Friday, March 26, 2010

Viajeros. Capítulo 1: Soñar.

Sobre el océano esmeralda (lo llamaremos así para hacernos una idea aproximada de lo que era, pues de hecho no tenía mucho en común con un Océano. Era más bien un líquido tan denso como el agua pero por encima del cual se podía andar en perfectas condiciones), justo habiendo acabado de entrar en una resplandeciente y rojiza floresta que despedía con sus ramas de cristales multicolores el Ocaso, se hallaba Ichiro, una niña de aspecto peculiar, como todos los seres que habitaban el Mundo Feérico. Tenía los cabellos color celeste ensortijados con una preciosa diadema de algún metal parecido a la plata pero con la diferencia que esta destilaba un aura extraña a su alrededor, de color blanquecino. Sus iris parecían pintados por un pintor extremadamente cuidadoso, de color ámbar, de un ámbar profundo y líquido, como si dentro de ellos estuviera encerrada una cantidad inabarcable de magia. Respecto a su forma física, era más bien menuda (1,50) y bastante delgada, aunque ya empezaban a asomar en el amanecer de la adolescencia sus primeras curvas en las caderas y unos pequeños pechos como dos jóvenes manzanas. Llevaba un vestido largo de una sola pieza, de color amarillo chillón. Iba descalza, como todos los de su raza.

La niña volvía silbando una alegre canción, los ojos semi-cerrados y contemplando como el cielo se iba tiñendo de fuego tras las enormes montañas del Oeste. Venía del pueblo vecino habiendo ido a cambiar unos productos por otros, en concreto frutos a cambio de hortalizas. Así pues, llevaba una gran cesta de caña diseñada con bonitos dibujos de Druks y Kameidas.

Justo al entrar dentro del bosque, le entraron ganas de dejarse llevar, como cada vez que penetraba en él y el aire tibio del verano le acariciaba y mecía sus larguísimos cabellos azulados que le llegaban hasta la parte superior de sus muslos, y entonces pensó para si misma, dibujando una bonita sonrisa hacia los cristales de todos los tamaños y colores que se amontonaban indistintos sobre su cabeza, que quería volver a sentirse libre.

Los árboles de cristal crecían de forma natural en aquellos océanos esmeralda, pues eran las zonas dónde la magia se concentraba con más fuerza. El tronco, las ramas, las hojas y los frutos, todo era de cristal. Cada vez que dos cristales, fueran de la forma, tamaño o color que fueran, chocaban entre sí, una melodía preciosa era arrancada, cada una distinta, sin que nunca se repitiera ninguna. Aquellas melodías eran audibles inconscientemente desde muchos kilómetros a la redonda y mantenían la paz y la armonía entre razas y pueblos, pues, entre aquellas melodías, merodeaban las Yrissi, una raza de Hadas presente en todo el Mundo Feérico, que se encargaban con sus florecidos cantos, sus dulces palabras y sus bellas danzas, de mantener la naturaleza y todos los seres que habitaban con ella en una paz inquebrantable.

Éstas estaban siempre presentes en aquellas grandes florestas situadas en los océanos esmeralda, junto al cual estaba situado el pueblo de Ichiro.
¡Había tenido tanta suerte de tener tan cerca a las Yrissi! Desde pequeña siempre había ido, todas las noches, a jugar, a bailar y a cantar con ellas, y también a escuchar sus alegres palabras y sus risas, que llenaban de colorido los cristales del bosque aún de noche, haciendo que la Luna brillara aún con más intensidad. Éstas Hadas tenían la apariencia exacta de niñas de 8 años, midiendo casi todas alrededor de 1,30, todas poseyendo gran belleza y sin embargo muy distintas entre ellas: las había tímidas, orgullosas, charlatanas, traviesas, ruidosas, juguetonas, algunas otras quizá ligeramente hurañas; unas tenían el pelo corto y pelirrojo con ojos negros, solamente hasta los hombros, otras tenían pelo largo y negro con los ojos violeta, y todas las variantes que cualquiera se pueda imaginar. Pero todas tenían algo en común: su magia regeneradora.

