron Nesse, que en la Alta Lengua significa La mujer del cielo (Dauron: Cielo; Nesse: mujer). Y ahora viene lo más interesante: el pueblo de Qion, situado en un pequeño y angosto valle a mucha distancia del primero, conserva un pequeño templo llamado Deiron Nisso. A pesar de las diferencias idiomáticas, todo parece indicar que existió un culto común compartido por pueblos muy lejanos que no pudieron estar en contacto en tiempos muy remotos, cuando aún no existía la marinería. Y ahora empezaré a relataros esa maravillosa leyenda, cuya versión para mi es más bella y única que la primera que conocimos.
Nuevos hallazgos y revisiones de leyendas se iban sucediendo poco a poco, con tranquilidad y alegría trovadoresca. Nuán llegó a sentirse un mero agitador que se estaba alejando de los propósitos de la orden y de su propio deber quizá por envidia o por incapacidad de exponer un buen tema para regocijo de los demás hermanos. Él había estado trabajando en su proyecto de apertura de la orden durante un mes entero, y parecía como si hubiera estado perdiendo el tiempo a juzgar por el ínfimo caso que se le hacía. Cansado ya de esperar que le llegara su turno, al cabo de infinidad de horas que se desvirtuaban a consecuencia de la no existencia del espacio-tiempo comunes, se levantó del sitio al que estaba asignado bajo un roble joven y enclenque y, sin media palabra e invadido por la incomprensión, desapareció de la reunión ante la mirada impasible de los demás hermanos. No recordaba haberse sentido tan desamparado y solo en su toda su vida.
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Justo al salir de los recintos de la Orden, mientras caminaba por la ciudad ahora en duermevela, Nuán ya había decidido qué rumbo iba a tomar en su vida. Obstinado, con el ceño fruncido, llegó con rapidez a su casa. Los grillos cantaban bajo la tenue luz de la luna menguante. Cri Cri Cri, era un sonido que siempre le reconfortó y le ayudó a tomar las decisiones más drásticas en su vida.
Los ruidos de la noche.
Entonces, introdujo la llave de bronce y abrió la redonda puerta de madera, rodeada y cubierta por enredaderas. Entró y seguidamente se quitó los zapatos, como de costumbre. El pasillo por dónde empezó a andar estaba levemente iluminado por dos viejos candelabros, situados al principio y al final de este. Cada día Nuán encendía una barra de incienso de diferente olor, incienso natural de algún lugar específico. El pasillo siempre parecía destilar magia, cubierto por nieblas aromáticas de olores evocativos. Estaba todo decorado con estatuas de héroes, dioses y criaturas de casi todas las regiones del mundo Espiral, cada una de ellas diferente a la otra, y muchas muy poco conocidas por el resto del mundo. Algunas estatuas, producto de una extraña magia que él ni siquiera se atrevía a investigar, cobraban a veces vida y hablaban con viva voz.
Con los pasos amortiguados por la blanca moqueta, Nuán se dirigió silenciosamente hacia sus aposentos con el objetivo de prepararlo todo para la mañana siguiente. Y fue justo cuando abrió la puerta corredera de madera, cuando de repente se quedó parado mirando fijamente hacia la hoguera encendida. No podía dar crédito a lo que veía: una mujer alta, blanca como el mármol y con el cabello largo y pelirrojo que le llegaba a las caderas estaba sentada en el taburete enfrente de la hoguera. Llevaba un vestido largo acabado en una larga falda, un vestido negro como la más oscura de las noches, negro de pies a cabeza, sin encajes. Al ver a Nuán con la cara desencajada de la sorpresa, quizá pensando que le habían entrado a robar, echó atrás la cabeza y empezó a reír a carcajadas.
Nuán, con rapidez, se dirigió hacia un cajón cercano y sacó una espada corta.
-¿Qué diablos haces en mi propia casa?
-¿De veras que no me reconoces?
Nuán, sin soltar la espada, dió dos pasos hacia delante. La miró, y unos ojos embaucadores e intensos color turquesa le devolvieron la mirada.
-Si te reconociera, no habría tenido casi un ataque al corazón.
