Friday, March 26, 2010

Fortaleza. Capítulo 5: Una canción inesperada.

Un día radiante se erigía por fin sobre la Fortaleza. El Solsticio de verano estaba ya cerca y tocaba a las puertas con su luz derramada entre los innumerables árboles los cuales mecían sus verdes y rejuvenecidas hojas después de una purificadora primavera. Las sonrisas y chillidos de los niños de primer curso se escuchaban por los caminos, volviendo de las clases que poco a poco iban terminando dando paso a unas vacaciones anheladas por todos ellos. Las adolescentes aprovecharían para ponerse ya sus cortos vestidos que mostrarían ante sedientos ojos repletos del deseo propio de los jóvenes que acaban de descubrir la sexualidad. Algunas de ellas ya se podían observar caminando o correteando en pequeños grupitos, algunas que con rapidez se habían quitado las obligatorias togas negras que se tenían que llevar dentro de la escuela y ahora juntas andaban entre las flores aún abiertas al Sol, restos de una primavera que desaparecería en breve. Ellas también eran pétalos abiertos cubiertos del rocío dulce de sus sonrisas y sus joviales voces que parecían emular el canto de los jilgueros regocijados por aquella poderosa luminosidad.
La tranquilidad se había aliado con el trino de las negras golondrinas que llenaban el cielo, y el viento perfumado a veces parecía traer consigo aromas marinos, de un mar que lejano parecía querer unirse a aquella fiesta de la naturaleza, aquel festín extravagante y repleto de vida.

Lúne observaba todo aquello con una gran indiferencia, incluso podría decirse que con cierto desdén. Caminaba mirando hacia el suelo, con sus pequeñas manos introducidas en sus bolsillos. ¿Cómo podía ser la gente tan estúpidamente feliz, tan terriblemente conformista con todo y tan ciega al mismo tiempo? Habían aceptado sin más el hecho de haber sido encerrados en una Fortaleza para protegerlos de la amenaza de los Lamat. Bueno, quizá fuera normal, todo el mundo busca que lo protejan, que lo cuiden, pero tanta banalidad, tanta mediocridad...¿No se hacía preguntas la gente? ¿No se cuestionaban nada? ¿Cómo estaban tan seguros de todo lo que les era contado? ¿No tenían amor propio?

Realmente la gente vivía ya sin ilusiones elevadas, sin soñar en lo sublime, no creían que podían sobrevolar con sus alas su vida cotidiana. No se rebelaban, no se quejaban y todos pensaban que se tenía que actuar según lo que dictaban unos superiores que siempre hacían gala, paradójicamente, de una defensa a ultranza de la libertad individual. ¿Y aquello era Varmal, el Varmal en qué él creía, del libre pensamiento y de la liberación del alma de las ataduras de sus destinos? No, aquello solo era otro disfraz más. Otra Orden más...

Sin embargo para el todas aquellas devanaciones filosóficas que se hacía desde que entró en la Fortaleza, de niño, ya de nada le servían, y decidió matar el tiempo paseando por su lugar favorito, un sitio que nadie solía frecuentar quizá por el estruendoso viento y la aridez que predominaba allí. Era el único lugar de la Fortaleza con relieve, una especie de pequeñas colinas intercaladas que sobresalían tímidamente de los bosques predominantes.
Hacía meses que vivía recluido en su casa, después de haber abandonado la Residencia de estudiantes al haberse convertido en pre-miembro de Varmal, saliendo de ella solamente para acudir a clase. Ahora ya solo faltaba una semana para que se convirtiera de facto en miembro de Varmal, en un miembro de aquella farsa. ¿Y qué más daba? Con su asesinato había quedado condenado para el resto de su vida y jamás cesaría de culpabilizarse por haber sido tan necio, idiota e infantil.
Mientras ya empezaba a escalar aquellas pequeñas colinas recubiertas ya por el rojizo aletear de la luz menguante del Astro Rey, una lágrima intentó volver a caer y resbalar por sus mejillas, así como ya había estado sucediendo durante tantos meses. Pero se resistió. Ya no le quedaban más, estaba seco por dentro. Seco como una hoja otoñal, y solamente deseaba que se lo llevara el viento para siempre, para así terminar con su sufrimiento. Había estado pensando en el suicidio seriamente, pero le horrorizaba solamente el hecho de pensarlo.

