En aquellas altas horas de la noche, solamente las estrellas iluminaban el camino de Rívon, el cual, por primera vez en toda su vida, dejaba atrás su amado Húgaldic en busca de su mejor amiga. No había tenido tiempo de despedirse de su familia pero en aquellos momentos, aquello era lo que menos le importaba.
Iba vestido con ropa más acorde para su nueva aventura: unos pantalones de algodón marrones y una sencilla camisa verde de manga larga con broches azules. La Luna era Nueva y parecía adivinarse alrededor de esta un círculo de luz pálida y plateada casi invisible.
Desde la vez que conoció a Ichiro, no había vuelto a pisar aquel jardín que ahora hollaba con sus sandalias de paja y esparto. La única diferencia era que no había rastro de ninguna flor. Sí, no estaban en Primavera pero, no obstante, Ichiro siempre recogía flores de allí durante todo el año... ¿Cómo se explicaba aquello? ¿De dónde recogía, entonces, aquellas flores? ¿Del bosque de las Yrissi? Pero allí no había flores normales, sino hechas de minerales y cristal.
Así pues, decidió encaminarse por fin, pese a unas reticencias que superó gracias a la presencia de la joven en sus pensamientos, hacia aquel extraño y misterioso bosque que, por su espesura y sus vivos colores que se reconocían hasta bajo la débil y trémula luz de los astros, parecía sellado para el resto de seres feéricos, sólo apto para corazones puros y sin temor alguno. Había leído en los libros que solía hojear en las bibliotecas del Árbol Norte, que una vez se entraba allí, uno jamás salía siendo el mismo. Pero solamente eran habladurías y leyendas para, quizá, evitar que los Amaru se involucraran demasiado con aquellos seres extraños y cambiantes como lo eran las Yrissi.
Por esta vez, sin embargo, no hizo caso de aquellas recomendaciones (que él mismo ponía en su boca para prevenir a menudo a su amiga desaparecida), y decidió dar un paso adelante y, por primera vez en su vida, abandonar su hogar, todo lo que conocía, toda su seguridad y el calor de su aldea, para internarse en lo desconocido. Quizá así lograría comprender mejor a Ichiro, quizá allí encontrara alguna pista para poder encontrarla.
Después de apartar a un lado los cientos de hojas hechas de cristales y minerales de todas las formas y colores, consiguió penetrar en aquella curiosa y única floresta situada justo en medio del Mar Esmeralda de Húgaldic. Y cual fue su estupefacción cuando sintió como, entre aquel océano de árboles de cristal, de cascadas y de pequeños riachuelos y estanques que lo integraban, empezó a escuchar risas risueñas, susurros, los suaves y bellos sonidos de los cristales que se golpeaban entre ellos por efecto del viento, creando así una música sutil que no era capaz de escuchar con su oído, pero sí de percibir con su corazón, de una forma inexplicable. Algunos faroles situados sobre las ramas, encendidos y de una leve y bella luz azulada, flanqueaban de vez en cuando el dificultoso camino que se abría a duras penas entre los árboles.
Por encima de todos estos leves e ingrávidos sonidos, seguían alzándose carcajadas, ligeros sonidos de pisadas que parecían interpretar invisibles danzas, y el rumor de unas voces cristalinas y joviales por todos lados. Rívon no se sentía muy cómodo ante aquella situación. Le ponía muy nervioso no conocer un lugar y el hecho de desconocer las intenciones de algo que permanecía en las sombras.
No comprender, en definitiva.
Mientras caminaba mirando a todos los lados, acelerando más y más su paso sin que fuera consciente de ello, el joven sintió, de repente, como un peso caía sobre él, sobre sus espaldas, y le hizo caer de rodillas, amortiguando la caída con sus manos, en el suelo, un suelo cubierto de agua verdosa mezclada con briznas de hierba y de frutos cristalizados de todos los colores y formas.
-¡Qué demonios...!
-¡Oh, que mal hablado es nuestro nuevo huésped! ¿Por qué tiemblas tanto?
Efectivamente. Sobre él había caído, sin previo aviso, una de aquellas Yrissi que poblaban el bosque y habían siempre suscitado la desconfianza y el miedo en Rívon.
