Friday, March 26, 2010

Viajeros. Capítulo 3: Elrick

Se sentía mareado, la cabeza le daba vueltas y le dolía casi de forma insoportable mientras sentía como si su mente flotara sobre mares oscuros, repletos de una Nada hiriente y palpitante.

Había vuelto, y aquello era de lo único que estaba convencido.

-¡Elrik! ¡Elrik!

Oh, ella... No sabía si se alegraba de escuchar su cristalina y engañosa voz inocente de nuevo.

O no.

Los recuerdos y, por ende, los sentimientos, no tenían ahora ningún valor. Solamente quería fundirse con el hielo o el fuego, todo ello antes que el dolor de volver a la vida de siempre, a aquel mundo tan malditamente perfecto. Su cuerpo estaba paralizado.

Mejor así.

-¡Elrik, maldita sea! ¡Abre los ojos de una vez!

Una mano impactó con violencia contra su mejilla y aquello fue una señal terrena que no fue capaz de desechar, debido quizá a su orgullo y a su honor, o simplemente debido al contacto con la materia, que le hacía temblar su espíritu y contraerlo de nuevo hacia su pecho.

Abrió los ojos con lentitud, mientras se palpaba la mejilla enrojecida por el golpe, y de repente una figura familiar le devolvió su esencia feérica y desarraigada con un pinchazo en su corazón. Se trataba de una mujer alta y esbelta, solamente vestida con una sencilla toga roja y apretada que le marcaba los senos. Sus cabellos plateados se desparramaban a lo largo de todo su cuerpo hasta las caderas, recogido en dos grandes coletas. Sus ojos brillaban de la emoción, con una mezcla extraña de ira y de cariño que sólo ella era capaz de expresar con aquella gracia tan particular. Sin embargo, pese a hacerse la dura ante él, había algo que la delataba: el carmesí de su rostro, la sangre acumulada allí donde ella le había pegado. En sus mejillas, en sus suaves y delicadas mejillas.

Se alegrada de verle, a su manera. Aya era así de especial.

-¿Tanto deseas que me despierte? ¿De verdad tanto te importo, mi Etérea Belleza? - respondió él, incorporándose y sentándose sobre las mantas de la cama sin dejar de masajearse su calva cubierta de tatuajes, mirándole con unos ojos castaños que empezaban a recuperar su sarcástica brillantez.

La joven frunció el ceño y volvió a recuperar su integridad y su orgullo, mirándole con desprecio, con un rictus en sus labios irónico mientras se encogía de hombros.

-Me parece muy tierno observar como alguien vuelve de un viaje por el Mundo Espiral, un siglo después de la disolución del Gremio de Viajeros.

Elrik, intentando que la espesura mental que estaba atravesando no se le notara en demasía, se levantó y fue hacia una de las ventanas en forma de rombo que conformaban la habitación en que se hallaban, en el Palacio del Alto Designio, y, dejándose llevar, restó su cabeza sobre el cristal cromado en tonos anaranjados y amarillentos, y observó como el amanecer iba arañando las últimas sombras que se cernían desde las montañas gigantescas y nevadas sobre los valles boscosos cuyas ramas daban la bienvenida a la luz del Astro Rey con ayuda del viento.

Apretó los puños durante un tiempo hasta que Aya posó su frágil mano en su hombro, unos minutos después de un silencio que casi se había hecho eterno.

Esbozó una sonrisa.

-Estamos al borde de la desaparición, mi querida y libre Aya de los vientos arcanos - se giró y, librándose de su contacto, se recostó contra la pared de piedra a un lado de la ventana. Dibujó un corazón con su dedo índice en sus pálidos y severos labios - ¡Pero qué más da lo que diga un Viajero pasado de moda!

-Anda, toma, no te dejes ninguna gota - la joven le brindó una copa que contenía un líquido cristalino cómo agua pero con una fragancia que recordaba a las rosas rojas - Cuando estés en óptimas condiciones de razonar como un individuo que ha vuelto a la realidad, avísame - añadió, encogiéndose de hombros y lanzándole una mirada que quería expresar la paciencia que debía tener con él, como si de una madre se tratara. Dicho esto, salió de la habitación, pegando un sonoro portazo tras ella.

Elrik, sin dejar de recostarse contra la pared, se bebió de un trago aquel dulce líquido el cual, en unos pocos instantes, le dió un reconfortante calor en el pecho y le expandió la mente haciendo que su cabeza dejara de dolerle. Al fin y al cabo, ahora que sus mareos habían cesado, volvía a sentirse como en casa. Siempre le traía serenidad volver a su Paraíso Perdido, como le gustaba llamarlo él, aquel que el que había perdido en su infancia ya largo tiempo atrás, cuando decidió llevar aquella vida que ya muy pocos en el Mundo Feérico decidían proseguir.

Una vez tuvo las fuerzas suficientes para caminar, no esperó en abandonar aquella pequeña habitación y decidió salir del Palacio por su propio pie, lo más rápido que pudiera, pues odiaba los comentarios siempre jocosos y burlescos que se encontraba entre las gentes de Palacio. Y es que ser Viajero en aquellos tiempos no tenía mucha fama ni reputación, cuando se había decidido por gran unanimidad cortar toda relación con los seres humanos y ya de nada servía, teóricamente, visitarlos. Ellos hacían su vida y los feéricos otra diferente. Y sin embargo, algo no funcionaba...

