Anie tocaba tranquilamente el violonchelo en la sala de música que daba al Gran Claustro. Con los ojos cerrados se acordaba de los preciosos amaneceres de los que gozaba su aldea montañosa hasta la llegada de la oscuridad y su exilio. Las notas, ya conocidas de un compositor fallecido siglos atrás, eran tocadas con agudeza y melancolía. Un ventanal abierto y el olor de las flores de los valles lejanos adornaban el ambiente con una belleza sutil que se mezclaba con las notas que destilaba el instrumento. Anie (Anelma era su nombre completo) era una joven menuda bastante corriente en apariencia, morena con los ojos ligeramente rasgados, y no solía apresurarse ante ninguna circunstancia de la vida, más interesada en otros mundos que en el que le rodeaba.
De repente, se abrió una puerta de un sólo golpe.
-¡Anie! ¡Llevo media hora esperando que acabes el ensayo! ¿No habíamos quedado a las 7 en el gran sauce llorón?
La que hablaba se llamaba Yume. Era una chica rubia, voluptuosa, de ojos azules, que constantemente de forma muy nerviosa gesticulaba al hablar. Iba vestida de una forma algo extravagante, con sandalias, un vestido blanco y unas medias azules.
Anie paró de tocar en seco, como si hubiera despertado de un profundo trance, y miró a su amiga con una mezcla extrema sequedad y abatimiento.
-Yume, supongo que no conoces la costumbre de tocar a la puerta antes de entrar.
La rubia le cogió de la mano de una forma en qué parecía reprenderla.
-Salgamos de este maldito edificio, estoy harta, más que harta, ahora mismo me gustaría quemarlo todo y te juro que lo haré si no salimos ahora mismo y vamos a mi casa. ¡Me prometiste que te quedarías a dormir a mi casa!
Anelma tuvo que acceder a la petición de su amiga, pues cuando aquella se ponía pesada no había nadie en ningún Universo que le pudiera cambiar de opinión. Así pues, salieron de clase y se dirigieron pasillo arriba hacia la puerta que daba a los escalones exteriores para salir directamente del edificio sin hacer rodeos.
Después de andar 1 hora a través de los campos cultivados y de las granjas del oeste de la Fortaleza llegaron a una pequeña y extraña casa circular hecha de mármol.
La casa estaba rodeada de todo tipo de palmeras que ahora ya estaban produciendo dátiles jugosos, y también de todo tipo de árboles frutales como naranjos, limoneros, perales, manzanos, albaricoques y cocoteros. Al oler la fragancia de todos aquellos árboles y el canto dicharachero de las aves que se aprestaban en buscar un sitio seguro para pasar la noche en ellos, Yume se puso a bailar dando pequeños saltitos con la gracia y la alegría que le caracterizaba.
-¡Anie! ¡Es maravilloso! ¿No lo sientes? ¡La primavera ha llegado! ¡Los animales del bosque salen de sus madrigueras, las abejas despiertan de su letargo, las flores nos regalan su maravilloso esplendor, todo está vivo!
-Yo también bailaría Yume, pero no quiero estropear toda esa belleza. ¿Entramos?
_Oh...que aburrida eres Anie. Necesitas un novio que te espabile - la chica le acarició el pelo a Anie y sin más dilación entró en casa corriendo y gritando, como de costumbre. Anie la siguió con el ceño fruncido y obviando lo que le había dicho.
-¡Mamá! ¡Papá! Mi querida Anie se queda hoy a cenar y a dormir! ¡¿No es genial?!
Las dos jóvenes entraron en el pequeño y acogedor comedor de la familia Nöma. El comedor no tenía techo y tenía un cerezo justo ante la mesa de madera circular, un cerezo que ya empezaba a florecer. Pese a ello, cuando el frío y el mal tiempo arreciaba, el comedor se mantenía seco y con una temperatura estable, posiblemente por el efecto de la sutil magia de la madre de Yume. La madre de Yume se llamaba Tirsun, y se rumoreaba (y Anie estaba convencida de ello) que tenía sangre del Mundo Feérico corriendo en su interior, concretamente sangre de Doncellas del Agua. Era una mujer bella, radiante y divertida, con una cabellera rubia que le llegaría al suelo si no estuviera retenida por unas trenzas, y se movía con una gracilidad y sensualidad difícilmente visible en los tiempos que corrían. Anie la admiraba no solamente por ello, sino por su simpatía y por su hospitalidad. El padre se llamaba Jonel y había sido un reconocido panadero en su aldea natal, y ahora se podía decir que era como el panadero de la Fortaleza. Era un hombre alto y fuerte, con unas facciones severas y recias pero sin embargo poseía un gran corazón. Poseía una espesa barba pelirroja, igual de pelirroja que sus cabellos.