Ichiro, entonces, soltó una risita, alzó los brazos con lentitud, cerró los ojos y notó como una luz que era una mezcla de todos los colores de los cristales penetraba en su pecho, como siempre cuando se dejaba embriagar con aquella experiencia que ella tenía la suerte de repetir a menudo. Notó como su cuerpo se levantaba como si de una simple pluma arrastrada por el viento se tratara, y empezó a volar, riendo a carcajadas, rozando a menudo con sus pies los cristales para hacer resonar distintas notas armónicas, profundas y graves unas, agudas y alegres otras, mientras se iluminaban a su paso, gracias al aura que ahora despedía, un aura color púrpura.

Las Hadas le saludaban a su paso, encaramadas sobre las ramas acristaladas, tumbadas algunas, otras persiguiéndose entre pequeños saltos de árbol en árbol, y otras simplemente hablando o contemplando el ocaso en silencio, recostadas sobre los troncos.

-¡Ichiro! ¡¿A la noche vienes verdad?! - le gritaban con aquellas melosas y graciosas voces acampanadas y musicales - ¡La Luna hace tiempo que ya salió!

-¡Claro que sí! ¡Hoy es Luna Llena! - contestó la chiquilla, dando vueltas sobre si misma, sin parar de reír, con los ojos cerrados, mientras seguía tocando levemente los cristales con la yema de sus dedos.

Antes de salir definitivamente del Bosque, para evitar lo que le había pasado las primeras veces que se había dejado embriagar libremente por aquella magia casi infinita (al salir de él, su vuelo se había interrumpido de repente y había caído estrepitosamente sobre la playa arenosa que besaba suavemente el Océano Esmeralda), descendió suavemente y, sobre aquellos mares verdes, caminó hasta superar el arenal y, sobre él, volver encauzar el camino de alta hierba, florecido permanentemente con una veintena de diferentes flores que solamente se podían hallar en el Mundo Feérico.
Y entonces por fin llegó a Húgaldic, una pequeña Aldea de calles perfectamente empedradas con piedras preciosas y las casas construidas con una especie de piedra granítica y rosada llamada Rúi. Era uno de los orgullos de la raza Amaru, a la cual pertenecía Ichiro.

En las callejuelas había una gran actividad, repleta de hombres y mujeres con aquellos característicos cabellos celestes, todos silbando, cantando e interpretando una gran variedad de instrumentos, la gran mayoría invisibles, tocados con la mente. Aquellos extraordinarios músicos gozaban de una gran estima por parte de sus habitantes, pues sumían a estos en una permanente alegría y les conservaba la energía durante todo el día, haciendo también que sus sueños fueran armónicos y bailaran con sus melodías, mientras dormían, quedándose estas en los recuerdos.
Respecto a su forma de tocar, aquello no era extraño en un pueblo como el Amaru, pues estos se caracterizaban con poder comunicarse mediante telepatía. De hecho, era esta una forma de comunicación común en el Mundo Feérico, y la mirada jugaba un papel esencial en sus vidas, haciendo que sus relaciones fueran más profundas y sinceras. Sin embargo, los feéricos solían hablar en viva voz, dejando solamente la telepatía para los sentimientos que no podían traducir con palabras (el habla y el poder de la palabra era muy respetado). Los músicos mentales combinaban esas dos formas de comunicación y solían entrelazarlas, jugando con ellas, a veces cantando con música telepática de fondo, y otras tocando música y cantando a través de la mente.

A ambos lados de las callejuelas había una gran cantidad de tiendas en dónde se vendían innumerables libros de todo tipo y artilugios mágicos que servían para llevar a cabo pequeños conjuros casi siempre referentes a la salud y al amor, sin dejar de lado el ocio. Últimamente entre los chiquillos se habían puesto de moda unas pequeñas bolitas voladoras de un metal plateado con aura, que se usaban para hacer carreras entre ellos, para luchar mediante toquecitos o simplemente para juntarlas entre ellas y hacerlas danzar formando todo tipo de figuras en el aire.

Sin embargo, Ichiro se contentaba con la Instrucción, con salir por las noches con sus amigas hadas y con probar nuevos artilugios que su padre conseguía cada semana en una de aquellas tiendas, apropiándoselo sin que él se diera cuenta. Pero su actividad favorita era leer. Le encantaba leer, y sobretodo, soñadora y extraña como ella era incluso para su raza, le había dado por leer leyendas sobre el Mundo Ordinario, leyendas que no gozaban de demasiada popularidad, precisamente. Historias de héroes y guerreros famosos.