El joven se dejó caer y, así cómo pudo, se la quitó de encima con un empujón y, con el ceño fruncido, se echó hacia atrás y la amenazó con los puños apretados. Sus ojos, sin embargo, estaban repletos de temor. Una jovencita menuda y esbelta de ojos almendrados, castaños, lo miraba de arriba a abajo y se acariciaba sus largos cabellos también castaños, de color más claro sin embargo que sus ojos. Iba vestida solamente con cristales de colores que dejaban entrever su cuerpo desnudo bajo ellos.
Rívon se sonrojó y miró hacia otra parte, por simple pudor.
Ella se acercó y le abrazó, colocando sus labios en una de las orejas del joven, haciendo que este casi trastabillara de la piel de gallina que aquello le provocó. ¡Pero qué se había creído! Solamente se trataba de una niña, a pesar de su...esbelto cuerpo.
-¿Estás buscando a Dúna, verdad?
Rívon hizo acopio de todas sus fuerzas y se separó de ella bruscamente y arqueando una ceja, suavizando así su rostro.
-¿Dúna? ¿Quien es Dúna?
-¡Oh! - exclamó, saltando sobre una rama y quedándose sentada ahí arriba, mirándole con ojos seductores - Se me olvidaba que en vuestra aldea la llamáis Ichiro. Pero...¡Seré maleducada! - añadió, volviendo a tierra firme y cogiéndole de la mano, como si lo conociera de toda la vida - ¡Ven conmigo! - alzó la vista hacia la oscuridad de aquel mar arbolado y acristalado - Le invitamos a nuestra fiesta. ¿De acuerdo?
Ante el rostro congestionado del joven, una gran cantidad de voces se alzaron en todas direcciones.
-¡Claro que sí! ¡Que se venga! ¡Espero que no se vaya corriendo!
-¡Jaja! ¡Le haremos sentir bien, mis pequeñas.¿De acuerdo?
-¡Claro que sí! ¡Esos Amaru se preocupan demasiado por los corazones libres! ¡Habría que liberarlo también a él! ¿No os parece?
Rívon tragó saliva y miró a aquella hada con ojos aterrorizados, aunque, pese a todo, no se atrevía a soltarle la mano. Era una chica muy bella y había algo en ella que le atraía de una forma extraña e inexplicable.
-¿Qué vais a hacer conmigo? - preguntó, tembloroso - Yo solamente pretendo saber si conocéis el paradero de Ichiro, nada más. No estoy para...fiestas.
El Hada se echó para atrás y estalló en carcajadas ante el desconcierto del joven.
-¡Pero que desconfiados os habéis vuelto! ¡Ya casi parecéis humanos! - murmuros de asentimiento se extendieron por doquier - Si me acompañas, te contaré todo lo que quieras saber de tu querida Dúna, digo...Ichiro - dicho esto, se puso a correr con tal fuerza y de forma tan veloz, que casi hizo que Rívon volara tras ella y no tocara el suelo resbaladizo y acristalado con los pies. Sus sandalias ya habían quedado bien atrás y seguramente las habría perdido para siempre.
Mientras corrían cómo si alguien o algo les estuviera persiguiendo, los cristales le impactaban en la cara pero curiosamente no le dañaban, sino todo al contrario. Una nueva calidez parecía flotar justo en su estómago y, poco a poco, una sonrisa aparecía en su cara, y el vigor en sus piernas le permitía correr a la misma velocidad que su anfitriona.
Al cabo de unos minutos, y sin que apenas fuera consciente de ello, era tal la elasticidad de su cuerpo que era capaz de saltar sobre los árboles junto a ella y de danzar al mismo tiempo.
-¿Ves? - decía ella, con voz alegre, mientras corría y danzaba en la floresta - ¡No hay nada que temer!
-No tengo ni idea de cómo lo has hecho - respondió él, borracho de felicidad - pero me siento liviano como una hoja arrastrada por un golpe de brisa tibia y perfumada.
-Eso significa que, bajo toda esa oscuridad, tienes un corazón luminoso y libre.
Después de toda aquella travesía, que había empezado como una tortura para él y que ahora se había convertido en toda una aventura fascinante y maravillosa entre aquellos cristales preciosos, llegaron por fin a un claro.
Allí muchas hadas bailaban en corros alrededor de una hoguera azulada, y algunas otras permanecían solitarias alrededor del grupo, contemplando como sus compañeras bailaban, o simplemente pensativas y relajadas, tumbadas y observando las estrellas con una sonrisa.
La pequeña niña que le había acompañado hasta allí paró de correr y le cogió de las dos manos, feliz por tener delante a un desconocido como él. ¡A un desconocido! ¿Cómo podía estar contenta que alguien ajeno hubiera importunado la paz de aquella comunidad de Ensueño?