Instintivamente, como hacía siempre mientras andaba con rapidez, se introdujo las manos en los bolsillos ignorando todos los cuchicheos de aquellos estirados cortesanos que no paraban de holgazanear con sus ridículos bailes, sus conversaciones superficiales y sus risitas por lo bajo, mientras pasaba entre ellos con el ceño fruncido y empujado por el calor de la bebida que había ingerido.
Entonces, notó que dentro de uno de sus bolsillos se hallaba algo que también le parecía muy familiar, algo que le hizo acelerar de forma milagrosa un corazón que ya solamente era una piedra con musgo y algo del rocío de la esperanza secándose poco a poco mientras pasaban los años, sin remedio.

Era una minúscula botellita diseñada con pequeñas espirales plateadas dentro de la cual se hallaba el agua de la Fuente de las Estrellas, un agua que jamás dejaba de generar una tenue luz blanquecina, precisamente la de los astros, que jamás menguaban sobre su pureza abrazada por ellos durante milenios, quizá millones de años. Sonrió ligeramente.

-¿Así que desea que nos encontremos en el lugar de siempre? - pensó el corpulento feérico de anchas espaldas, justo al salir por la puerta principal y, dirigiéndose hacia el puente colgante que llevaba a los Bosques del Designio Sagrado, volvió a introducirse la botellita en el bolsillo, con cierto disimulo.

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-¿Por qué te empeñas en querer recuperarme de mi condición de perdedor y de desfasado, mi querida flor invernal?

Elrik y Aya se hallaban tumbados en un prado que ahora estaba iluminado con gran fulgor e intensidad por las numerosísimas estrellas que poblaban el firmamento. Elrik la miraba repleto de una mezcla entre sarcasmo y dulzura difícil de clasificar. Sus ojos entrecerrados estaban cansados y parecía que una sombra se había apropiado de su rostro desde que volviera de su Viaje.

Aya sonrió y se tumbó encima de él, colocando su cabeza contra su pecho y acariciándole los hombros con sus pálidas manos.

-Eres un iluso y un tonto, pero aún así eso es lo que realmente me gusta de ti.

Elrik la besó rodeándola con sus brazos, pero al cabo de poco tiempo se separó de ella y se echó a un lado, con cierta frialdad. Su semblante se había vuelto serio, y con su mano izquierda acariciaba las húmedas briznas de hierba que crecían en todo su alrededor.

-A veces me pregunto por qué no puedo hacer una vida normal, olvidarme de los humanos para siempre como habéis hecho todos aquí. Aunque en verdad, es algo mutuo - hizo una pausa y volvió a girarse hacia ella, encogiéndose de hombros - Quizá no te creas todo lo que te he contado sobre los Lamat y los designios oscuros que se está forjando en lo más profundo del alma humana. Los Viajeros existimos para mantener la armonía entre los Mundos. El Olvido nos llevará a la destrucción.

Aya se levantó y se estiró, ahogando un bostezo y aburrida de escuchar todas aquellas palabras que, al parecer, le eran tan familiares. Se alisó los cabellos con una mano y posó su mirada en las brumas que flotaban entre aquellos ancianos robles.

-Si quieres que te refresque la memoria, fueron ellos, los humanos, que nos obligaron a cerrar los Portales.

Elrik también se incorporó y dió unos cuantos pasos hacia la espesa bruma, inhalándola con profundidad y llenando sus pulmones con el vapor de agua que provenía de los Mares Esmeralda y que le devolvía, así, la energía feérica que había gastado con aquel largo y peligroso viaje al Mundo Espiral.

-Si quieres que te refresque la memoria, mi amada Aya, los humanos son nuestras creaciones, son nuestros sueños, y si ellos están corruptos es porque algo está fallando en nuestro Mundo. ¿Es tabú criticar nuestras tierras tan perfectas e inmaculadas? - preguntó, pronunciando aquellas dos últimas palabras con un énfasis irónico y amargo - Si los Lamat deciden expulsar a los humanos de nuevo, esta vez actuando ellos solos sin nuestra directa participación, se volverán ambiciosos y codiciosos, reclamarán una recompensa por haber echado a los humanos, y entraremos en un horrible Desequilibrio, en nuestro propio mundo alejado de preocupaciones, que podría llevar a nuestra destrucción. ¿Sabes cuál ha sido nuestro mayor error, mi pequeña princesa? - añadió, volviéndose hacia ella y frunciendo ligeramente el ceño.

-¡Oh, ilumíneme, mi decadente y sabio príncipe!

El Viajero resopló ante la actitud frívola de la mujer y se dispuso a acariciar uno de aquellos robles con suavidad y con ojos melancólicos y perdidos.

-Haberlos dejado solos, a su merced.

-No me digas...¿Y no fueron ellos los que primero nos abandonaron a nosotros con sus guerras absurdas y sus luchas por el poder, o es que tanto viajar entre humanos te ha hecho perder la razón?

Elrik se sacó de su bolsillo aquella botellita con la luz de las estrellas irradiando en ella y, ante la estupefacción de la joven, la apretó con fuerza con su mano derecha y la rompió, provocándose así unos cuantos cortes en su palma.

-¡Por todos los mares! ¿Qué se supone que estás haciendo? - exclamó.

-Mientras no creamos en nuestros sueños, albergar algo tan precioso es un insulto.

Dicho esto, el hombre dió media vuelta y desapareció en la espesura de las brumas.

-Dale recuerdos a mi Señor, es decir a tu amado, de mi parte - espetó, cuando ya su silueta no era más que era tenue sombra en el interior del bosque.

-¡Elrik! ¡Vuelve! ¡Yo no quería...!

Pero ninguna respuesta le fue dada de vuelta.

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