Friday, March 26, 2010

La Resistencia. Capítulo 1: Aparición.

Atardecía.

Aquel caballero de la armadura esmeralda, reluciente, con un rostro poco agraciado cruzado por una fea herida bastante reciente que apenas había cicatrizado les observaba con desconfianza, sobretodo a Lúne, de arriba a abajo, sobre un enorme caballo semental color castaño. Tenía el ceño fruncido y mascaba algo crujiente en su boca torcida. Tras él, un pequeño grupo de 4 caballeros le escoltaba a ambos lados del camino. Eran caballeros de la Orden de Wail, la más poderosa de Espiral.

-No estáis en posición de exigir - espetó con una voz grave, desagradable - y más llevando el escudo de Varmal. Agros ha sido el culpable de esta guerra, y nuestro Señor ha dado orden de apresar a todos los de dicha Orden. Y bien que hace. Hace ya tiempo que deberíamos haber terminado con todas esas cucarachas negras - añadió, agarrando la empuñadura de su espada aún envainada.

Nuán tenía el rostro congestionado, rojizo de ira y agarraba su vara de madera con fuerza, como si quisiera partirla en dos. Lúne y él, junto con la pequeña comitiva de guerreros de Varmal, iban a pie y la mitad de ellos cojeaban y presentaban heridas de diversa consideración. Desde que cruzaran las montañas habían tenido que luchar con los monstruos que en ocasiones les atacaban por sorpresa. Dos de ellos ya habían fallecido de forma horrible. El resto de supervivientes, todos adolescentes y niños, iban sobre los caballos y restaban en silencio algunos llorosos, y otros impasibles y con esperanzas rotas.

-¿Es qué os debo volver a repetir que no tenemos nada que ver con el ya fallecido Agros? - replicó Nuán - ¡Llevamos heridos y enfermos sobre los caballos! ¡No podéis hacernos esto!

Aquel hombre que les hablaba con cabellos rubios, sucios por el polvo y la roña, se bajó del caballo y escupió al rostro de Nuán, agarrándole por la túnica a la altura del cuello.

-Aquí las órdenes las damos nosotros, maldito pseudo-druida enclenque, y yo soy quien las dicta, el capitán de esta guarnición - exclamó, desenvainando su espada, dispuesto a clavársela al Profesor.

De repente, un pequeño y afilado estilete se posó sobre la nuez del capitán, haciendo que al instante brotara un hilillo de sangre de su cuello. Lúne había dado dos rápidos pasos y de una de sus botas había sacado aquel arma. Sus ojos grises eran fríos, terribles, sus negros cabellos chorreantes de sudor cayendo por sus mejillas y su espalda.

-Te recomiendo que nos dejéis pasar, si es que no queréis que a vuestro capitán se le sesgue la voz para siempre - hizo una pausa y miró a los lados, en dirección al bosque que les rodeaba a ambos lados del camino - Por mucho que queráis luchar contra los Lamat, eso no os servirá de nada. Esa es vuestra última oportunidad para uniros a nosotros en nuestro viaje al otro lado de las montañas. En caso contrario, ambos recorreremos caminos distintos. Si os oponéis a esto último y queréis retenernos, nos veremos obligados a pintar el camino de rojo - añadió, haciendo un ademán al resto de guerreros de Varmal para que desarmaran a los de la orden de Wail, los cuales no tuvieron más remedio que ceder para evitar quedarse sin capitán.

-Lo vas a pagar caro, jovencito insolente, tarde o temprano - al capitán de la guarnición le resplandecían los ojos y trataba de disimular con una voz amenazante el temblor que dominaba su cuerpo ante el contacto de aquel hierro frío que le hacía sangrar el cuello.

-Señor Lúne, ¿Qué hacemos con las armas de estos desgraciados? - preguntó uno de los guerreros de Varmal que mantenía su espada sobre el pecho de uno de los de Wail que tenía la mirada baja, avergonzado por aquella situación.

-Nos las llevamos con nosotros. Ya que no quieren acompañarnos, que tengan su merecido y los Lamat hagan lo propio con ellos. Al fin y al cabo su Jefe fue el culpable de que las luchas de poder entre Órdenes nos abocaran a la decadencia. Hipócritas de mierda, eso son todas esas ratas verdes de Wail - dijo el adolescente, desenvainando la espada del capitán y lanzándola a un lado del camino, desarmándolo. Tenía una sonrisa torva, implacable

-Quitadles también todas las cosas de valor que lleven. Necesitamos conseguir más provisiones, ya casi no nos quedan y cruzar esas montañas nos llevará mucho tiempo - exclamó Nuán, alisándose la túnica y escupiendo al capitán de vuelta, el cual se hallaba arrodillado en el suelo, indefenso.

