Friday, March 26, 2010

Viajeros. Capítulo 10: El juego de las piedras.

-Vengaaa, por favor Elrick, vamos a divertirnos antes de irnos... ¡Puede que sea la última vez que tengamos ocasión en vida! ¡Además me da miedo ir sola! - Ichiro se había puesto drástica, sus ojos melosos abiertos y resplandeciendo, sus cejas hacia arriba dibujando un rostro lastimero. Sin querer había sacado dos piedrecitas del saco, ambas del mismo color, dos piedras esmeralda (la fiesta de la playa). Hanuil, por su parte, había sacado con gran satisfacción la roja del Romance, por lo cual las enseñó a algunas menudas chicas que le miraban con sonrisitas desde otras alfombras, y les guiñó un ojo.

-Está bien, con tal de no oírte más iré. Eso sí, no me pidas que sea el alma de la fiesta. No estoy de humor para ello - Elrick se levantó con el rostro pétreo e, impasible, cogió aquella piedra esmeralda de la mano de la joven.

Acto seguido, uno a uno fueron desapareciendo de la Sala del Banquete entre los alegres rasgueos del arpa del bardo entre risas, comentarios jocosos y canciones picantes.

-¿Vas tu primero, Elrik? - la chica le agarró de la manga varias veces, con el mismo tono de voz y la misma expresión que antes - Va venga, ya casi todos se han marchado...

El hombre la miró con el ceño fruncido por el rabillo del ojo y, sin decir una sola palabra más, se metió la piedra esmeralda en el bolsillo izquierdo y desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Ichiro miró hacia la derecha. Hanuil también había desaparecido y solamente algunos ancianos, incluido Kirin, estaban charlando animadamente en su alfombra. Con un leve temblor, Ichiro finalmente se introdujo la piedrecilla en el bolsillo y, de pronto, se encontró sentada en la arena, con la espalda contra un grueso pino. Miró a su alrededor y lo que vio la dejó, de nuevo, maravillada.

Se trataba de una playa poblada de pinos que llegaban justo hasta la orilla del mar. El mar se arrastraba calmo y sereno por las orillas, con un susurro silencioso bajo las estrellas, las cuales creaban un calidoscopio de blanquecinas luces en la superficie del agua oscura que se extendía ante ella. Aquella tranquilidad solamente se veía truncada por risas y conversaciones subidas de tono que provenían de su izquierda. Casi todas eran voces femeninas, coquetas. Entre las ramas se entreveía una rojiza hoguera encendida y siluetas alrededor de ella gesticulando o danzando.

¿Dónde estaba Elrik?

Y lo vio, agazapado contra un pino, fumándose una pipa bien cargada. Parecía que se había puesto a relatar algo. Ichiro se escondió tras unos pequeños matojos que creían sobre la arena.

- ¿Por qué os obstináis en viajar al Otro Lado? ¿Qué tienen de interesantes esos humanos?

- ¡Eso! ¡Eso! ¡Siempre están enfadados, siempre en guerra! ¡No saben disfrutar de la vida! ¡No se puede confiar en ellos!

Eran unas menudas jovencitas, todas con cabellos larguísimos de distintos colores que se arreglaban con preciosas trenzas que dibujaban círculos, espirales, intrincados diseños entrelazados... Otra cosa que le sorprendió a Ichiro es que iban totalmente desnudas, y no mostraban ninguna vergüenza en mostrarse así ante Elrik. Él tampoco parecía ruborizarse ni sorprenderse en absoluto.

-A veces ni yo mismo estoy seguro - dijo él, con los ojos fijos en las llamas - pues es verdad que el ser humano jamás aprende de sus errores y constantemente se ve envuelto en guerras fraticidas, en engaños y en traiciones, producidas por el cáncer de la ambición y del poder. Pero al mismo tiempo poseen una vitalidad y una libertad que nosotros no tenemos. Son nuestros sueños, y antaño los cuidábamos como si fueran nuestros propios hijos. Cuando ambos estamos en armonía, nuestros Mundos florecen y se complementan a la perfección - hizo una pausa y sonrió levemente - ¿O es que no conocéis la Historia?

Una de ellas, que no había dejado de contemplar el tatuaje que llevaba grabado en la calva, saltó sobre la hoguera con habilidad y, poniéndose de cuclillas a pocos centímetros de su rostro, le observó aquel dibujo con gran interés y con la boca abierta.

- ¿Y esto qué es?

-No es de tu incumbencia, pequeña entrometida - respondió él cruzándose de brazos y analizándola de arriba a abajo. Era muy pequeña de estatura pero bien compensada por todos lados y esbelta. Aún así, Elrick no se dejó embaucar por sus morritos que le daban un aire de enfadada - ¿Cómo es que en un país tan obsceno estáis aquí todas juntas, sin hombres alrededor?

Todas, sin excepción, se echaron a reír. La que se había acercado tanto a él habló, sentándose a su lado, apoyando su cabeza en el hombro del Viajero.