-¡Bienvenido a nuestro Reino! ¡Baila con nosotras! - dijo, para después besarlo en los labios con un gracioso impulso y haciendo que sus mejillas se volvieran ya no rojas, sino del color del granate más oscuro - ¡Ven, y así comprenderás mejor a nuestra Dúna!
Y así, con un invisible y fuerte empujón, se vio inmerso en medio del corro de aquellas mujercitas de baja estatura, agarrando de sus pequeñas manos a dos de ellas. Se sentía observado, y en sus rostros aparecían sonrisas, unos rostros que al cabo de menos de un minuto no se atrevió a mirar, por lo violento que se sentía. ¿Qué bailaban, si no había música? Danzaban en círculos, de forma ridícula, sin ningún sentido, alrededor de una hoguera que ni siquiera daba lumbre ni calor.
Pronto empezó a notar un agobio inmenso y unos imperiosos deseos de huir de allí. Se sentía preso en aquel baile, sentía que le ardía el pecho y que su peso había aumentado, como si la tierra se hubiera convertido en un poderoso imán para él. Intentaba imitarlas, alzando y bajando los brazos, y dando pequeños saltos con las piernas: sus largas faldas de colores al viento. Pero no escuchaba ninguna canción.
Cansado de toda aquella farsa, creada quizá para burlarse de él, dió un tirón hacia afuera tratando de salirse del corro y así seguir la búsqueda de Ichiro. Ya no quería perder más tiempo.
Y fue incapaz de soltarse, por mucho que lo intentó, por mucha fuerza que hizo, y al intentar abrir la boca para protestar, ésta permaneció pegada, sellada. ¡No podía abrir la boca! ¿¡Qué pérfida maldición habían obrado sobre él!? Estaba ligado a ellas, tal y como contaban las leyendas...y eso que él nunca había creído en ellas. Quizá si hubiera sido más como Ichiro, hubiera previsto aquello. Ichiro...
Sintió, entonces, otro fuerte empujón en la espalda y, por mucho que se resistió, vio con terror que aquellas manos invisibles le hacían precipitarse directamente hacia la hoguera azul. Cerró los ojos, sin poder exclamar un grito, ni una súplica.
Y sin embargo no se quemó. Cayó de bruces en el suelo y, sin atreverse a abrir los ojos, una fría brisa empezó a levantarlo y a hacerlo levitar, cómo si se tratara de una simple pluma arrastrada por cualquier soplo de aire. Sí, se sentía en verdad liviano, y, en cuanto encontró el coraje suficiente para abrir los ojos, se encontró echado en el suelo pero sin sentir la tierra bajo su cuerpo.
Todo a su alrededor era exactamente igual, y pese a ello algo allí había cambiado. Levantó la cabeza, incorporándose lentamente. Estaba justo ante aquella hoguera azulada. Alzó una mano, instintivamente, y se la miró: ¡Tenía un aura azul rodeándola! Y no sólo su mano derecha, también sus brazos, sus piernas y, en definitiva, todo su cuerpo. No podía dar crédito a lo que veía.
Abrió la boca.
Ya podía hablar, y, sin embargo, no albergaba ningún sentimiento que pudiera ser expresado con palabras. La niña que lo había guiado hasta aquel lugar se hallaba justo ante él, sonriendo con dulzura y ofreciéndole una mano para que pudiera levantarse. Pero no, decidió levantarse por sí sólo. En su rostro también se dibujaba una sonrisa, como borracho de alegría, de una alegría que no sabía explicar. Agarró la mano de aquella niña que le había guiado, y la de otra hada, y, por fin, pudo escuchar una música que antes había sido incapaz de sentir: eran sonidos de piedras, el agua corriendo sin tregua, el viento perfumado de la noche meciendo las ramas de cristal. Todo aquello producía una música alegre e hipnótica.
Y se puso a bailar, y ahora sin pensar alzaba los brazos, daba saltos, reía y sentía como si volara más allá de todos los sentimientos que nadaban en el océano de su alma.
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-¡Ven, corre, dame la mano!
Todas aquellas niñas habían desaparecido, repentinamente, sin cesar de bailar y de dar pequeños saltos, hacia los árboles débilmente iluminados por aquellas luces azules que se reflejaban, gracias a los cristales, por toda la floresta, trocando con su luz trémula la oscuridad llenándola de diferentes colores en un estado de paz, y de un misterio meciéndose con el viento.