No le temía a la muerte. Solamente temía al sufrimiento y al dolor.

Cabizbajo se sentó en lo alto de una roca saliente desde la cual se podía observar toda la fortaleza al completo por los cuatro costados. Allí el ruido de las risas, el infame e hipócrita sonido de los juglares danzando sin saber por qué, las niñas y niños que sin haber crecido lo suficiente ya hablaban de amor sin saber cual era su significado, todo esto quedaba totalmente desvanecido por un ensordecedor viento que portaba las fragancias de los árboles, las plantas y las flores, que se disponían a dar la bienvenida a la noche con armonía y naturalidad. Cerró los ojos...

Amaba aquel sitio, ¿Por qué no había vuelto a él desde que Aquello ocurrió? Una extraña paz le invadía, era como si allí nadie le pudiera dañar, como si allí tuviera un poder inmenso capaz de destrozar montañas, de jugar con las mareas y de hablar con los animales con una libertad absoluta.
Y luego pensaba con claridad que realmente el mundo era terrible y que solamente anhelada amar y ser amado, ser comprendido y poder comprender con naturalidad y danzar bajo la luz de las estrellas sin ninguna otra preocupación que el besar los labios de una bella doncella o de escuchar el canto de los grillos en una noche estival, junto a la playa, riendo sin parar. Aquello era lo que deseaba, pero...¿Dónde estaba toda aquella belleza que moraba en su interior y no podía sacarla al no encontrar una armonía para que ella se expresara con libertad?

De una bolsita de cuero que llevaba colgando, escondida bajo su túnica de Representante de Varmal, sacó una pipa ya cargada con algo de tabaco aromático que le hurtaba a su padre sin que él se diera cuenta, pues solamente cogía cada día unos pellizcos. ¡Qué tontería que hasta fumar en pipa fuera mal visto en Varmal! Cosas peores seguramente harían ellos, albergados en la clandestinidad.
Rebuscando otra vez bajo su túnica sacó un trozo de papel perfectamente plegado. Lo abrió con tranquilidad, posando en él una mirada profunda y melancólica, como si estuviera recordando algo no necesariamente doloroso, pero que le había dejado una gran huella en su corazón. El papel estaba escrito con tinta china, en una perfecta caligrafía. Acto seguido volvió a plegar el papel, se lo introdujo bajo su túnica y nuevamente cerró los ojos y se dejó mecer por el viento, apoyando sus manos en la piedra, y con el rostro alzado hacia una Luna que ya vagaba solitaria por el firmamento esperando a sus acompañantes.

Empezó a cantar a capela con una voz dulce y al mismo tiempo desgarrada. Era una antiquísima canción, se cree que incluso había sido escrita mucho antes del Exilio. ¡Cuánto tiempo hacía que no cantaba!

Siento un latido intenso
en tu mirada
La observo y me invade
como una ráfaga de viento
huracanado
el deseo, la pasión
la dulzura y el apego.

Oh, mi triste Alba
no busques más
en tu interior
No llores ahora.
Recuérdame
y busca en mí
tu armadura
tu valor
tu espada
y tu amor.

Partiré a medianoche.
¡Oh no quiero despedirme!
pero ya es demasiado tarde.
Conservaré tu pureza
en un jarrón invisible
que no tiene nombre
sobre el que escribiré
un "Te quiero"

Y el silencio entonces
reinará sobre lo que pudo ser
y jamás fue.

Oh, mi triste Alba
no busques más
en tu interior
No llores ahora
Recuérdame
y busca en mí
tu armadura
tu valor
tu espada
y tu amor.

Al acabar aquella frase no pudo reprimir un sollozo que ya no fue capaz de aguantar más. El pecho le dolía con inmensidad y ya no quería seguir cantando, solo quería gritar al viento que ya no había nada en el mundo que valiera la pena, que no existía nada esencial por lo que luchar.

De repente, como si el poderoso viento se hubiera encarnado, sintió un fuerte empujón por detrás, un empujón claramente humano. ¡Unas manos! ¿Le habían seguido? No podía ser...¿Y sí volvía a ser otra de aquellas terribles alucinaciones que sufría de vez en cuando, alguno de aquellos monstruos? ¿Y si...?