Aquel oscuro y terrible mundo. ¿Cómo sería en realidad?

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El centro de aquella villa estaba ocupado por una extraña y gigantesca plaza cubierta de multitud de mosaicos de los más diversos colores y formas narrando todos ellos las historias y las leyendas de Húgaldic. Contaban las historias orales, transmitidas de generación en generación, que aquella villa había sido la primera construida por los Amaru. Se desconocía cómo y cuando se habían construido aquellos mosaicos que se conservaban en perfectas condiciones, pero lo que era cierto es que aquella zona de la aldea era la única construida sobre una pequeña cuenca de "Mar Esmeralda" en los cuales como ya vimos la magia era presente en una cantidad inimaginable.
Así pues, todos aquellos lisos y pequeños baldosines resplandecían con un aura ligeramente verdosa, y los dibujos que se hallaban pintados sobre ellas se movían lentamente, recreando las historias allí narradas como si se tratara de una película de animación que ahora conocemos a la perfección, en nuestro Mundo Ordinario. Por ejemplo, cómo se decía que los Amaru habían construido su pequeña y pacífica civilización gracias a la ayuda de las Yrissi, viviendo en los bosques mágicos de alrededor, los dibujos de éstas se movían gracilmente, insuflando de magia con sus danzas a los constructores de aquel curioso material granítico.

¿Cómo se sabía que, aparte de aquel aura esmeralda, aquella plaza embaldosada estaba construida sobre un pequeño lago "mágico"? Pues por algo muy evidente y a la vez visible ya sin tener que recurrir a las creencias: cuatro árboles gigantescos que alcanzaban los 100 metros de altura y los cuales cubrían con sus ramas y sus enormes copas todo el pueblo, estaban dispuestos en cada uno de los puntos cardinales de aquella plaza sobre pequeños estanques de agua verdosa, la misma que se hallaba en el bosque de las hadas sobre el qué Ichiro había sobrevolado minutos antes.
Tampoco nadie sabía por qué ni para qué razón aquellos árboles se habían alzado justo en las aguas mágicas, pero sí que había creencias sobre su posible simbología. Para los habitantes de Húgaldic, simbolizaba el recuerdo de las Yrissi, de la unión que tenía su raza con ellas, para que jamás se olvidara.

Y así, esta unión cubría todo el pueblo de este a oeste y de norte a sur.

Sin embargo, lo más curioso de todo era cómo entre los árboles colgaban unos puentes de aquel material parecido a la plata, que abundaba en aquella zona, para que los Amaru, en sus momentos de Ocio, pasearan sobre su pueblo, de árbol en árbol, en diferentes y múltiples niveles. Eran tan extensos y sus ramas en algunos puntos tan gruesas, que incluso se alzaban sobre ellas algunas pequeñas casas que servían tanto a pequeños como adultos para refugiarse y buscar la paz interior, para meditar, para jugar y, sobretodo, para buscar armonía y pasión mágica entre enamorados. Cada uno de los árboles era un mini-universo para cada uno de sus habitantes. Además, cada uno de aquellos árboles era diferente del otro, de otra raza, y desempeñaba diferentes funciones para cada uno de los Húgaldics, dependiendo del corazón y el alma de cada uno.

Pero ahora no nos detendremos en ellos, pues la grácil, delgada y menuda niña de largos cabellos azules y ojos color miel acababa de llegar a la plaza, corriendo y con una sonrisa dibujada en sus labios sonrosados.
De repente, la muchacha se detuvo en un solo movimiento y miró hacia arriba, hacia el Árbol del sur. Allí se encontraba un niño con unos ojos grandes y negros, rodeados por una pequeña circunferencia púrpura. Los ojos eran el único rasgo distintivo entre los Amaru, pues incluso sus caras eran todas muy parecidas: rasgos suaves, nariz algo puntiaguda, ojos grandes y expresivos, cabellos azules y de baja estatura, siempre dependiendo de la edad.

- ¡Ichiro! Te estuve buscando toda la tarde, pero te esfumaste después de la Instrucción. ¿Dónde te habías metido? - el niño la miraba con el ceño fruncido, visiblemente molesto, mirándola desde el puente plateado más bajo del árbol, a unos 10 metros de altura, apoyado sobre una barandilla decorada con motivos de plantas y flores - ¡Siempre haces lo mismo! ¡No te puedes quedar quieta! ¿No recordabas que habías quedado conmigo en Úril antes de que el Sol empezara a esconderse?