Tirsun fue a abrazar a Anie, la cual se hallaba abiertamente emocionada.
-¡Oh Anie! ¡Siempre me encanta que vengas! ¡Estoy tan contenta! - le acarició el pelo y el rostro - Cada día te veo más guapa. La música embellece a las mujeres.
-Tirsy tiene razón, hija. Quizá te relajaría hacer algo de música en vez de estar todo el día bailando y trotando - dijo su padre, esbozando una sonrisa y dirigiéndose hacia Yume.
-¡Papá!...en fin, sin comentarios - la chica lo miró torvamente. Acto seguido, recuperando su sonrisa habitual, cogió de nuevo a Anie de la mano y se la llevó a su pequeña habitación por una pequeña escalera de caracol.
_¡Yum! ¡Yume! Sé valerme por mi misma. A veces me siento como un juguete al que puedes llevar dónde tu quieres.
Finalmente entraron en el cuarto de Yume y como siempre Anie se sintió fascinada de ver el pequeño universo que adornaba aquel pequeño mundo particular. Decenas de fantásticos dibujos de animales y paisajes poblaban las paredes mientras el pequeño tronco de incienso de azahar se consumía. Anie respiró aquel humo arrebatador, sonrió abiertamente y se tumbó en la cama. Acto seguido, viendo quizá que su amiga se relajaba en demasía, Yume se lanzó encima suya.
-¡Venga! ¡Ropa fuera!
-¡No! ¡Esta vez no lo lograrás!
A base de estirones, empujones y risas, finalmente las dos adolescentes se quedaron solamente con su ropa interior y sonrojadas como tomates abandonados al Sol de verano, una encima de la otra.
-¿Te imaginas que fuéramos las dos concubinas del Príncipe de Hielo y lográramos escapar del castillo juntas tan lejos como nuestros sueños nos guiaran, Anie?
-Con el escándalo que siempre haces nos terminarían descubriendo.
-¡Oh! ¡No rompas la magia Anie! ¡Estoy muy sensible últimamente!
-Ya veo...
-Bueno dime chica, ¿Hay alguien que te guste de clase? Al menos eso sí que te interesa, ¿no?_dijo Yume, pellizcándole un pecho.
-¡Ay! ¡Quita, pesada! Pues...no, no hay ningún chico que me guste. No tengo tiempo para esas cosas, no como tú, que siempre piensas en lo mismo. Hablemos de otra cosa, ¿Quieres?
Yume acercó su cara a la de ella y le acarició los cabellos sin dejar de mirarla.
-¿Qué me dices del director de la escuela? El otro día se te veía muy feliz después de haber ido a una tutoría suya. Al fin y al cabo es un profesor genial, ¿no?
Anie frunció el ceño.
-¿Insinúas que me gusta el director Nuán? Definitivamente estás majara.
Mientras seguían con aquella conversación tan incómoda para Anie, una música se empezó a escuchar abajo, una música de guitarras y mandolinas. Anie aprovechó para interrumpir a su amiga.
-¿Qué es eso, Yume? ¿No oyes algo?
-¡Oh, vaya! Menos mal que me has avisado. ¡Ni les había oído! - Anie se volvió a vestir y se dispuso a abrir la ventana, con tranquilidad.
-¿Qué haces Yume?
-Ven y lo verás. ¡Jajaja! - fuera se escuchaba una canción romántica y una voz masculina, engolada, que cantaba con gran sentimiento. Anie, sin percatarse que iba con su ropa interior, se asomó a la ventana junto a su amiga y, con gran sorpresa, observó un nutrido grupo de músicos abajo vestidos con capas rojas y traje negro con ribetes verdes a ambos lados, a la antigua usanza. Eran tunos. De repente, pararon de tocar todos a la vez.