Se giró con rapidez con el puño derecho apretado y lanzándose contra lo que le había atacado, cegado por la ira. Fuera una visión o no, no soportaba que alguien le estuviera espiando, que alguien le hubiera seguido. Cuando estaba a punto de propinar su golpe, observó con cierta sorpresa que se trataba de una chica rubia y delgada que se agazapaba como esperando una posible agresión por parte de él. Su rostro estaba asustado, era una chica linda, y sus ojos azules sin embargo brillaban como ávidos de cometer alguna otra travesura. Cuando vio que él se paraba en seco y se ponía a observarla con unos ojos críticos y recelosos, la chica sonrió. Tenía una bonita sonrisa y unos labios rojos y finos e iba vestida de forma muy coqueta, con una falda corta con flores de distintos colores dibujadas en ella y una blusa blanca remachada con espirales verdes y rojas. Su ombligo estaba a la vista y también un generoso escote que dejaba entrever sus pequeños y redondeados pechos. Sus manos estaban cruzadas de forma supuestamente recatada sobre la falda y su pie derecho daba vueltas en el suelo mientras lo miraba de reojo, como si intentara reprimir un instinto de timidez ante él. Pero su mirada, cuando se encontraba con la suya, la delataba. Era una maldita traviesa. Solamente se trataba de una de aquellas niñas mimadas que habría sentido ganas de molestar a un extraño solitario que merodeaba por el campo.

La miró con desprecio.

-¿Qué haces tú por aquí, niña?

La joven andó unos pasos hacia él ya algo más relajada y suelta. Al encontrarse ya tan solo a un metro de él, dispuso sus brazos en jarras, de forma algo provocativa y sensual, quizá para intentar jugar con él. No, a él aquellas niñas no le engañaban.

-Oh, ¿Es que una no puede ir dónde le plazca? Llevo observándote desde hace meses y eres un auténtico muermo, chico! Pero no sé, tienes algo que sin duda me atrae- se puso a reír, sin ningún tipo de pudor y, acto seguido, le abrazó de forma esperpéntica dándose un impulso sin que Lúne lo esperara en absoluto - ¡Ooooh! ¡No sabía que cantara, mi noble caballero! ¡Canta usted divinamente! ¡Me ha parecido taaan romántico!

Aquella chica estaba loca. Loca de remate. El joven se apartó de ella con un suave empujón.

-Déjate de chorradas niña y vuelve con tu madre, que ya te estará esperando preocupada en casa. Me molesta muchísimo que me espíen. ¡Lárgate! - dijo con un tono de voz seco y cortante.

La chica, no obstante, no se amedrentó ante la hostilidad de su ser espiado. Siguió manteniendo su sonrisa y, acto seguido, comenzó a bailar y a brincar alrededor de él, con las manos plegadas tras su espalda. Silbaba y canturreaba a la vez mientras movía sus torneadas piernas de forma grácil.
Sin dejar de bailar se dirigió de nuevo a él, con una voz divertida y alegre.

-¡No es justo que yo sepa tu nombre y tu no sepas el mío, apuesto caballero! Sé que te llamas Lúne, lo sabe todo el mundo. ¡Yo me llamo Yume! ¡Encantada!

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Lúne por primera vez en muchísimo tiempo (ni se acordaba cuando fue la última vez) sentía estar dejándose llevar y no se encontraba tan extraño ni inquieto por todo lo que estaba pasando desde que aquella inoportuna joven le había interrumpido mientras su alma vagaba por parajes muy lejanos de aquella Fortaleza en la que estaban todos confinados. Bajo su sorpresa, Yume había agarrado con fuerza la mano del joven y se lo había llevado colina abajo sin darle una razón concreta de por qué había hecho aquel gesto. El joven no había considerado nada gentil ni noble por su parte forcejear con una mujer y, a regañadientes, había consentido aquella afrenta.
Su semblante, sin embargo, permanecía como sellado dentro de una caja de silencio y desidia. No importaba dónde iba a llevarle. No le importaba en absoluto.
Solamente se dejaba llevar por aquella chica desconocida que había visto por primera vez aquella tarde. A veces su mirada se posaba en el semblante rebosante de felicidad de aquella adolescente, y parecía como si una pequeña chispa de repente derritiera dos o tres gotas de su helado corazón. No dejaba de mirarle con unos ojos azules que parecían destilar la esencia escondida de los valles húmedos que rodeaban las colinas circundantes. Era hermosa, diferente, extraña. Por dentro una misteriosa sonrisa aparecía en el interior de Lúne sin que él tuviera valor de enseñarla al mundo físico, pues sus sentimientos seguían siendo igual de fríos y distantes. ¡Que bipolaridad tan rara!