Ichiro sonrió nerviosa y miró a ambos lados de la plaza, sus mejillas sonrojándose a un ritmo alarmante. Colocó, entonces, sus manos en los encajes de su falda amarilla, y, mientras el niño se cruzaba de brazos expectante, sin abandonar su rostro enfadado y reprobable, recogió la mirada más lastimosa que pudo encontrar en su repertorio de miradas lastimosas y la expresó en todo su esplendor.

-Rívon, me entristece no habernos podido ver más tiempo, pero si no aparezco en casa se van a preocupar - su voz, además, había cogido unos tintes infantiles bastante sospechosos para el observador u oyente experimentado. Su mirada se dirigió a los baldosines, simulando una expresión triste - Me sabe muy mal si te hice esperar. Tenía asuntos urgentes que atender.

El niño suspiró, mirando hacia el cielo ya de color malva debido al anochecer, conociendo de antemano la obra de teatro que había acabado de interpretar su amiga...¡Cómo si no la conociera! Desde los tres años la conocía, desde que había empezado su Instrucción. Era una especie de hermana pequeña para él y nada se le escapaba a su mirada crítica y escrupulosa. Entonces, esbozó una leve sonrisa, apoyando sus manos en ambas mejillas, a su vez recostando sus codos sobre la baranda. Su mirada se hizo neutra y dura.

-Ichiro, te recuerdo que mañana hay que entregar un trabajo sobre la sociedad de los Fyru. Que yo sepa no lo tienes ni empezado. Pero yo estoy bien tranquilo, lo terminé esta mañana, mientras seguramente dormías a pierna suelta.

Los ojos de la muchacha se abrieron de par en par, más aún de lo que lo estaban normalmente, dejando que la poca luz que aún restaba en el ambiente por el moribundo Sol que ya había desaparecido, coloreara de forma oscura y trémula su color ámbar. Un brillo mezcla entre la ansiedad y la agitación cruzó su corazón. ¡Se había olvidado de aquello! Odiaba las clases de sociedad, pero si mañana no entregaba aquel trabajo...

Iba ya a replicar cuando el interlocutor, que había previsto su reacción, siguió hablando, sin pestañear una sola vez.

-Si, Ichiro, sí, bienvenida al mundo de la responsabilidad. Pero no creas que con esa cara de circunstancias lograrás convencerme, te conozco desde hace demasiado tiempo para eso - Rívon se incorporó y saltó, volando gracias a la magia que rodeaba al Árbol, hacia el siguiente nivel, situado a 30 metros del suelo - Por tu desplante y por tus mentirijillas, mereces que me marche ya a casa. Ya te las apañarás con tu instructora, yo me lavo las manos.

Empezó a caminar hacia el puente más bajo de todos, el cual conectaba el árbol del sur con el del norte desde el cual podía dirigirse, con más facilidad, hacia su casa, situada en la zona norte de la aldea, limítrofe con el campo. Entonces Ichiro lanzó un gemido de súplica (sonaba como un Ñññññm!, difícil de transcribir) y, acto seguido, corrió hacia el árbol y se dirigió volando, sus cabellos azulados dibujando olas en el viento, hacia dónde él se hallaba, con gran velocidad. Al fin, se plantó ante él, despeinada, apoyándose en la baranda e impidiéndole el paso.

-Ya...ya sabes cómo soy, Rívon - dijo con voz dulce y afectada, mientras lo miraba con unos ojos extremadamente abiertos, que recordaban a una niña pequeña, los labios apretados - ¿Me perdonas? ¿Sí?

El muchacho lanzó otro suspiro, agitando ligeramente la cabeza, como si ya conociera aquella escena a la perfección. Pese a todo, jamás se había podido resistir a sus súplicas, pues sabía que realmente su actitud era arbitraria, no se daba cuenta de sus actos, y realmente lo sentía. Había vuelto a caer en su trampa...que débil era con las mujeres, aún cuando se trataba de la impertinente Ichiro.