Y con un golpe sordo, ocurrió algo totalmente inesperado y terrible. Desde ambos lados de la floresta, unas flechas se clavaron certeras en algunos hombres de Varmal. Tres de ellos cayeron fulminados sangrando con abundancia en el cuello, y otra flecha más fue a clavarse justo en medio del pecho de Lúne, el cual se hallaba en aquel momento rebuscando en los bolsillos del jubón del infeliz capitán. Cayó hacia atrás y de su garganta salió un alarido de dolor.

-¡Lúne!

Nuán se precipitó hacia él, mientras los guerreros de Varmal trataban de averiguar sin éxito, moviéndose en semicírculos, de dónde provenían aquellas flechas. Por el rabillo del ojo, Nuán observó como el capitán alzaba una mano en un gesto seco que no admitía réplica y, recuperando su espada, le propinó al Profesor una patada en la boca con tal fuerza que lo dejó inconsciente en el suelo, al instante. Lúne se debatía en el suelo con espasmos y trataba sin éxito de quitarse la flecha, la cual se había clavado con gran profundidad en su pecho.

El capitán se volvió a poner la armadura con nerviosismo y su sonrisa era terrible, asesina. Agarró el estilete con qué Lúne le había amenazado y se lo clavó al adolescente en la mano izquierda, provocando que este lanzara otro alarido desesperado y una lágrima cayera por una de sus mejillas.

-No tenía intención de mataros, pero esto ha cambiado absolutamente las cosas, niño insolente.

-¡Basta! ¡Basta por favor! - una chica de negros y cortos cabellos se dirigió corriendo hacia el capitán - ¡No le hagáis más daño! ¡Nos...nos iremos de aquí!

Lúne entornó los ojos tratando de soportar el dolor que se extendía por todo su cuerpo y que le dejaba sin respiración.

-Anie, no te metas...

El hombre se giró hacia ella y, dejando al chico gravemente herido en el suelo, agarró a la joven por el brazo, con violencia. Su sonrisa era diabólica.

-¿Quien eres tú? ¿Una jovencita prostituta de Varmal? ¿Una de las que abundan? - Anie forcejeó tanto como pudo, sin éxito. Los ojos azules y aguados del capitán se volvieron hacia sus hombres, los cuales ya habían recuperado sus armas y habían rematado a los 2 guerreros de Varmal restantes, aún vivos a pesar de las flechas, con sus espadas - ¿Qué os parece si montamos una fiesta con esa putita y sus amigas?

Los guerreros rieron, acercándose a grandes zancadas a los caballos sobre los cuales unos temblorosos niños y adolescentes se abrazaban y lloraban ante el panorama que les había sido dado a contemplar. Yume parecía haber dejado a un lado su impasibilidad y mantenía su rostro hundido entre sus manos mientras pronunciaba el nombre de Lúne y de Anie, sollozando de forma aterrada. Uno de aquellos guerreros de Wail la bajó de un solo golpe del caballo y al poco tiempo ya la estaba arrastrando por el suelo.

-¡Curad a Lúne! ¡Se va a morir! ¡Él es inocente! ¡Solo pretendía salvarnos! ¡Se va a morir! ¡Por favor! - gritaba la joven, entre lágrimas, señalando al joven de Varmal que ya se debatía entre la vida y la muerte sobre un charco de sangre.

-¡Cállate, zorra, cállate de una puta vez! - gritó el que la llevaba con ella, dándole un duro puñetazo en el rostro - ¡Éste idiota y el pseudo druida morirán mientras os damos placer, putita! ¡Seguro que os gusta! - añadió, riendo a carcajadas.

Algunos jóvenes habían tratado en vano de evitar que se llevaran a las chicas, pero no había nada que hacer contra unos guerreros experimentados. Pronto los habían reducido a golpes, en el suelo, dejando a algunos inconscientes, como en el caso de Nuán. Solamente Yume, Anie y un pequeño grupo de jovencitas quedaba a merced de aquella guardia de Wail.

Entre las ramas, un resplandor rojo. Alaridos y gritos pidiendo auxilio. Los guerreros de Wail dejaron en el suelo, temblando y medio desnudas, a las jóvenes. El que quería violar a Anie se había llevado de ella unos serios arañazos en el pecho y paró para ver qué pasaba a su alrededor, justo cuando iba a golpearla con la empuñadura de su espada.