-¡Eh! - dijo uno de los que tocaban la mandolina - ¡Mirad, un regalo del mundo feérico! ¡Y nos lo mandan en todo su esplendor!
-¡Ven aquí, preciosa, te podemos cantar, bailar o bajarte la Luna para que así mejor la veas!
-¡Maravillosa! ¡Gentil! ¡Doncella arrebatadora! ¿Cómo te llamas?
-Eso da igual, ¡Que se quite lo que lleva!
Todos rieron, al igual que Yume, a la cual ya le dolía el estómago de tanta risa. En cambio Anie al ver aquel panorama no pudo soportarlo y se metió en la habitación, extremadamente acalorada por la vergüenza.
-¡Cantémosle una preciosa canción digna de ella para que salga de nuevo!
-¡Vamos allá!_contestó el resto.
-Sal de tu escondite bella dama
de ese escondite enamorado
de tan bella criatura
Celosos estamos de él
pues retiene en sus muros toda esa maravilla
que en un instante iluminaría el mundo
para toda la eternidad
con una simple mirada.
¡Sal! ¡Sal!
Después de aquel singular episodio, las dos chicas fueron a cenar (Anie había decidido dejar de hablar a su amiga después de aquello) y se reunieron alrededor del gran cerezo. Mientras comían, un ligero y perfumado viento les acariciaba a todos los cabellos y los pájaros ya se despedían del día reuniéndose en los árboles de alrededor de la casa.
Era aquella una familia muy alegre y desenfadada pero sobretodo muy hospitalaria. A Anie siempre le ofrecían pastelitos recién hechos y le hacían un pequeño pastel especial para ella aunque viniera sin avisar. La madre de Yume muchas veces le hacía bellos peinados y le contaba historias de su infancia que siempre rozaban con la fantasía...o no, quien sabe. Contaba historias de cuando vivía en una aldea rodeada de bosques de hadas y de como estas muchas veces venían a buscarla y la llevaban a fiestas del Mundo Feérico.
-Supongo que todo eso son sueños que he idealizado. Pero me encantaba viajar con ellas, ¡Puedes estar segura! Anie, tenías que haberlas visto. Llevaban unos vestidos azul claro preciosos y las estrellas se reflejaban en sus ojos con una perenne sonrisa. ¡Hablaban cantando!
-Por eso me enamoré de ella_dijo el padre de Yume, pasando un brazo por la espalda de su mujer_A veces creo que en vez de vivir con mi mujer vivo con una juglar profesional.
-Pero papá, podrías ser más romántico con ella. ¡Eres muy tosco!_dijo Yume, enojada.
-Bah...me tendrías que haber visto de joven, hija mía. Yo era todo un seductor.
-Seguro que te sedujo ella, estoy segurísima además.
-Bueno, cambiemos de tema - carraspeó el padre, mientras Anie se aguantaba una risita - Como vuelvan esos malditos tunos por aquí, los echaré a patadas. Desde que empezó el curso no han parado de venir acosar a nuestra hija.
-No me acosan papá_dijo Yume arrastrando las palabras, como si viniera repitiendo lo mismo desde hacía mucho tiempo - son muy simpáticos y atentos, nada más.
-Ya me conozco yo a estos truhanes. Conozco perfectamente sus intenciones.
La madre rió sonoramente, con su bonita voz cristalina que parecía salir de un manantial.
-Te recuerdo que tú fuiste tuno en tu adolescencia.
-¡Por eso mismo os digo que los conozco más que nadie! - dijo, sulfurado, pero al cabo de un rato se tranquilizó y volvió a hablar con su voz firme pero amistosa - Anie, ¿Qué tal te va el violonchelo?
-Bueno, bien, a veces me cuesta concentrarme.
-Si quieres venir un día a practicar aquí, retengo a Yume para que no te moleste y tocas en el salón, que aquí se respira buen aire para la música.
-Oh gracias...
-¿Cómo que "Retengo a Yume para que no te moleste"? - dijo Yume, abiertamente enfadada - Es mi mejor amiga y la trato como a una hermana...
-Si, como a una hermana mayor que está cansada de su hermana pequeña y pesada.