-Deja de comportarte así delante mío, cómo si no te conociera de nada - mientras decía eso, le pellizcó una mejilla haciendo que ella frunciera algo el ceño, lo cual divirtió al joven - Venga va, basta de palabrería y vayamos a Úril antes que se haga muy tarde. Eres un caos andante.

Al oír aquello, Ichiro se regocijó, abriéndose su sonrisa como una delicada flor que da la bienvenida al Sol después de haber disfrutado de la vida de la lluvia, y le cogió de la mano con ternura. Él no pudo evitar, a pesar de todo, el devolverle la sonrisa añadiendo un rápido guiño con su ojo derecho y, así, ambos se dirigieron, de un sólo salto, al penúltimo nivel del Árbol del Sur, dónde se encontraba la casa de Úril, construida de forma natural a partir de las ramas y de la magia que brotaba del Árbol. Estaba edificada a partir de hojas muertas, de sabia, de ramas y de plantas parasitarias como el muérdago. Para nosotros sería algo prácticamente imposible de imaginar, pero para ellos era la Realidad, algo corriente. Justo cuando cruzaron el umbral, que era una puerta compuesta de enredaderas y ramas, después de andar unos metros sobre la plataforma, sintieron, como siempre al entrar en aquel lugar, una sensación de plenitud interior que les llenó el alma de calidez y de libertad.

Úril también era llamada "La Casa de la Sabiduría", pues allí los pensamientos volaban más deprisa que las hojas arrastradas por un fuente vendaval. Si se entraba con las manos juntas a la otra persona, los pensamientos y sentimientos de ambos se unían y, así, podían observar ambos la misma estancia, como mezcla de lo que veían sus ojos y sus mentes en solitario. Cada uno veía la estancia de diferente manera que el otro, dependiendo de sus ilusiones, deseos y sueños. Así se entenderá que aquel lugar fuera de Ensueño para alguien que viviera en Espiral o en el mundo Ordinario, pues estaba repleto de cosas que hacían más fácil el flujo conjunto de pensamientos y sentimientos. Por ejemplo, desde el punto de vista de Ichiro, en el centro de la estancia corría un pequeño riachuelo que desembocaba en una ventana por la cual caía el agua libremente; y desde el punto de vista de Rívon, brillaba una extraña luna sobre sus cabezas, entre las ramas que formaban un entramado sobre ellos mostrando un cielo ya nocturno, aunque aún el Sol irradiara su energía, brillando el astro sobre un lago. Toda la estancia desprendía paz, y se parecía a una gran cueva natural dentro de la cual una voz femenina, muy lejana, cantaba con voz clara y dulce, acompañada por un arpa. Así era el poder de la magia de los árboles.

Ambos se dirigieron, una vez felices por el reencuentro de aquel constante río de sueños encadenados y conjuntos, hacia unas piedras que se hallaban al lado de una ventana que daba directamente hacia el Bosque de las Yrissi. A 90 metros de altura, el horizonte, bello, acompañado por los menguantes colores del ocaso y del perfume del muérdago que pisaban y les rodeaba con sus rojizos frutos, aparecía de forma homogénea, sobre grandes extensiones de floresta, de montañas y valles lejanos, agudizando de forma curiosa sus intelectos.

Rívon, por fin, sacó de su séquito, un pequeño libreto y una bonita pluma de fénix, junto al bote de tinta.

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-Creía que tenías mucha prisa por llegar a casa. No hay quien te entienda, Ichiro.

Los faroles que colgaban de las ramas del Gran Árbol estaban encendidas, meciendo su frágil y débil luz anaranjada por efecto de la brisa que silbaba entre las hojas. La noche ya había caído en su totalidad, y ya la plaza de los mosaicos estaba desierta, pues era la hora de cenar y de recogerse. Rívon e Ichiro andaban juntos rodeando el gigantesco tronco, en solitario, en un silencio que era casi abrumador, pero también armonioso y expresivo, más que las palabras y la música, pues hasta los músicos ya se habían retirado a descansar.
Rívon había terminado por fin de dejarle copiar el trabajo, siempre con la condición de variarlo para que no se notara que era una copia descarada del suyo, y como siempre, habían salido renovados y sonrientes de aquella casa de sabiduría y de ensueño.

Ichiro despeinó con su mano derecha a su compañero y le sonrío con dulzura, sin dejar de andar enérgicamente con cortos y gentiles pasos.