La mujer, con infinita paciencia, se levantó de su asiento y se acercó a Nuán moviendo grácilmente la cadera. Una vez estuvo solamente a un paso de él, juntó las dos palmas de sus manos y empezó a cantar.
-La lluvia cae purificando la sangre derramada. Oh Lasso, muere por tu amada con el último beso de tu verga.
Al instante Nuán dejó caer la espada al suelo.
-¿Mirta? No...no, es imposible, Mirta murió hace 2 años. Fui a ver su tumba. Y lloré, lloré como nunca he llorado antes.
Sin mediar palabra, la mujer le abrazó. Nuán reconocía aquel abrazo y se estremeció.
-Mirta tuvo que engañaros a todos, pues decidió abandonarlo todo para ingresar en la sacrílega Orden de Varmal - le susurró la mujer, con dulzura y pesadumbre.
Nuán se separó de ella y la cogió de las manos sin poder reprimir que unas cuantas lágrimas aparecieran en sus ojos.
-Mirta....¡Mirta! ¡Dios mío, hoy fue un día nefasto pero...pero eso me ha dado renovadas fuerzas, es un milagro, Mirta...eres la luz oscura de mi corazón, me lo acabas de dar todo. Mi esperanza resurge... - Nuán no podía controlar sus sentimientos de alegría. Volvió a abrazarla, la besó en ambas mejillas y en la frente y, poco después, se sentaron uno junto a otro ante la hoguera. Nuán no podía contener su risa. Parecía un idiota.
-¡Mirta! ¿Tu sabes lo mal que lo pasé? ¡Éramos, somos, hermanos! Todo se vació dentro de mi. ¿Cómo...? Explícame por qué vuelves a mi de entre los muertos. Algo grave debe estar ocurriendo en este mundo.
-Bueno, dejemos las malas nuevas para más tarde. ¿Te parece? Este reencuentro lo he esperado durante estos dos años como la copa de Lera necesita el Cristal Celestial.
-¿Por qué no viniste antes? Seguramente te regocijaste mucho entre los hermanos de Varmal. La magia negra absorbe los corazones, según he oído contar.
-También dicen que la lujuria absorbe las ideas. Sé que tú me deseaste durante los años que estuvimos tocando juntos. Fueron los mejores años de nuestras vidas, nunca parábamos de componer, de tocar y de viajar. Simplemente no vine a ti porque las reglas de Varmal son muy estrictas. En fin, volviendo a lo de antes - Mirta acercó la silla a la de Nuán. Su perfume era muy extraño y fuerte, pero al mismo tiempo era muy sensual y afrodisíaco - ¿Por qué nunca me confesaste que me deseabas?
Nuán no esperaba aquella pregunta, y le incomodó sobremanera.
-No sé si recuerdas que mantenías un romance con un tal Flerin, un herrero que conociste durante uno de nuestros viajes.
Mirta se puso de nuevo a reír.
_Si tu no confesabas lo que sentías por mí, por algún lado tenía yo que ir. Yo no soy de piedra, aunque lo parezca. Necesito algo de amor.
Nuán se levantó, algo molesto.
-No entiendo por qué esperabas a que yo te confesara mis sentimientos si ya sabías que yo te deseaba.
-Hubiera preferido que fueras menos cobarde.
-¿Cómo?
Mirta se tapó la boca intentando disimular su risa, mientras que Nuán se levantó como un resorte e hizo ademán de pegarle una colleja amistosa.
Los dos siguieron hablando durante horas sobre el pasado, sobre las aventuras y desventuras que vivió el grupo de bardos al que ellos 2 pertenecían.