La niña que le había hablado era aquella que le había guiado y ahora, pacientemente y esperando que Rívon se recuperara del repentino mareo que había sufrido de tanto bailar y correr alrededor de la hoguera, se dirigía a él con una sonrisa dibujada en sus labios carnosos y casi tan rojizos como un ventoso atardecer.
Haciendo un acopio de todas las fuerzas que le quedaban, el joven le puso, en un acto instintivo, una mano en el hombro, y la miró ligeramente desconcertado.
-¿De verdad no queréis nada de mí?
La Yrissi, haciendo como si no le había escuchado y suavizando algo su sonrisa, le cogió de nuevo de la mano e impulsándose con un gran salto, como si de un cervatillo se tratara, le arrastró trotando hacia el interior del bosque acristalado.
Parecían ahora más ligeros que simples pétalos de flor, caminando sobre los cristales más grandes y hermosos, uno encima del otro, cómo si aquella joven supiera la ubicación de cada uno de ellos. Y solamente se ayudaban con los pies.
Poco tiempo después, ambos ya corrían sobre las altísimas copas de los árboles, y alrededor de ellos, un mar de millones de cristales se movía lentamente con un viento perfumado con un olor que le tenía embriagado, una fragancia que le llenaba el corazón. La luz de las estrellas se reflejaba también en ellos, y lejanos ahora parecían aquellos farolitos azules situados en el corazón de aquellas tierras.
¡Parecía que había dos firmamentos!
Y volaban, y reían, reían a carcajadas sin motivo. No estaban colgados de un sueño, sino descolgados sobre ellos. Rívon jamás se había sentido tan vivo en su vida.
Pero aquella sensación de paz y de libertad que al joven no le hubiera importado que durara eternamente, de la mano con aquella hada de risa fácil y torrencial, se trocó en desconcierto y en miedo cuando, en un brusco movimiento, la niña tiró de él con fuerza de la mano y saltó hacia abajo, entre las ramas acristaladas, las cuales ahora le herían el rostro, golpeándole con dureza. ¡Descendían hacia el suelo demasiado deprisa! Caían como dos pesos muertos y, además, todo era oscuro a su alrededor, en la negritud más absoluta. Debido a la velocidad a la que bajaban, a Rívon el estómago le dió un vuelco.
-¡Nos vamos a matar! - fue lo único que pudo articular antes que aquella menuda joven lo soltara de la mano y, ya sin su compañía, siguiera cayendo con más y más fuerza a un abismo negro que escondía en alguna temible parte el suelo de la floresta, que sin duda iba a acabar con su vida mientras los cristales seguían produciéndole pequeñas heridas en el rostro, en el pecho y en las manos.
Cerró los ojos y sintió cómo no estaba aún preparado para morir. Empezó a marearse y a sentir cómo estaba a punto de estallarle el corazón dentro de su pecho.
No tenía fuerzas ya ni para gritar.
Y, efectivamente, terminó impactando contra algo, y aquel algo resultó ser agua, o eso creía, y se sumergió hacia sus profundidades, poco a poco, como si algo en el fondo le estuviera atrayendo. Pero lo más extraño resultaba el hecho de no necesitar respirar bajo aquel líquido.
Sin duda las hadas lo habían hechizado.
Al recuperar de nuevo el resuello y el sentido de la realidad, el joven trató de ascender hacia la superficie impulsándose con piernas y brazos pero, por increíble que parezca, seguía hundiéndose.
Y ahí sí que empezó a gritar, con desesperación, pero solamente unas grandes burbujas salían de su boca, sin que se le oyera nada más que balbuceos. Y, por fin, abrió los ojos que habían permanecido cerrados incluso después de la caída en aquel hipotético lago.
Todo era negro, oscuro como la primera noche de los tiempos. Giró sobre sí mismo flotando como estaba unas cuantas veces, tratando de ver algún punto de luz perdido. Miró también arriba y abajo. Pero era en vano. Solamente había silencio, y ni siquiera podía escuchar latir su propio corazón. Y empezó a sentir miedo, terror, angustia y una fuerte sensación de ahogamiento que no hacía más que crecer y crecer sin tregua. Seguía debatiéndose por ascender a la superficie, pero al cabo de un largo tiempo intentándolo llegó a desistir, con todos sus miembros doloridos y derrotados.
No había nada que hacer.
Friday, March 26, 2010
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