Silbidos de flechas. Y luego silencio.

-¡Deben haber sido unos bandidos que han atacado a nuestros arqueros! ¡No temáis! ¡Ya los han silenciado cosiéndoles a flechazos! - exclamó el capitán asomándose entre unas ramas y tratando de entrever en la oscuridad de la floresta lo que había ocurrido.

No hubo tiempo de reaccionar.

Un gigantesco hombre calvo se lanzó sobre él y, con un limpio sesgo de su espada a dos manos, le cortó la cabeza limpiamente, haciendo que ésta cayera en el suelo justo después del corte. Viendo como aquel bandolero les había atacado por sorpresa y había conseguido asesinar a su capitán con aquella brutalidad, los demás guerreros empuñaron sus espadas y le atacaron todos a una. El gigantón tenía el rostro calmo, moviéndose en semicírculos con pasmosa agilidad y evitando los golpes que le propinaban de por todos lados. Parecía esperar algo...

...y aquel algo no tardó en aparecer.

Un ser con los cabellos rubios recogidos en una larga trenza, bajo de estatura, se lanzó hacia ellos en un salto increíblemente largo desde el bosque y, sonriendo de forma triunfal, rebanó las piernas al primero que encontró con una espada negra que iba envuelta de llamaradas rojas y quemaba todo lo que tocaba. El guerrero se consumió vivo en el suelo, mientras que el grandullón había decidido atacar de nuevo y hundir su espadón en el pecho del infeliz que había osado atacarle a traición, por la espalda.

Cuando el cuarto guerrero iba a huir hacia el interior del robledal dejando atrás su caballo, pues no tenía ya tiempo para retroceder e ir en su busca, una flecha se clavó en sus genitales, haciendo que al instante cayera de bruces y se retorciera de dolor, aullando con gritos que ponían la piel de gallina: la punta de la flecha estaba dentada y debía haber cortado la carne. En el caso de los genitales no hace falta decir qué había cortado y de qué forma. Una jovencita con los cabellos azulados apareció tras él con el rostro congestionado, y mirando con terror al hombre que se debatía moribundo en el suelo. Llevaba un arco corto y un carcaj en la espalda. Tenía los ojos color miel.

-Elrik, Hanuil, yo no quería...

Hanuil se echó hacia atrás y lanzó unas cuantas carcajadas. Fue hacia el hombre y le clavó su espada en el pecho, acabando así con su sufrimiento inhumano.

-¡No querías pero le jodiste bien ahí dónde más duele, jaja!

Elrik se había arrodillado ante Lúne, el cual ya había perdido el conocimiento. Con rostro grave, le estaba palpando la muñeca, buscando su pulso.

-Tiene el pulso muy débil - dijo, alzando sus ojos preocupados hacia la joven y frunciendo el ceño - ¡Ichiro! Ahora debes demostrar tus artes Amaru. Saca tus ungüentos, vendajes y brebajes. Se está muriendo.

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-¿Qué lees, inútil? ¿Otra vez esas mierdas del Mundo Feérico? ¡Hey, chicos! ¡Aquí está!

El pequeño Lúne, en el descanso entre clase y clase, había decidido irse hacia el bosquecillo de al lado de la escuela. Uno de aquellos muchachos de su clase le había sorprendido bajo un fresno leyendo sobre su túnica roja un grueso volumen que rezaba "Leyendas Feéricas", y que relataba las historias que los feéricos habían legado a los humanos durante los Días de Armonía. Hacía un día soleado, primaveral, olía a lilas y a rosas. Un día perfecto para leer si no fuera por aquellos desalmados.

-¿Qué diablos queréis de mí ahora?

El más corpulento de aquellos niños escupió a un lado y le miró con sus ojos verdes y globosos.

-¡Que asco me das, Lúne! ¡Me das nauseas!

-Oh, que lástima - Lúne bajó sus grisáceos ojos de nuevo a las páginas del libro y siguió leyendo, concentrado en aquellas bellas historias que sonaban tan lejanas, y tan cercanas para él a la vez. Leyó un poema firmado por un tal Allyan. La leyó en voz alta, como solía hacer cuando se sentía más a gusto, con los ojos cerrados.

El viento empaña la certeza
de lo que siento por ti
entre silencios opacos,
y entonces
tu canto engalana mis sueños
con colores nuevos
que en un sólo suspiro
aparecieron susurrando mi amor
por ti.

-¡Mariquita!