-¡Les engañamos! ¿Verdad chicas? Ya nos basta tener que aguantarlos el resto del tiempo...

-¡Sí! - gritó otra que estaba al otro lado de la hoguera - Les hacemos creer que hemos cogido todas piedras de romance, pero les enseñamos unas piedras falsas que encontramos por el camino, y las pintamos de rojo. ¡Y se lo creen! ¡son tan idiotas!

Todas rieron de nuevo. Elrik esbozó una sonrisa y se encendió de nuevo la pipa. Ichiro se sentó entre ellas, algo cohibida por estar entre muchachas totalmente desnudas y además, desconocidas y mucho más esbeltas y femeninas que ella. Se sentó cerca de Elrick y contempló el movimiento balanceante de los pinos que se movían al suave ritmo de la brisa marítima. El perfume que emanaba de ellos era embaucador e hipnotizante.

-¡Oh! ¡Mirad quien tenemos aquí chicas! ¿No os parece adorable? - exclamó una de ellas con una risita apagada, luego imitada por las otras que ya estaban mirando a la joven de cabellos azules de arriba a abajo - ¿Cómo te llamas, bonita, y de dónde eres? - prosiguió, sentándose junto a ella y acariciándole sus cabellos - ¿Cómo es que te has unido a estos facinerosos?

-Eh... - se sonrojó y miró de reojo a Elrick, el cual seguía fumando su pipa sin inmutarse y con el rostro relajado - Me llamo Ichiro - miró a la menuda chica que se había dirigido a ella, la cual seguía acariciándole el pelo sin ningún pudor - So...soy de Húgaldic, encantada - esbozó una vergonzosa reverencia - Y en verdad Elrick y Hanuil son muy buenos conmigo, aunque...este último a veces es un poco odioso.

Las muchachas estallaron en carcajadas e incluso Elrick esbozó una sonrisa divertida mientras observaba las titilantes estrellas que aparecían deslumbrantes entre las ramas de los pinos.

-¡Cuidado con Hanuil, pequeña Ichiro! - exclamó una de ellas, la cual se había subido de un ágil salto sobre la rama más baja de un pino y balanceaba sus piernas desnudas con picardía - Es un embaucador y un idiota, aunque reconozco que algunas nos hemos divertido bastante con él - echó una mirada acusadora, sonriendo de lado, hacia algunas de las presentes - Y no digo más.

Otra tormenta de carcajadas se alzó entre los pinos, mientras la muchacha que se sentaba al lado de Ichiro seguía mirándola de arriba a abajo con ojos curiosos y algo provocativos.

-Ichiro, puedes desnudarte. Aquí estamos entre iguales, y nos gustaría que te sintieras como en casa - le guiñó un ojo y le pellizcó la mejilla con una sonrisa - No te avergüences. Elrick es de confianza, no como el bribón rubio que siempre le acompaña. ¡Bañémonos juntas, la Luna tiene el Aura Violeta hoy! ¡Es una buena noche!

-¿El Aura...Violeta? - murmuró Ichiro, frunciendo el ceño pensativa, recordando si aquello lo habían estudiado en la Instrucción de su aldea mientras pretendía no haber escuchado la proposición de la muchacha que le invitaba a desnudarse...¡Cómo si aquello fuera tan fácil y natural, y encima delante de un hombre!

-Oh, cierto, no me acordaba que en Húgaldic no tenéis mar, aunque nosotros tampoco. Pero como ya ves, mágicamente está aquí - la chica de su lado abarcó con su mano las aguas que se extendían hacia el horizonte, con la luz de la Luna resplandeciendo sobre ellas - Si entornas bien los ojos mirando hacia la Luna, podrás observar un aura violeta que rodea la Luna. Cuando eso ocurre, las aguas se vuelven más dóciles y armoniosas con los seres que se zambullen en ellas.

Ichiro asintió, asombrada, descubriendo algo nuevo de su propio mundo que desconocía. ¡Y ella que creía que ya no había nada que aprender del Mundo Feérico...!

-¡Vamos, vamos a nadar! - exclamó la joven que había trepado al árbol, saltando como una grácil cervatilla sobre la hierba y saltando repleta de alegría y excitación, dando vueltas alrededor de todas las presentes. Ichiro sonrió, animada por la vitalidad sin limites de aquella joven. Entonces, la joven del árbol se precipitó corriendo hacia el mar y aullando como si fuera un animal salvaje, siguiéndola, al instante, el resto de muchachas que también gritaban repletas de libertad en sus corazones. Al cabo de poco tiempo, todas desaparecieron bajo el mar, como si se trataran de sirenas que aparecían en las historias humanas que tanto gustaban a Ichiro, saliendo de vez en cuando a la superficie para saltar sobre el mar como peces, riendo a carcajadas y danzando. Ichiro seguía sonriendo y sus ojos empezaron a brillar iluminados por la luz lunar. Tenía unos deseos irresistibles de unirse a aquella fiesta bajo el mar.