Sin tregua, ya habiendo cruzado los bosques sin que ella le dejara de agarrar la mano con fuerza, empezaron a correr por los prados del sur, cruzando las cercas de los trigales, huertos de hortalizas y fincas pobladas por gran número de árboles frutales. Aterrado, Lúne observaba como los granjeros muchas veces se interponían en su paso cegados de rabia por haber pisado sin consideración sus plantaciones, pero Yume era rapidísima y conseguía despistarlos escondiéndose en cualquier espesura que encontraban al borde de aquellas gigantescas fincas. Lúne, falto ya de aire y con unas tremendas ganas de abandonar aquella alocada aventura en la cual no sabía aún como había podido verse inmiscuido, gritó a Yume con las fuerzas que le quedaban y con una voz quebrada no acostumbrada a salir de sus cuerdas vocales con aquella potencia.

-¡Niña! ¡Estás mal de la cabeza! ¡¿Sabes acaso para...para que sirven los caminos?!

La chica volvió su rostro hacia él, un rostro casi cubierto por completo por aquella densa cabellera rubia que danzaba con el viento. Parecía acostumbrada a aquel tipo de correrías sin sentido. ¿Qué diablos hacía él corriendo con una niña traviesa y consentida? Sin duda, ya no podía caer más bajo de lo que había caído, y eso que creía ya haber llegado a un abismo con fondo seguro...

-Sirven para los perdedores como tú, querido - contestó, apartando sus bonitos cabellos de su cara - Además...¡Hoy es mi cumpleaños! - añadió con una sonrisa que denotaba una alegría sin fronteras ni limites. Era tan simple...¿Cómo podía alegrarse por un maldito cumpleaños? Él cada vez que llegaba la fecha señalada, se recluía en su cuarto y pasaba la madrugada entera escribiendo poemas y cantando con voz imperceptible, para que sus padres no se despertaran. No quería ni deseaba jamás que nadie, ni tan siquiera sus padres, fueran conscientes del dolor que latía en su alma. De repente, mientras pensaba esto, Yume se puso a caminar tranquilamente mientras pasaban por sobre un pequeño puente rojo y curvado que saltaba sobre un pequeño riachuelo que aparecía unos instantes de unos antiguos bosques que se habían salvado de la tala cuando esta se había llevado a cabo para situar la mayor parte de los campos de cultivo y de las casas rurales en el sur de la Fortaleza, cinco años atrás. Fresnos, hayas y robles se tocaban unos a otros, se besaban con sus ramas y despedían el Sol que entre las lejanas montañas del sur, más allá de las gigantescas murallas que les separaban del exterior, dejaba un cuadro de toda la paleta de rojos que él jamás hubiera podido imaginar. Los rayos del Astro Rey moribundo parecían jugar y acariciar los pocos huecos que dejaba el bosque para que la luz penetrara en él, y aquello dibujaba de color anaranjado todo lo que ante ellos se presentaba: el pequeño camino que se dirigía hacia el gran bosque desde ahí, y atrás kilómetros de campos con sus pequeñas casas empedradas y un viento templado que hacía mover los trigales y el resto de cultivos como un vaivén, como un sutil abanico. Yume paró justo en la zona más alta del puente, sin dejar que Lúne se soltara de su mano. Acto seguido, se revolvió hacia él, encogiéndose de hombros y sin dejar aquella sonrisa que le recordaba al sonido de los juncos que ahora cantaban con su voz melosa movidos por el ruidoso riachuelo.

-Tú me enseñaste tu lugar preferido y yo te enseño el mío - dijo, sentándose de un saltito encima del puente y, al fin, soltando al muchacho, el cual ya tenía la mano irritada. El joven aspirante a miembro de Varmal se frotó con suavidad la palma de la mano y miró a aquella chica con unos ojos que rezumaban cansancio y una cierta sorpresa que aún no había conseguido reprimir. Estaba ligeramente confundido por...una niña. Estaba muy molesto con sí mismo y con Yume, una loca que se había atrevido a importunarlo de aquella manera tan maleducada.