Las carcajadas se sucedieron en la mesa mientras la noche poco a poco se iba haciendo reina de aquella parte del Mundo Espiral y los pájaros diurnos, ahora ya en silencio, empezaban a buscar un hueco seguro para pasar la noche dejando pasar a los nocturnos, a los amantes del oscuro y misterioso firmamento.
La madre de Yume al cabo de un rato fue a la pequeña cocina repleta de plantas medicinales de todo el mundo conocido y volvió pronto con una botella finamente decorada con dibujos Corales. En su interior flotaba una bebida llamada Löri, un líquido de origen desconocido (se rumoreaba que provenía del reino oculto de las hadas) que vendían los Solitarios Negros, unos mercaderes que siempre obtenían brebajes y amuletos que no se podían encontrar en ningún lugar de Mundo Espiral. Löri era una bebida que se caracterizaba por alegrar los corazones, predisponer para el canto y para recuperar las energías perdidas durante el día. Con ella también se entendía mejor la naturaleza, potenciando la intuición.
-Como siempre la visita de Anie nos llena de felicidad y de armonía. ¡Vamos a brindar con Löri para sentirnos más unidos que nunca! Ya sabes que para nosotros eres de la familia y no cabemos en nuestro gozo que seas amiga de nuestra hija.
Las dos chicas, al escuchar eso, se abrazaron sin dejar de reír. A Anie se le había escapado una lágrima.
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Estaban ya las dos recostadas en la cama y el silencio reinaba en la habitación.
Solamente, a través de la ventana ligeramente abierta con la cortina echada, se escuchaba un solitario búho y alguna que otra ave nocturna. En aquella acogedora habitación de su mejor amiga, Anie solía dormir plácidamente (excepto en verano, cuando acostumbraba coleccionar grillos) pero aquella noche era una excepción.
Los recuerdos le venían como dolorosas mareas en la mente y cuanto más intentaba acallarlos, más dolorosos volvían a aparecer. Se sentía atrapada, apresada y sentía una enorme presión en el pecho. Le costaba respirar y si permanecía más tiempo en aquella habitación a oscuras sentía que se ahogaría y no quería montar un escándalo.
Así pues, decidió salir lo más sigilosamente que pudo de la habitación y, subiendo por una escalera de caracol, salió a la pequeña terraza de la casa. Estaba totalmente llena de plantas de todo tipo y, entre ellas, cuatro bancos de madera que formaban un círculo. En el centro había una fuente con forma de clavel abierto en cuyo centro se alojaba una bella estatua de Mujer del Agua. Se sentó en uno de aquellos bancos, tratando de despejar su mente. No obstante, pese al bello cielo estrellado y a la belleza de aquel sitio y de la maravillosa panorámica de la Fortaleza, no conseguía desterrar aquellos pensamientos que la invadían. Se puso la mano en la frente y se puso a llorar, sin saber realmente por qué lloraba. ¿Qué había sucedido?
-¡Anie! ¡Anie! ¿Qué sucede?
Era la voz de Yume, pero no respondió. Siguió llorando. Yume se acercó y se sentó junto a ella poniendo una mano encima de su falda, acariciándola.
-¿Qué te pasa, Anie? Ya sabes que yo siempre sé si algo va mal. Me he levantado casi al instante, en el momento en qué no he notado tu presencia.
-No...no lo sé...siento un gran vacío, me caigo, me desmorono, me....me ahogo - susurró Anie, sollozando.
Yume la abrazó y al ver a su amiga así (jamás la había visto de aquella forma) no pudo contener unas lágrimas.
-Si te caes yo te sujetaré, si te ahogas yo te daré la mano, siempre estoy contigo Anie...lo sabes.
-Lo sé Yume, lo sé...pero yo necesito salir de aquí Yume, siento que jamás podré volver a mi hogar. Allí tengo mis recuerdos, mi libertad y mi niñez. ¡Estamos encerradas Yume! ¡Estamos apresadas en esta asquerosa fortaleza! ¡Y no sabemos nada!
Yume esbozó una triste sonrisa.
-Anie, tenemos que dar gracias que estamos vivas. ¿Sabes? Fuera hay guerra.
-¿Recuerdas aquellas cosas abominables que nos atacaron de noche a todos?