-Ves, Ichiro - susurró Elrick, dibujando anillos de humo con su pipa y visiblemente relajado, apoyado contra el tronco del pino - No te preocupes, estoy de espaldas al mar. Aunque tampoco es que me interese tu desnudez: podrías ser mi hija, y casi mi nieta - torció la boca con una sonrisa algo burlesca - ¡Anda y ves a divertirte! Aprovecha, que en Espiral tendrás pocas oportunidades como esta de pasarlo bien.

Como una niña pequeña, soltó una risita satisfecha y, comprobando que Elrick se hallaba de espaldas, se desnudó poco a poco, aún sintiéndose algo violenta por aquella anómala situación quitándose el vestido rojo que llevaba puesto y luego su ropa interior de encaje y las medias blancas. Comparada con ellas, sentía como su cuerpo era el de una niña algo crecidita. Pero ya no le importaba en absoluto, quería sentir la felicidad que estaban sintiendo aquellas feéricas de Folmendäl.

-¡Ichiro, estás guapísima! - exclamó una de ellas, haciéndose escuchar sobre el plácido murmullo del mar - ¡Pareces una Ylesse, una hada de los mares, salida de las aguas!

Ichiro, olvidándose ya de su propia desnudez, sonrió con dulzura y observó la Luna, entornando los ojos, para cerciorarse si aquello que le había dicho aquella chica era verdad. Al principio solamente vio una mancha blanca y borrosa, pero al cabo de unos segundos, empezó a intuir que a su alrededor, extendiéndose hacia las estrellas cercanas, una gran aura de color violeta rodeaba el astro. Su corazón se aceleró y, en aquellos momentos, se sintió una privilegiada.

-¡La he visto! ¡He visto el Aura!

-¡Corre Ichiro! ¡Bañémonos juntas y deja la timidez atrás! - exclamó otra que nadaba de forma tan perfecta y bella como lo hace un delfín.

-¡Voy! ¡Vooooy! - replicó ella, corriendo entre carcajadas de felicidad que no recordaba desde los fuegos mágicos que se lanzaban en las fiestas de su aldea, cuando era pequeña y se maravillaba con las figuras de animales que dibujaban éstos.

Sus pies desnudos por fin empezaron a zambullirse en la fría y cristalina agua que le puso la piel de gallina. A medida que iba metiéndose más y más profundamente en el mar, sentía cómo si se cuerpo iba flotando y que se adaptaba a las aguas que la rodeaban. Cuando ya se había zambullido hasta el cuello, cerró los ojos, sintiendo una extraña energía recorriendo todo su interior como un flujo ininterrumpido e infinito, notando, poco después, como una mano agarraba con fuerza su pie izquierdo y, acto seguido, tiraba de él. La feérica de cabellos azules cayó hacia atrás y fue arrastrada hacia el fondo de forma inevitable. Sin embargo, al contrario de lo que pensaba, su cuerpo empezó a flotar y pudo respirar perfectamente bajo el agua, observando como el mar se teñía de un color violeta muy tenue y como las jóvenes nadaban alrededor de ella, sonrientes y saludándola con unas pequeñas branquias que les habían salido del cuello. Ella se lo palpó, y, efectivamente, de repente también le habían crecido unas pequeñas branquias que se abrían y cerraban paulatinamente. El fondo del mar estaba repleto de piedras preciosas de diferentes colores, brillando todas gracias a la luz de la Luna: verdes, azules, rojas, amarillas, negras... Algunas muchachas se hallaban en el fondo marino engarzando diferentes piedras preciosas entre sus cabellos, y estas se quedaban pegadas a ellos sin ningún problema. Una vez se encontraban entre los cabellos, las piedras resplandecían con más fuerza, realzando aún más la belleza de aquellas feéricas de Fölmendal.

Ichiro sonrió, infinitamente satisfecha y también descendió hacia el fondo. Aquellas mismas muchachas, entre grandes risas, le empezaron a engarzar piedras de todos los colores en sus cabellos azules y sintió su corazón aligerarse aún más.
Cálidas mareas la arrastraban de un lado a otro mientras se agarraba a las manos de las jóvenes y daba vueltas, danzando de cualquier forma, sin ningún pudor, sin ninguna voz que acallara sus sueños.