Recuerdos que Nuán ya creía enterrados volvían a renacer con nuevos ropajes, más bellos y desenfadados. Nunca hubo un día exento de anécdotas, sobretodo cuando eran contratados por una orden. Sus letras solían ser mordaces y repletas de ironía y humor, metiendo siempre el dedo en la llaga. ¡Que tiempos aquellos en los que más de una vez tuvieron que huir de un lugar por hacer mofa en una de sus canciones de algún jefe de orden demasiado susceptible!. Ella era la dulce cantante, él tocaba la flauta, y los otros 4 miembros los timbales, la guitarra, la mandolina y el violín. Los bardos en el mundo espiral no eran generalmente muy bien vistos por las órdenes, pues eran considerados caóticos e irrespetuosos. Sin embargo eran un mal necesario, pues al tener que viajar tanto eran también fuentes de información, muy útiles en la sociedad de entonces. Además, la mayoría de los pueblos llanos les tenían en alta estima. Los Lamentables habían creado una leyenda en torno a su historia. Ese era el grupo al que habían pertenecido Mirta y él, y lo curioso es que desde su disolución al morir (supuestamente) su cantante, los grupos bárdicos se empezaron a diluir. Los Lamentables dejaron una profunda huella en mucha gente y su desaparición ensombreció los rostros de decenas de miles de personas en el Mundo Espiral. Así fue como Nuán decidió llenar el vacío que le había creado la repentina muerte de Mirta y la disolución del grupo con el que había tocado tantos años. Y lo hizo entrando en la Orden de Hulen, de origen bárdico. Parecía que el pasado quería cazarlo de nuevo, y esta vez parecía muy difícil escaparse.
-Después de todas estas historias tan interesantes, creo que ya es hora de dejar las cosas claras, Mirta.
Mirta se levantó sin mediar palabra y, bajo la sorpresa de Nuán, se sentó encima de sus rodillas y lo rodeó con un brazo.
_Bien, ¿Quieres que empiece yo, verdad?
_Adelante. Dime antes una cosa. ¿Qué te hizo entrar en esa abominable orden?
Mirta soltó una risita y se acarició el pelo.
-No sabía que te interesaras tanto por mi. ¿Qué más te dan mis deseos y mis sueños?
-Pertenecer a la orden de Varmal es un delito. Podría denunciarte a la orden de Wail en cualquier momento.
_¿En serio? Podría contarte muchas cosas de la orden de Wail que te harían replantear toda tu filosofía.
Nuán acercó su cara a la suya, visiblemente enfadado.
_Lo único que sé es que tu orden promulga los sacrificios humanos, la guerra, los festivales orgiásticos con sangre, los estupefacientes y enseña la magia negra. Este es el Mundo Espiral y la armonía entre todos los seres del mundo es su esencia. El Caos solamente lleva a la destrucción y a la entrada de los Lamat. Aunque claro, lo más fácil es sucumbir al Caos, y tu siempre fuiste muy cobarde e impulsiva - Nuán se puso a reír_¡Ya somos dos! Dos cobardes unidos por el destino. ¿Qué te parece?
Mirta acarició el pelo de Nuán.
-Me encanta cuando te enfadas, estás mucho más atractivo - Mirta le dió un beso en los labios_Negar la oscuridad que hay en ti es un error. Yo hace mucho tiempo acepté la oscuridad y el caos que siempre amenazaban con manifestarse en mi. Siempre fui muy libre, pero constantemente me ponía barreras y limites. No sabes lo libre que ahora me siento, siento un inmenso regocijo dentro de mí pues no tengo la necesidad de reprimir nada. Nunca habrá orden en el ser humano, pues todos tenemos deseos oscuros en nuestro interior y tarde o temprano aparecen, quieras o no, y si no estás preparado te destruyen a ti y a los que te rodean.
Nuán empezaba a sentir el latido de la lujuria. Estaba sucumbiendo a aquel demonio anteriormente llamado Mirta.
-Todo esto está muy bien, pero debes responderme a algo esencial. ¿Por qué has venido a mi ahora, arriesgándote a que los de tu orden te castiguen?
Mirta se levantó, caminó tras su silla relajadamente y al fin abriendo las piernas se colocó encima de él, mirando hacia él, con una sonrisa abierta.
-Los Lamat acaban de entrar en Mundo Espiral, querido.
A Nuán le dió un espasmo de sorpresa.
-¿Có...Cómo diablos lo sabes?
-No nacimos ayer, Nuán. Alguien me contó que hoy tenías intención de abandonar la orden por un motivo bastante relacionado a la posible llegada de los Lamat.
-¿Cómo? ¿Hay alguien espiando mis pensamientos?