-Yo no te enseñé nada. Fuiste tú la que me espiaste, preciosidad.

Yume movía las piernas adelante y atrás, como si sus palabras no la afectaran en absoluto, como si estuviera absorta en todo lo que acontecía a su alrededor. Miraba el retozar de los pájaros en el cielo, los cuales se apareaban cantando a cientos entre las arboledas, al igual que el débil croar de las ranas y aquel viento purificador que anunciaba el final de la primavera, de una primavera perfumada y de vanas esperanzas a la vez. De repente, sus ojos volvieron a posarse en los de él y el balanceo de sus pies por fin cesó, como si hubiera despertado de un sueño.

-Qué pena que tu mirada esté tan perdida. Aún así...me gustas - dijo la chica, enrojeciendo un poco y volviendo su mirada sobre las ramas y observando como ya solamente el poema de colores vivos que dejaba un Sol ya fallecido tras el horizonte escribía sentimientos inexplicables en la lejanía.

Lúne arqueó una ceja, esbozando una suave sonrisa y sus ojos grises la miraron con algo que pretendía ser ternura. Súbitamente, fue a sentarse a su lado.

-No sabes ni lo que dices. Eres tan solo una cría y ves algo equivocado en mí. Un ideal. Olvídate de eso antes que sea demasiado tarde para ti.

Yume puso los brazos en jarras, abiertamente enfadada, o al menos eso aparentaba. Lo miró con una gran reprobación.

-¿Y quien diantre te ha dicho que sea una cría? ¿Tantos prejuicios tienes?

-Solamente una cría sería capaz de declarar su amor a un desconocido solo por haberlo visto unas cuantas veces y sentirse atraída por él. Nada más.

Yume rió a carcajadas, y su risa fue como un pequeño pez de colores que iba a parar al riachuelo y a nadar en él con gracia, corriente abajo, fundiéndose en él.

-¿Qué sabrá usted del amor, hermoso caballero?

Al joven representante de Varmal ya le pareció suficiente aquella actitud de confianza excesiva que estaba usando aquella adolescente alocada y con tan pocos modales. Sin decir nada más, la miró con amargura y desprecio. Toda la gente es igual - pensó para si mismo, mientras se alejaba en dirección contraria de los bosques sureños - Todos acaban burlándose de mí de alguna u otra forma. Ni sé cómo he podido caer en una trampa tan burda. Esa chica solo quería hacer mofa de mi soledad, de mi forma de ser, y restregármelo todo por la cara. Debía aburrirse, sin duda.
El odio recorría el cuerpo de Lúne mientras, con pasos cada vez más dilatados, se dirigía de nuevo hacia el camino que llevaba a su casa. Una larga caminata le esperaba, y todo por culpa de no haberse sabido imponer por sus malditos modales ya pasados de moda. Había perdido una tarde de descanso y de calma, una tarde que él había necesitado desde hacía meses. ¡Maldita Yume! ¡Era una insolente, una loca, una criaja que buscaba divertirse a su costa! Ya le enseñaría modales si la volvía a encontrar, si, se los enseñaría bien pronto. ¿Amor? Esas niñas no saben ni qué significa esa palabra sagrada, por eso la van pronunciando a todas horas sin respetarla.

Mientras pensaba con algo que ya rozaba la ira acerca de su encuentro con Yume, iba dando patadas a las piedras que se iba encontrando por el camino. Estaba harto de todo y de todos, la sociedad estaba podrida, todos los que le rodeaban eran mediocres, banales, simples, inconscientes...¿Por qué él era así y no como los demás? ¿Por qué siempre se sentía vacío e infeliz?

Sin embargo, algo dentro de él estaba cambiando. Toda aquella rabia había producido algo similar que cuando un jarrón de porcelana precioso cae y se hace añicos. Algo se había liberado, y le producía mucho dolor y mucha ansiedad. Se rascó los negros cabellos y quiso desterrar aquel miedo improcedente que empezaba a sentir. No, quería ser fuerte, resistente, impasible...no podía permitirse sentir, y no después de aquello tan terrible que había ocurrido meses atrás por su culpa. Debía aceptar su condena.

-¡Lúne! ¡Lúne! - la voz lejana de Yume iba acercándose y sus pasos acelerados se escuchaban claros como el agua de aquel riachuelo que habían dejado atrás.