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Hanuil corría con gran agilidad, saltando sobre las raíces sueltas y las piedras traicioneras, recogiendo los lazos atados a los árboles que iba encontrando dispersos por toda la floresta. Sin duda, la muchacha a quien perseguía era muy astuta y no era la primera ni la segunda vez que participaba en aquel juego: ataba los lazos de forma totalmente arbitraria, evitando que su ubicación fuera previsible. Así, el rubio viajero tenía que mantenerse totalmente concentrado sin permitirse cometer ningún error, como si se hallara en un laberinto. Observó durante unos instantes el lazo que había escogido entre los otros lazos de otros colores que se hallaban atados al árbol que marcaba el comienzo de aquel ancestral juego: el juego de los lazos; y su afilada sonrisa se abrió de par en par: un dragón rojo que se mordía la cola, sobre fondo verde. Sin duda, la muchacha a quien le había tocado perseguir en el interior del bosque, poseía un gran carácter indomable y salvaje. Su intuición y aquel dibujo se lo decían. Ya había participado en otras ocasiones, y siempre había conseguido atrapar a su "víctima" antes del fin del juego, que lo marcaba el mediodía.

Aún le quedaban un par de horas.

El juego consistía, simplemente, en atrapar a la joven habiendo recogido todos los lazos atados por ella, sin excepción, devolviéndoselos a cambio de una cita por toda una noche. Cada una de las participantes ataba un lazo de diferente color y con diferentes motivos en él, y luego tenía que "guiar" a su perseguidor atando otros lazos del mismo color alrededor de los árboles junto a los que pasaba. Era arduo, pues el bosque era grande y frondoso, pero el olfato rastreador del Viajero le facilitaba las cosas.
De vez en cuando, su mirada se dirigía hacia los claros que se abrían a un lado y a otro del bosque, iluminados por el sol primaveral, y podía ver a los feéricos de Folmendäl sentados en corros o por separado, escuchando a un juglar que tocaba canciones de amor en el centro y emborrachándose con unos frutos que crecían de unos arbustos presentes en todo el bosque, para terminar todos ebrios y haciendo el amor entre la maleza...

...¿Y qué tenía aquello de apasionante? ¿Dónde estaba esa sensación tan arrebatadora de pensar en una relación prohibida, a ciegas, con un desconocido? ¡La eterna persecución entre el caballero y la dama, entre el artista y la musa, entre la bella y la bestia! Ellos se lo perdían. Prefería un largo y arduo camino, más placentero, que un corto y previsible camino fácil.

Escuchó unas risitas nerviosas tras unos árboles hacia el Oeste, de espaldas al Astro Rey, ahí dónde dos pequeños arroyuelos se unían para formar un riachuelo. Allí, allí vio a la muchacha a quien estaba persiguiendo, tratando de esquivar el agua para no bañarse sus pies desnudos, levantando su larga falda blanca y mirando hacia su perseguidor con una sonrisa entre asustada y excitada por la adrenalina de la persecución. Se escabulló de nuevo entre los árboles y desapareció tras aquella sombría zona del bosque que bebía de las abundantes aguas circundantes y, entonces, Hanuil decidió jugárselo todo en una carta. En vez de perseguirla a través de los arroyuelos, siguiendo directamente su rastro, decidió probar suerte y tratar de adivinar hacia dónde se había dirigido aquella joven escurridiza.
Rodeó el riachuelo y empezó a impulsarse con sus pies haciendo fuerza contra los troncos de los árboles, saltando y corriendo con gran velocidad. Otro lazo. Lo recogió, tirando con un golpe seco. ¡Bien, había dado en el clavo!
Más risitas nerviosas, ahora mucho más cerca y proviniendo justo delante de él. Y, por fin, sucedió:

La joven enganchó su pie accidentalmente contra una gruesa y traicionera raíz y cayó al suelo de bruces. Ahora la veía perfectamente. Se hallaba en el suelo y empezó a retroceder hacia atrás, arrastrándose por el suelo y revolviéndose de risa, con grandes carcajadas. ¡Era una chica muy adorable, sin duda más joven que él! Tenía el pelo largo y lacio, de color negro, nariz respingona que le recordaba a una ratita, boca de piñón y una mirada color castaño claro. La ropa que llevaba era muy sencilla: aquella falda blanca y larga con rebordes de color carmesí y una blusa también blanca y en ella unos motivos florales también del mismo color que los rebordes de la falda. ¡Había cazado un espécimen más que interesante!

Se dirigió hacia ella, caminando con una risita triunfal, al verla sentada en el suelo y recostada contra un árbol, con el rostro congestionado por el cansancio y esbozando una sonrisa traviesa en sus labios. Sí, ya era suya, aquella pequeña ratita ya no tenía escapatoria posible.
Se lanzó sobre ella y, en última instancia, cuando la jovencita trataba de escabullirse de nuevo, consiguió agarrarla por el tobillo. Ella reía a grandes carcajadas, pero el Viajero era incapaz de ver su rostro, escondido tras una gran maraña de cabellos de color castaño claro. Aquella voz tan dulce como un manantial ya la había escuchado alguna vez, de eso estaba completamente seguro. Así que, soportando las suaves patadas de la feérica, consiguió agarrarla por sus pequeños hombros y se dispuso a quitarle los cabellos de delante de su cara.