Anie se levantó airada, con los ojos aún repletos de lágrimas y se puso a gritar.
-¡No vuelvas a mencionar esto, Yume! ¡No vuelvas a hacerlo!
-¿Por qué, Anie? Nunca me hablas de tu pasado. Hace 5 años que somos amigas y aún no te conozco.
Anie se dirigió hacia el balcón y observó los bosques encendidos del Oeste.
-Es demasiado doloroso.
Yume también se levantó y grácilmente se acercó a ella. Las luces de los bosques lejanos dejaban entrever en su mirada oscurecida por la noche un pequeño resplandor azul, casi invisible. Le puso una mano en el hombro y le sonrió, con tristeza.
-Anie, cuéntamelo.
Anie la miró durante un momento y acto seguido volvió a mirar hacia el horizonte.
-Mi hermana pequeña murió, la mataron ellos.
Yume no pudo responder a aquello. Se quedó sin habla, con la boca abierta y en su mirada pareció pasar una espesa niebla.
-Lo...lo siento Anie, yo no...
Anie la miró con serenidad y melancolía, como si se hubiera librado de una pequeña parte de aquella terrible carga.
-Yume. ¿No te extraña todo esto de la Fortaleza y el gran secretismo que hay hacia todo lo exterior?
Yume, aún rehaciéndose del mazazo que suponía conocer aquella parte terrible del pasado de su mejor amiga la miró extrañada, con los ojos rojizos.
-No...supongo que lo hacen para tenernos tranquilos...
-¡¿Tranquilos!? ¿Mientras todo el mundo que nosotras conocimos puede estar siendo destruido?
Yume recuperó la ternura, después de aquel primer estado de shock por el que había pasado.
-Anie...entiendo que recordar aquello es muy, muy doloroso. Pero yo creo que aquí al menos estamos seguros...
-¡¿Esto es todo lo que te importa, la seguridad?! - Anie empezaba a sentirse violenta, llena de rabia, harta de toda aquella calma que la rodeaba - ¿Y que me dices de aquellos dos jóvenes de nuestra edad que se los llevaron fuera de la Fortaleza, alegando que habían contraído una extraña enfermedad? ¿Tienen otra fortaleza para preservar su seguridad? ¿Eso te lo has planteado? ¡Nos tienen prisioneras Yume! ¿No lo entiendes?
-Nuestro profesor Agnus nos comentó que habían movido sus familias a un lugar seguro, para que los niños se recuperaran de su enfermedad. Ellos temían que fuera contagiosa...¿Qué tiene eso de importante? Es normal que lo hagan...algún lugar tendrán para mantenerlos a salvo.
-Y esa posibilidad que baraja el Consejo del Colegio de que fuera la entrada al mundo feérico por uno de los portales que existen en el interior de la fortaleza la causante de esa enfermedad...¿Esto no te parece algo extraño? Desde pequeños nos enseñan que el mundo feérico para el niño e incluso para el adolescente solamente puede acarrear que le cree adicción. El adulto es el único que está en peligro en aquel mundo.
Yume, avergonzada, también se puso a mirar el oscuro horizonte. Su tono de voz era dubitativo, asustado.
-No recuerdo estas lecciones...no debía atender, como siempre.
-No, tú solo te dedicas a tu vida, es normal. Así al menos eres feliz. Yo también debería seguir tu ejemplo así que no hablemos más de estas bobadas... - Anie se giró hacia ella y le sonrió - Lo siento si antes te he hablado de aquella manera. Soy una estúpida. Eres la mejor amiga del mundo, Yume.
Yume se abrazó a ella y, finalmente, rompió a llorar.
-Lo siento, lo siento mucho por tu hermanita. Seguro que está orgullosa de ti allá dónde esté, Anie...Lo...lo siento por no haber sabido nada desde el principio...
-La que lo debe sentir soy yo, Yume - replicó Anie, serena - Lo de mi hermana...ya está pasado..y ya basta de llorar. Vayamos abajo y contémonos unas cuentas historias en la cama. ¿Qué te parece?
-Vale...
Dándose la mano, las dos amigas bajaron la escalerilla de caracol y entraron en la habitación. Ya no volvieron a salir de allí en toda la noche, mientras fuera el Búho seguía cantando.
Friday, March 26, 2010
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