-Si me entendieras sería muy aburrido, ¿no?

-Oh sí, y también viviría más tranquilo - replicó el joven, el cual contemplaba con una casi imperceptible sonrisa el firmamento repleto de estrellas que, como joyas, parecían brillar solamente para ellos, como brindándoles una preciosa noche a quizá los únicos habitantes del pueblo que ahora las contemplaban desde tanta altura - No hace falta que te quedes sin cenar para resarcirte de haber llegado tarde. Ya sabes que no me importa - añadió, mirándola y guiñándole un ojo - Al fin y al cabo ya estoy acostumbrado.

Ichiro no contestó, su mirada posada en los faroles que colgaban a ambos lados de la espiral plateada que subía dando vueltas alrededor del árbol hacia su altísima copa. Sus ojos ámbar, a pesar de ser luminosos y desenfadados, siempre parecían mirar algo que no estaba a la vista, parecían ir más allá de lo visible, perdidos en un enigma que quizá ni ella misma conocía. Se recogió su pelo azulado en una coleta y pareció acelerar el paso, como si de repente un pensamiento hubiera cruzado su mente. Rívon no se sorprendía por su actitud, por eso como antes había dicho, era en vano regañarla. Ahí radicaba su encanto, y por eso disfrutaba de su compañía y de su larga y fructífera amistad.

Al cabo de unos 15 minutos, por fin llegaron al Balcón, el lugar más alto por dónde podía llegarse andando. Se trataba de una ancha plataforma de madera que daba una vuelta entera al tronco, el cual ya era mucho más fino. Una baranda de piedra fina y rosada, de aquella piedra que tanto abundaba en el pueblo, se alzaba con diseños florales y vegetales, siguiendo en proporción y en armonía el diseño de las barandas que protegían a los caminantes que ascendían el Árbol. Así pues, los dos se sentaron en unos preciosos bancos que realmente no eran tales: estaban hechos naturalmente, aprovechando las pequeñas y ahora sutiles ramas que nacían libremente desde el tronco, para así crear unos cómodos y mullidos asientos, de madera enramada. Tampoco había nadie ahí arriba, cuando en cualquier hora del día decenas de parejas, de amigos y de gentes solitarias que buscaban soledad y una escapada ascendían hacia aquellas alturas. Solamente un aventurado y valiente grillo cantaba, engalanando con su cálido y mistérico canto el dulce perfume del espeso muérdago que crecía tras y sobre ellos, tan verde que hasta en la noche parecía brillar bajo la luz lunar y estelar.

Ichiro, por fin, contempló a su amigo y le agarró del brazo con suavidad, sus ojos de nuevo posados en la realidad, como una mariposa que, cansada ya de vagar sobre campos de flores, se posa en una de ellas por un corto intervalo, dispuesta a saborear su néctar.

-No me estoy resarciendo, no digas tonterías, Rívon. Nos conocemos de hace muchos años. Tanto tu como yo sabemos que nos encanta la madrugada, el silencio y las bonitas charlas - dijo con voz queda, ahogando una sonrisa que embellecía su cristalina forma de hablar - Me encantaría que un día vinieras conmigo al bosque de las Yrissi. ¿Aún las temes?

En el horizonte, se podía admirar la enorme extensión esmeralda de aquel mar cristalino que ahora refulgía con más belleza aún, sus cristales meciéndose y brillando con la luz de las estrellas y de la Luna. ¿Cuantas veces habían sufrido ambos las riñas de sus padres por volver tarde a casa? Habían perdido la cuenta ya, y cuánto más pasaban los años, más disfrutaban de sus paseos a solas, de las horas en qué encontraban la esencia verdadera de su alma y de todo lo que les rodeaba pues en el mundo feérico, si uno se abstrae, con facilidad siente la magia fluir en el interior, y más en un lugar como aquél. Rívon rió, mirándola con ojos reprobatorios pero resplandecientes.

-Nunca las temí, pero ellas están en su mundo y nosotros en el nuestro. Somos de razas distintas y cada uno sentimos de una manera muy distinta.

Ichiro se levantó lentamente y, grácil, se dirigió hacia la baranda, apoyando sus menudas manos en ella y haciendo sonar los pequeños cascabeles que rodeaban su muñeca izquierda.