-¡No! ¡No quiero que veas mi rostro ahora, Hanuil! - se resistía, revolviéndose como si de una gata acorralada se tratara - ¡Antes tenemos que ir a otro sitio! A otro sitio...más tranquilo - susurró, esta vez con dulzura para tratar de convencerlo. Pero el rubio viajero no era sencillo de convencer.

-Has perdido - dijo, triunfante, inmovilizándola en el suelo con sus manos sobre las de la joven - No valen excusas, no haber participado. Enséñame tu rostro y explícame cómo diablos conoces mi nombre.

-Está bien... - se limitó a contestar, con la cabeza gacha - Pero prométeme que me acompañarás a ese sitio, sea quien sea quien esté detrás de esa cabellera.

Hanuil se encogió de hombros y, sin más dilación, le apartó los cabellos de delante de la cara...

...y sus ojos se agrandaron por la sorpresa y se quedó paralizado, sin saber cómo reaccionar. No, no podía ser verdad...

-¡Aurora! - exclamó, saltando hacia atrás y frunciendo el ceño - ¡Estás loca! ¡No deberías estar aquí, sino con tu esposo y con tu padre!

Aurora, la princesa de Folmendäl, era una muchacha de finos rasgos que parecían esculpidos por un benévolo escultor y sus rasgados y salvajes ojos de color magenta eran capaces de dejar sin aliento al mismísimo Hanuil. ¿A qué estaba jugando aquella niña? Sí, porque a pesar de estar casada, aún no había abandonado la adolescencia, la cual en el caso de los feéricos era mucho más prolongada, como su vida. Sí, conocía bien a Aurora: desde que el joven viajero había empezado a visitar Folmendäl para realizar el Paso hacia Espiral, entre ambos siempre había existido una química que iba más allá incluso de la atracción física. Sus miradas siempre se encontraban y se rehuían, conociendo la imposibilidad de poder ir más allá de aquellos simples gestos. Nunca había hablado con ella más que para cuestiones formales junto con su padre, el Señor de Folmendäl.

Aquello era una locura. Y ella lo sabía.

-¡Hanuil! Por favor...no lo pongas más difícil... - la muchacha se acercó al Viajero y con su pequeña mano le acarició la mejilla derecha. El joven trató de rehuir su mirada pero, finalmente, sus ojos se encontraron y aquellos no engañaban a nadie: ambos sabían perfectamente lo que sentían el uno por el otro, era una atracción irremediable - Tengo una piedra que yo mismo creé con magia, esperando precisamente este día.

-Aurora...yo...tú estás comprometida. Y yo no soy quien te crees que eres - el viajero le dió la espalda y cerró los ojos, tratando de buscar algo de serenidad. Su corazón bombeaba a una velocidad inusual y su estómago parecía estar repleto de aves cantarinas. Odiaba sentirse así, pero a la vez sentía el rubor crecer en su rostro - Apenas nos conocemos y ya no somos dos niños. Tenemos nuestras vidas...

Hanuil sintió cómo la muchacha le abrazaba lentamente por detrás y podía oler su perfume a tan poca distancia que se sintió mareado, sumergido en el eterno placer de lo profano.

-Hueles a Miriella, una flor nocturna de estas tierras. Hace años que la usas...

-Tú no sé a qué hueles... - la chica le dió un suave beso en el cuello, que hizo temblar al viajero de pies a cabeza, a la vez sintiendo como si flotara con las alas de su corazón desbocado - Eres un aventurero bravucón y alegre con una mirada que me hace temblar por dentro. Y a la vez hay más en ti sellado que expuesto.

-Basta, Aurora...Ya no puedo soportarlo más, necesito... - se giró hacia ella y, sin ya poder resistirse más, la besó apasionadamente en los labios, con ansia. En el fondo lo había estado esperando durante todos aquellos años, desde que se habían conocido cuando aún no eran más que dos críos recién salidos del nido familiar.
La muchacha le puso una mano en el pecho y le sonrió, con ternura y con una pizca de picardía en su mirada. Sí, ella también era un misterio para él: tan inocente, y a la vez tan extrañamente sensual. Acto seguido, Aurora se metió una mano en el bolsillo interior de su larga falda blanca y de él sacó una reluciente piedra de color azabache. Lo miró con aquellos ojos irresistibles y agarró su mano con suavidad, acariciándola poco a poco.

-Hice esta piedra pensando en ti. No sabes...lo duros que han sido estos años pretendiendo que no te amaba. Me casé con alguien a quien nunca quise, creyendo que así podría olvidarte, creyendo que solamente había sido una fantasía de una niña inmadura y mimada... - una lágrima empezó a escurrírsele por su mejilla sonrosada - Pero no era así. Lo que siento por ti, lo que sentimos...es tan real...

-Por favor, no digas nada más - Hanuil por fin sonrió, ya más relajado y limpiándole las lágrimas a la muchacha con el reverso de su mano - Vayamos a ese sitio secreto del que hablabas y dejémonos llevar - la besó nuevamente, y esta vez ambos estaban sonrientes. Le guiñó un ojo - ¿Qué hay que hacer para ir?