No quería verla, sin embargo se había alegrado de escuchar su vo...No, no quería verla, no quería sufrir ni permitiría que nadie más le hiciera el vacío por ser quien era.
Al llegar a su lado, resoplando, Yume parecía asustada, con sus ojos azules tristes, mirándolo entre lágrimas que se había enjuagado minutos antes. El contraste entre el rojo y el iris azul creaba algo maravilloso, distinto de definir. Era como si una preciosa cascada retenida en sus fuentes interiores hubiera estallado de repente. El joven se sintió algo turbado, pero giró la cabeza hacia otro lado, sin dejar de caminar hacia su destino.

-¡Lúne! Perdona si antes te dije cosas que no debía...Yo...No te conozco, no soy quien para juzgarte...

-Esfúmate - contestó Lúne, secamente, con voz grave y ronca, escondiéndose otra vez tras su escudo de hielo y frialdad que siempre llevaba encima.

Yume le agarró suavemente por una manga y empezó a sollozar.

-Yo...yo siempre te veía solo, y creí que eras un chico muy interesante...que...que valía la pena conocer. Esto es todo...pero tu...tu de principio me rechazaste...¿Te caigo mal? ¿No estoy a tu altura?... ¡¿Te crees superior al resto?! - añadió al final, con un tono semi-indignado - Me voy. No quiero volver a verte nunca más, aunque eso me duela. Ni sé por qué vine aquí, soy una idiota...sólo quería ser tu amiga...Me voy.

-¡Espera! - gritó súbitamente Lúne, mientras veía que Yume pasaba a su lado dispuesta a marcharse corriendo entre lágrimas - ¡No! ¡Escúchame! Ehm...- Lúne notó cómo su rostro enrojecía. ¿Que diablos...? - Vayamos a...a algún lado juntos ahora, ¿De acuerdo? Así nos conocemos mejor.

La joven se paró en seco, pues Lúne le tenía agarrado un hombro con cierta fuerza para que no siguiera avanzando.

-¡Suéltame! -replicó, sin dejar de llorar- No quiero ser una carga para nadie.

Yume no parecía en aquel momento la misma joven que había conocido al principio. Su alegría parecía ahora oscurecida por una oscuridad que él mismo había creado. Se sentía un auténtico mequetrefe por haber tratado así a alguien sin conocerle. No era su estilo, era lo que más odiaba del mundo y sin embargo...aquello era lo que había hecho. Lúne carraspeó. No sabía si sería capaz de hacer aquello que iba a hacer.

-Yume... - dijo, cogiéndola otra vez del brazo y esta vez haciéndola mirar hacia él. Oh...cuando lloraba tenía una belleza tan frágil...Al ver aquel rostro surcado por el llanto, el corazón le dió un vuelco- Lo siento.

La joven lo miró arqueando las cejas, con sorpresa. No podía creer que aquel ser tan árido le hubiera pedido perdón. Quizá todo aquello era su culpa, por fisgona, por meterse dónde no la llamaban. Sin embargo, prefirió dejar de llorar y volver a ser la de siempre. Siempre había preferido sonreír, y tomarse la vida con filosofía, con calma, buscando siempre el amor y la belleza. Y no, aquel hombre no le cambiaría su forma de ser.

-Yo...yo también lo siento por haberme entrometido en tu vida - dijo, recobrando la sonrisa - Oye...-añadió, con sus ojos clavados en la hierba- ¿Y si vamos a aquella taberna perdida del bosque sureño, "la Cabaña del Vigía"? Aún nos queda media hora de luz...¡Puede ser divertido!

Lúne sonrió. Aquella chica era excepcional. ¿Cómo podía ser capaz de volver a sonreír con tanta facilidad? De repente, sintió deseos de acompañarla.

-Allí van los proscritos de la fortaleza, o mejor dicho, los que se sienten...digamos...menos a gusto en ella. ¿Estás segura que quieres ir? - preguntó, con tono ciertamente burlesco.

Yume saltó de alegría y empezó a danzar de nuevo entre las flores de jazmín que empezaban a dejar un dulce perfume en el aire, un perfume que contrastaba con el corazón lleno de vida de aquella muchacha.

-¡Si! ¡Porque voy contigo!

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