-No le hace falta, él es un mago de Wail con mucha intuición. Cuando me lo contó pensé inmediatamente: Vaya, Nuán nunca cambiará. Siempre será el hombre bueno y honrado decidido a cambiar el mundo para bien. ¿Tenías pensado fundar una nueva orden, verdad?
Nuán, al contrario de lo que él mismo esperaba, no sé sorprendió.
-Fue Hyunde, lo sabía. ¿Qué le importa a Hyunde lo que yo haga y deje de hacer?
-Le importa mucho. Hace siglos que Wail está podrido por dentro y él ha decidido salir por su propio pie, alegando estar en una misión. Wail lo controla todo, todas las órdenes le rinden pleitesía. Ha pasado de ser la orden de los guardianes del Mundo Espiral a ser la Orden Suprema. Y ahora van a aprovecharse de los Lamat para poder controlarlo todo más a su manera.
-¿Por qué iba a creerme todo esto?
Mirta hizo una mueca sarcástica.
-No todos somos tan sabios como tú, maestro. No todos vivimos en una torre de marfil ni somos tan buenas personas. Yo de ti quemaría todos estos libros. Dentro de nada no los vas a necesitar.
Nuán echó a Mirta de encima suyo.
-¿Por qué iba a creerme a una bruja de Varmal? ¿Quien te crees que soy? Yo sé lo que quieres. Te has encaprichado conmigo y ahora quieres hacer de mi un brujo oscuro.
Mirta se puso a reír a carcajadas.
_En efecto, me encantaría que fueras como yo. Pero, ¿sabes cual es el problema? Que la orden de Wail sabe que tú eres un pequeño obstáculo para sus planes, eres un rebelde, Nuán, aunque tu mismo no te des cuenta, y van a venir a matarte. Hyunde así me informó y me lo creo. Los Lamat son una amenaza para tu libertad y para la mía. Luz y oscuridad desaparecen siempre bajo sus terribles hechizos. Una vez hayan realizado sus grandes matanzas y su poder oscuro se cierna sobre todos, una gran mayoría de gente se sentirá indefensa, con su futuro gravemente amenazado y se aferrarán a cualquier cosa. Y eso, Nuán, es una gran oportunidad para los poderosos. Serán mucho más manipulables, y luego los usarán para destruir a los pocos que podrían luchar contra ellos. Los Lamat también se alimentan de Caos, y el Caos se apodera de todo cuando la armonía entre luz y oscuridad se rompe. Cuando la gente pierde su propio destino, su propia individualidad, la mediocridad entra en sus vidas. La mediocridad es el verdadero Caos. Y ahora que las órdenes se han cerrado en ellas mismas, han sucumbido al poder y mantienen a las gentes apartadas, ahora es el momento ideal para la entrada de los Lamat. No les costará nada apoderarse de todas estas almas que ya casi han sucumbido a la ignorancia.
Nuán abrió la boca para responder, pero de repente se oyó un fuerte estruendo.
Se oyeron cristales rotos en el dormitorio, justo al lado del despacho de Nuán. Mirta, sobresaltada, le cogió la mano.
-¡Ya están aquí, Nuán! ¡Ya están aquí!
Nuán jamás había imaginado que nadie lo atacara, pues no había motivos para ello. Se había quedado anonadado, sin palabras.
-¿Qu...Quien?
-¿Qué más da quien sea? ¡Vienen a asesinarte! ¡Tenemos que irnos!
-¿Irnos? ¿Pero como vamos a irnos? Mirta, ¿y si solamente es una gamberrada? ¿o una simple advertencia?
Mirta lo miró muy enojada y lo agarró del cuello.
_¡Esto ya no es el país de las maravillas, Nuán! ¿Quieres morir?