Aurora miró hacia otro lado, esta vez dejando ver en sus mejillas un rubor bastante importante.

-No te rías de mí...¿Vale? - carraspeó y ató sus manos tras la espalda, clavando sus ojos en el suelo - Hay que entrelazar nuestras manos alrededor de la piedra...Así es como se activa la magia.

-Hagámoslo, sea dónde sea que nos lleve - dijo Hanuil, sonriendo de oreja a oreja - Y no me pidas que no me ría. Es extremadamente ridículo y, aún así, me encanta.

Ambos entrelazaron sus manos alrededor de la piedra y esta empezó a brillar con un gran halo de luz de un azul oscuro muy intenso. Acto seguido, desaparecieron del sitio dónde se hallaban en un abrir y cerrar de ojos.

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-Aurora...¿Dónde me has llevado?

Se encontraban sentados en la arena de una gran playa y, a sus espaldas, se alzaba una gran extensión de bosques. Ante ellos, la inmensidad del mar levemente iluminado por la tenue luz de la aurora que precede al amanecer.

La muchacha sonrió, enormemente satisfecha, y se abalanzó sobre él, abrazándole con gran efusividad.

-¡Bienvenido a mi mundo, al mundo que he estado creando para nosotros dos durante todos estos años! - alzó entonces su cabeza hacia el cielo teñido de un rosa casi imperceptible entre grandes trazos de oscuridad, iluminada por las estrellas - ¿Ves esta aurora? La creé de tal forma que fuera eterna, para que siempre te acuerdes de mí cada vez que mires al cielo.

-Es preciosa... - el Viajero parpadeó, entre desconcertado y maravillado con lo que veía - No sé qué decir. No sé cómo compensarte por tanto trabajo que has hecho, pensando en mí - se ruborizó un poco y la besó en los labios, mirándola con sus ojos azules e interrogativos y apartándole sus largos cabellos de color canela de su rostro.

Aurora le miró de arriba a abajo, divertida, y luego se separó de él y fue hacia la orilla para bañarse los pies, dándole así la espalda a Hanuil.

-Quiero saberlo todo sobre ti, esa es mi condición - se giró hacia él con las manos tras la espalda y le guiñó un ojo, sonriente, tirándole un beso al aire.

-¿Y qué me harás si no lo hago? - replicó él, con unos ojos retadores y una pícara sonrisa.

La muchacha se acercó hacia él y se arrodilló en la arena, colocando sus manos sobre sus propios muslos.

-Solamente yo sé el conjuro que nos lleva de vuelta a Folmendäl. Si no lo haces, nos quedaremos aquí los dos juntos para siempre, hasta que quieras contármelo, claro está. Y hasta que... - apartó la mirada y se ruborizó - Me hagas un contrato mágico de Retorno, de Retorno Breve.

Hanuil frunció el ceño.

-¿Me has traído aquí...para hacerme chantaje? Se trata de una broma de una chiquilla inmadura como tú seguramente. ¿Verdad?

-No es ninguna broma, Hanuil - se acercó más a él y le tumbó en la arena, colocando la palma de su mano sobre su pecho y le besó, echándose sobre él y rodeándole la cintura con sus piernas, impidiéndole así moverse. Luego sonrió, maliciosa - Antes decías que no te conozco, pero en verdad eres tú quien me conoce peor. Me has subestimado. ¿Recuerdas el dragón pintado en mi trapo?

-¡Aurora! ¡Explícame qué juego perverso es este! - trató de desembarazarse de ella, pero no pudo - ¿Qué te he hecho yo para que me trates así? Hasta ahora te he tratado de diferente forma que a las demás muchachas. Y como sigas así, eso va a cambiar chiquilla. Y sí, recuerdo aquel dragón. ¿Por qué?

-Porque así soy yo, querido. Cuando hallo mi tesoro lo consigo, sea de la forma que sea.

Su rostro había cambiado como de la noche a la mañana, y ahora su rasgada mirada era fiera y temible. Había caído en la trampa de aquella araña sin escrúpulos la cual le estaba usando como uno de sus juguetes preferidos. No, aún no se lo podía creer.

-Aurora, te juro que volveré y que te contaré todo mi pasado para que así me conozcas mejor, pero deja de hacer idioteces. Como sigas así me voy a enfadar, y te aseguro que no querrás verme enfadado - por fin consiguió desembarazarse de ella, empujándola contra su voluntad al suelo, y levantándose de ahí tremendamente mareado - Creía que no eras como las demás chiquillas de tu edad. Pero se ve que me equivocaba.

La muchacha empezó a sollozar, su rostro contra la arena.