-Ellas son del mismo mundo que nosotros, tonto - replicó, riendo, mirándolo de forma que parecía como si aquella conversación se hubiera repetido infinidad de veces - Un día te agarraré mientras duermes y te llevaré allí a la fuerza. A ellas les gustamos, ya lo sabes, somos Amaru. El problema es que hace siglos que no muchos de nosotros las visitan, porque piensan como tú. Creo que es un error.

Rívon también se levantó y, con naturalidad, se sentó sobre la baranda. No había peligro en hacer aquello pues la magia que flotaba en el aire les permitía volar, aunque eso siempre dejaba aturdido a cualquier ser que no estuviera familiarizado con ello, o sea, a todos excepto a las Yrissi. De hecho, no era muy recomendable volar más de una vez al día, aunque Ichiro cada día lo hacía 4 o 5 veces.

-Me pregunto qué es lo que piensas cuando tus ojos están perdidos - dijo él en un largo suspiro, encogiéndose de hombros y sin perder la sonrisa - Desde que te conozco eres así, pero últimamente te veo mucho más distraída. Estás algo más rara que de costumbre, y eso es complicado superarlo.

Ichiro frunció ligeramente el ceño, pues le molestaba que intentaran descubrir cosas de su vida más íntima, aunque se tratara de su mejor amigo. Pero en aquellas circunstancias le era imposible enfadarse, y más con él. Tenía razón...últimamente sentía como si las cosas hubieran cambiado en su interior, sin darse cuenta, poco a poco pero sin tregua. A veces sentía una necesidad muy atípica en un Amaru: sentía ganas de huir lejos, de descubrir, de conocer. Pero no quería decírselo a nadie, no quería preocupar a sus allegados y prefería acallar esos sentimientos en lugares como aquel que la hacían sentir siempre aliviada, reconfortada, a pesar de llevarse luego la bronca de sus padres. Amaba el silencio, y más si estaba junto a Rívon.

Entonces, se alzó ligeramente la falda y subió sobre la baranda. Ahí empezó a bailar con pequeños saltitos y en círculos, un baile que había aprendido de las hadas.

-Rívon - exclamó ella, con una sonrisa y sin cesar de bailar, lo cual arrancaba una sonrisa tímida al joven viendo lo extrovertida y natural que era. Al fin se quedó parada, contemplando las curvas y viejas montañas que en el Oeste se alzaban. Su sonrisa desapareció - Te parecerá una locura, pero... ¿Jamás sentiste ganas de conocer a los humanos?

El rostro del joven se oscureció. Sin duda, todo ser feérico sentía algo agridulce respecto a sus seres soñados. Por un lado los envidiaban, puesto que representaban los deseos más oscuros y escondidos de los feéricos, pero por otro los aborrecían, desde que habían caído presa del poder, de la ambición y del sangriento infierno de la guerra. Por eso mismo habían sido desterrados al Mundo Ordinario, alejándolos de ellos, pues tener a unos seres tan mezquinos, paradójicamente salidos de sus sueños, hacía peligrar el Mundo Feérico. Por eso de pequeños se les advertía que la humanidad había sido un error, y que se debía evitar pensar en ello. En una palabra: debían olvidarles.

-¿Por qué debería quererlos conocer? Solamente traen dolor y destrucción, por eso te recuerdo que fueron expulsados de Espiral - la voz de Rívon ahora era apagada y parecía como si pronunciara aquellas palabras con cierto temor - Y ahora que han vuelto, mira lo que ha pasado. Se vuelven a matar entre ellos y han despertado la ambición oscura de los Lamat. Supongo que habrás escuchado los rumores que si no se expulsa de nuevo a los humanos de allí, nuestro mundo puede terminar sumido en el Caos, ¿verdad?

La niña, como si no hubiera escuchado las palabras de Rívon, saltó al vacío y, flotando, se dirigió hacia una gruesa rama situado a unos pocos metros sobre ellos, abrió las piernas y se sentó ahí, volviendo a recuperar su sonrisa.

-No te preocupes, Rívon. Si han estado tantos siglos en Espiral es por alguna buena razón. Confío en ellos. De hecho, nacieron de nuestros sueños y no deberíamos negarlos. ¿No confías en tus sueños? ¿No te gusta soñar, acaso?

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