Justo después de pronunciar estas palabras, la ventana situada junto a Nuán se rompió. Algunos pedazos de cristal le impactaron en la cabeza. Nuán retrocedió sorprendido y pudo ver algo que lo dejó petrificado de terror. Dos criaturas monstruosas de unos 2 metros de altura armados con martillos estaban a punto de entrar por la ventana rota en pedazos. Reían con una voz gutural, y sus ojos...no tenían ojos. Eran dos cuencas oscuras, sin iris, sin expresión, y bajo ellos una larga nariz llena de bultos y una gran boca torcida carente de labios. Su constitución muscular era brutal, con unas espaldas gigantes y el cuerpo desnudo lleno de venas azuladas debido a la masa muscular extremadamente hinchada. Era una visión apocalíptica. Uno de ellos consiguió entrar y se dirigió hacia él. Nuán retrocedió hacia la pared del fondo.
-¿¡Qué he hecho para merecer esto?! ¡No, por favor! ¡No!
El monstruo se acercaba a él con lentitud, blandiendo la poderosa arma. Cuando ya estuvo a apenas dos pasos de Nuán se detuvo y alzó el martillo en dirección a su cabeza. Babas negras se deslizaban por su boca, en una mueca que parecía denotar algún tipo de placer morboso, sed de sangre acumulada. Nuán cerró los ojos, temblando, intentando aceptar sin éxito que su hora había llegado. Rezó a la Eterna Espiral, intentó recordar todos los momentos felices que había disfrutado en su vida, las gentes que lo habían respetado y querido y su familia, pero lo único que le venía a la cabeza era la Nada, el miedo a la Nada, el miedo a desaparecer sin haber podido sentirse lleno y completo.
De repente, Nuán escuchó un fuerte alarido provinente del monstruo que tenía enfrente. Sin atreverse a abrir los ojos debido al enorme terror, escuchó un grito femenino muy estridente que casi le ensordeció, y golpes sordos, desgarros, arañazos. Los monstruos parecían haber enloquecido. Abrió por fin los ojos, esperando algo aún peor reservado para él, pero lo que vio no se ajustaba a lo que se había imaginado. Vio a Mirtra danzando por toda la habitación con una velocidad vertiginosa y gritando con estridencia palabras de un idioma que no conocía. Su cara se había transformado: sus pupilas habían desaparecido y sus ojos simplemente eran dos globos oculares azul oscuro que resplandecían y daban un brillo lapislázuli a toda la habitación. En medio de aquellos gritos, también reía con unas carcajadas esperpénticas ¡Los monstruos se estaban descomponiendo y ella parecía estar celebrándolo! Lo que había sido una vez una mujer bella y dulce, ahora parecía un ser tenebroso ascendido de las profundidades, desde las Cavernas Condenadas, con forma de mujer fatal, como si de una Diosa de la Guerra furiosa del Mundo Ordinario se tratara.
Al fin, los dos monstruos terminaron convirtiéndose en una masa de carne putrefacta que cubría toda la habitación, solamente en cuestión de segundos, segundos que a Nuán le habían parecido milenios. Mirta se desmayó, cayendo encima de la carne descompuesta mezclada con sangre negra como el más oscuro de los azabaches. Nuán, sin poderlo evitar, se puso a vomitar y a llorar.
Al cabo de un rato, una vez volvió la cordura en él, pudo observar que poco a poco la sangre y la carne de aquellas bestias se iba evaporando, hasta que al cabo de pocos minutos ninguna señal de lo sucedido quedaba en la habitación excepto la ventana rota y Mirta echada en el suelo boca arriba y con los ojos entornados...¡Mirta!
Se arrodilló rápidamente a su lado y empezó a agitarla con fuerza por los hombros. Al ver que, después de agitarla y de pegarle cachetes en la cara ella no despertaba, empezó a pensar lo peor. ¿Habría utilizado toda su energía vital para salvarle?
-¡Por favor, no te mueras Mirta, por favor! - empezó a llorar - ¡Todo es por mi culpa! ¡Nunca debí meterme en asuntos que no me importaban! ¡Lo hice por envidia, por egoísmo y por soberbia!...¡Mirta! ¡Mirta, por la Bendita Espiral...despierta...! - Nuán levantó el cuerpo inerte de Mirta y lo abrazó con todas sus fuerzas, enterrando su rostro entre sus pechos sin dejar de llorar.
-¡No te mueras por favor Mirta, te amo, aún te amo! ¡No me dejes solo!
Mirta no se movió.
Friday, March 26, 2010
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