-Yo...yo no quiero sufrir más. No era mi intención...encerrarte aquí - alzó su rostro, el cual había vuelto a experimentar un tremendo cambio y ahora parecía el de una niña desamparada. Se enjuagó las lágrimas con su blusa y prosiguió, aún en el suelo y de cuclillas, enseñando sus muslos desnudos - Ponte en mi lugar. Eres Viajero. ¿Qué debo esperar, 10, quizá 20 años más? ¡No podría soportarlo!

Hanuil suspiró profundamente y su enfado se evaporó como el rocío en una soleada mañana. Se sentó tras ella y la rodeó con sus brazos, enterrando su rostro en su hombro.

-Estás siendo muy egoísta, Aurora. Ser Viajero es mi vida. Pero no siempre estoy fuera, y...te juro que cuando vuelva al Mundo Feérico, te vendré siempre a ver. ¿De acuerdo? - le acarició lentamente las caderas y sonrió, con dulzura - Pero no quiero verte triste, ni tampoco como una niña caprichosa. Eso no es lo que me hizo enamorarme de ti.

Aurora, lejos de calmarse, siguió llorando de forma aún más desconsolada y se levantó, apartándose de su abrazo. Le miró, repleta de ira.

-¡¿Eso les dices a todas con las que te acuestas, bastardo?! ¡Sé de tus aventuras, y no creo una palabra de lo que dices! ¡Seguirás llevando esa vida que llevas, y te va a dar igual lo que yo sienta! - le agarró por la camisa con fuerza - ¿Cómo crees que me sentía cada vez que te veía con esas mujeres, en Folmendäl, a cada cual distinta? ¡Los Viajeros sois todos unos golfos, unos mujeriegos!

-No eres la más indicada para hablar, señorita casada con el noble de turno. ¿Gritaste mucho cuando te quitaron la virginidad? - se dirigió hacia ella con una sonrisa torcida, caminando con grandes zancadas por la arena - ¿O es que tu marido no te toca y por eso estás actuando como una adolescente desesperada por una buena sacudida?

La aludida alzó su pequeña mano y le pegó un fuerte bofetón en la mejilla al Viajero.

-¡No tienes ningún derecho a hablarle así a la hija del Señor de Folmendäl!


Hanuil, entonces, la agarró por los hombros y la miró con fiereza, sintiendo cómo su mejilla izquierda le ardía de forma muy intensa.

-Jamás perteneceré a tu mundo, puesto que cada uno de nosotros ya posee uno. Conténtate con el que tienes, y deja de comportarte como una cría.

Aurora desvió la mirada, sus mejillas visiblemente enrojecidas.

-Jamás pensé que fueras tan poco romántico. Me has decepcionado.

Hanuil se quedó de piedra al escuchar aquellas palabras. ¿Qué demonios quería decir con aquello? ¿Se estaba haciendo la víctima, después de aquel secuestro que había sufrido en toda regla?

-¿Poco romántico? ¡Pero tú qué sabrás de mí si nos acabamos de conocer! - no, no podía creerlo.

La joven le miró con desprecio, soltando un bufido repleto de desprecio y mirándole con una extraña y nueva indiferencia.

-Primero de todo, y por tu bien, quítame las manos de encima - dijo, con gran frialdad. Hanuil lo hizo, sin acordarse ya que seguía agarrándola por los hombros - Bien, pues muy sencillo. Ambos sabemos que los feéricos no necesitamos de palabras innecesarias para expresar nuestros sentimientos. ¿O es que ya estás perdiendo facultades de tanto andar con humanos?

Hanuil sintió hervir su sangre.

-¡Me acabas de secuestrar y ahora encima pretendes mantener una posición dominante! ¡No me lo puedo creer!

Aurora se llevó una mano a la frente y se dirigió hacia las aguas para bañarse los pies. Sintió un alivio inmenso y, paradójicamente, cuando más aliviada se sentía, más nervioso y desconcertado se encontraba el Viajero.

-¿Ves? Ya hablas como uno de ellos. Esa actitud humana de querer conocer a la otra persona hasta que ambos acaban hartos el uno del otro y se termina el misterio. Sí, mi abuela me contó historias de cuando aún solían viajar con frecuencia al Otro Lado, y siempre me advirtió: jamás te enamores de un humano, pues solamente buscan apagar tu esencia feérica, o lo que es lo mismo, tu magia, tus sueños. Y tu ante mis ojos eres uno de ellos - se giró hacia él y se encogió de hombros.

-¡¿A qué viene ese cambio repentino de actitud?! - el Viajero se rascó la nuca, totalmente desconcertado y sorprendido - Hace unos momentos estabas loca por mí y ahora me sueltas todas estas historias sin sentido.

Y mentía. Algo de sentido sí que tenían. ¿Cuantas veces no le había sucedido lo mismo que había relatado Aurora? Miríadas de veces. Quizá por eso siempre huía de las relaciones sentimentales, pero...¿Qué había de malo en divertirse y no querer atarse a nadie? ¿Qué sentido tenía comprometerse siendo un Viajero? Y, en verdad, no concebía estar con alguien sin tratar de conocerle lo mejor posible, antes de dar un paso tan radical cómo ella había pretendido...

¿En verdad se estaba convirtiendo en un humano huraño y desconfiado?

-Hanuil - la muchacha se acercó a él contorneando de forma sensual sus voluptuosas caderas, las cuales se intuían bajo su fino vestido blanco que brillaba levemente con la tenue luz del alba. Al fin, se detuvo a pocos centímetros de sus labios y lo miró con intensidad durante unos instantes, en silencio. El Viajero tragó saliva. ¿Qué pretendía ahora? - Quiero hacer el amor contigo, aquí y ahora. Y trataré que esta vez no vuelvas a huir, como tantas veces ya habrás hecho. En otras palabras - sonrió, pícara - Me gustaría devolverte un poco de tu yo feérico, porque aún y con todo, te sigo amando.

En contra de su voluntad, el Viajero sintió como una gran cantidad de sangre se le agolpaba en su rostro, sin remedio, y fue incapaz de disimularlo. Observó sus preciosas facciones, una mezcla entre inocencia misteriosa y de sabiduría algo maliciosa que brillaba en sus ojos y el deseo dentro de él empezó a crecer como la marea bajo el influjo de la Luna, y la Luna era ella, pero ella era sin duda...su cara oculta. Le besó, lentamente, y sintió el calor de sus labios contra los suyos y el corazón acelerándose en el pecho. Quería decir algo, pero en aquellos momentos no sentía la necesidad de hacerlo.

La entendía, sin palabras, una sensación que no sentía desde hacía tanto tiempo que ni siquiera lo recordaba. ¿Qué había de malo en entregarse sin reservas a otra persona, sin atenerse a explicación alguna? ¿No era aquello, acaso, el amor verdadero?

La abrazó y la atrajo hacia ella, con suavidad y ambos sonrieron, como si estuvieran perfectamente sincronizados el uno con el otro, como si sus dos mundos se hubieran superpuestos el uno sobre el otro, mezclándose, ávidos de compartirse.

-Aurora, yo...tenías razón...

-Ssshht - le puso un dedo en los labios y abrió su sonrisa, divertida.

Se revolcaron sobre la arena y empezaron a reírse a carcajadas, mientras rodaban por el suelo como dos niños y de repente a Hanuil le entraron unas ganas totalmente salvajes de tomarla ahí mismo, de hacer participar su cuerpo con el de su amada. Sí, era su amada, y ahora lo entendía, sin decir nada.
No le importaba nada más que aquel primitivo impulso que ya les impulsaba a desvestirse con rapidez y a besarse con una pasión desenfrenada. No, no era Viajero, era Hanuil, simple y llanamente, un Hanuil que se había perdido en un laberinto oscuro hacía ya mucho, mucho tiempo. Su lado feérico reencontrado, consumado con aquella unión. ¡Había sido tan necio, tan egoísta! Ya lo entendía: ella solamente había pretendido sacarle de su vida mediocre, de su deambular sin meta alguna, entregado a placeres superfluos, que se marchitaban con una sola palabra que intentaba definir algo que no era.

El tiempo se había detenido, y el universo entero se había reducido a ella y a él, ambos unidos mediante caricias, jadeos, risas y besos.

-¡Aurora! ¡Pe...pero qué significa esto!

Y todo terminó como había empezado: de forma inesperada. Ambos se giraron, alarmados, hacia el origen de aquella voz repleta de sorpresa e incredulidad. Se trataba de Kirin, el barbudo padre de Aurora, el cual se hallaba petrificado ante aquella escena con los ojos tan abiertos que parecía que, de un momento a otro, le saldrían de sus órbitas.

Aurora empezó a tartamudear sin saber qué responder y Hanuil, sencillamente, no se creía lo que estaba ocurriendo. ¡¿Cómo demonios había llegado el padre de Aurora hasta allí, si se suponía que ella era la única creadora de la piedra?!

-No...no es lo que piensa. Se estaba ahogando y...ehm... - bajo la cabeza, sin atreverse a mirar a los ojos del anciano - Le estaba haciendo boca a boca...

El rostro de Kirin se transformó en una careta carmesí de la cual de un momento a otro iba a empezar a desprender un humito blanco. Apretó los puños y luego dejó caer de su mano derecha una piedra transparente que cayó, grácilmente, sobre la arena.

-¡S...sí! - por fin pudo replicar Aurora, frotándose las manos con gran nerviosismo - Papá, es cierto, casi me ahogo y Hanuil me ha salvado, deberías estarle agr...

-¡Calla! - gritó Kirin, con los dientes apretados - ¡Como no os vistáis ahora mismo, en 10 segundos, os envío a ambos a Espiral de una patada en el culo! ¡Viajeros del diablo! - añadió, agarrando de nuevo su piedra transparente y metiéndosela en el bolsillo. Acto seguido, desapareció.

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