Aquel niño le propinó una patada al libro, arrancándoselo de las manos y, con gran velocidad, arrancó la página que estaba leyendo y la hizo pedazos. Lúne alzó los ojos enrabietados, llenos de ira, hasta el punto que algunos de los que rodeaban a aquel malvado niño retrocedieron. Agarró una piedra del suelo y, lanzándose contra él, se la hundió en un ojo, dejándole tuerto para siempre.

Y llegó la expulsión de aquella escuela y su familia tuvo que irse de aquella región, de aquella Orden.
Llegaron a Varmal, más tarde, sin dinero, muertos de hambre. ¡Cuánto se había odiado a sí mismo por aquello! ¡Cuánto había deseado no haber nacido, solamente para traer problemas a sus padres!...

...pero ellos solamente le habían dedicado sonrisas y atenciones. Y por eso, prometió tratar de ser un chico normal, olvidarse de aquellas historias y de aquellos absurdos sueños. Papá, mamá, ¿dónde estáis?... ¡¿Están muertos?! ¡No! ¡¡No!!

Se despertó en un espasmo, llorando, con la garganta resentida. Sobre él se tendía una mujer, a la cual solamente podía entrever en una especie de bruma, con sus ojos empañados en lágrimas. Sentía arder violentamente su pecho, y un agudo dolor en su mano izquierda.

-¿Mamá? - susurró, confuso, aún nadando en el ensueño.

-¿Eh? N...no, no soy tu madre. Soy Ichiro. ¡Ya estás despierto!

El chico se frotó los ojos con efusividad y de pronto su rostro se hinchó de vergüenza. Ante él se combaba una bella joven de cabellos azules, con los ojos de ámbar extremadamente abiertos y una sonrisa feliz dibujada en su rostro. Parecía una visión del Otro Mundo, un hada. Su voz era cristalina, musical. Alrededor de ella, se hallaban dos figuras más recortadas contra una hoguera encendida. Por lo visto, aquellos seres extraños habían alzado un campamento en plena noche, en un claro, bajo las innumerables estrellas.

-¿Do...dónde estoy? - alcanzó solamente a decir el joven, evitando la preciosa mirada de la amaru.

-Échate, joven. La herida de tu pecho estuvo a punto de acabar contigo. Necesitas estar tumbado y no hacer muchos esfuerzos, por ahora - un hombre gigantesco con un vistoso tatuaje en la cabeza se arrodilló junto a él y lo tapó con una manta, pasando su manaza sobre el vendaje que cruzaba su pecho herido - No temas, hemos aislado este sitio con una magia que los Lamat no son capaces de atravesar. Mi nombre es Elrick, por cierto.

-Y yo me llamo Hanuil, ¡Encantado de verte vivo, Lúne!

Un joven rubio, que parecía tener su edad, también se arrodilló a su lado y le pasó una mano afectuosa y reconfortante sobre sus cabellos negros. Lúne no sabía qué pensar de todo aquello, pero sentía su corazón ligero, se sentía extrañamente vivo.
Recuperado por dentro.

-Gr...gracias por todo. ¿Cómo están los demás? - fue lo primero que le pasó por la mente, al llegar a sus recuerdos el rostro aterrado de Anie y la brutal patada que el capitán le había propinado a Nuán.

-No te preocupes, Lúne - dijo Ichiro, acariciándole su mano con suavidad - Ahora todos duermen. Les di unas hierbas relajantes, sedantes, para que recuperaran las energías. A ti también te las di, pero - hizo una pausa y lo miró con ojos interrogativos, extrañados - no sé qué pasa, pero en ti no obran del todo bien.

-Me alegro...y os lo agradezco - suspiró Lúne sonriendo de forma algo tímida y melancólica. Parpadeó unas cuantas veces, sorprendido - ¿Cómo sabéis mi nombre?

Hanuil se tumbó a su lado y dirigió su mirada hacia las estrellas con los ojos soñadores.

-En un poblado del Mundo Feérico, eres una leyenda. Ahí dicen que eres la última esperanza para los humanos en Espiral - se giró hacia él, sonriente y empezó a cantar una bonita canción.

Tiempos oscuros
y en su espada una luz
que dibuja la Espiral.
Contra muchos destinos
se alzará
y sobre la hoguera
saltará de nuevo
como antaño.

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Contemplaba el cielo nocturno con sus ojos de ámbar abiertos como platos. Después de revolverse de un lado a otro sobre la estera de lana echada en el suelo, ante la crepitante hoguera que ahora cuidaba un silencioso Elrick al cual parecía no importarle hacer guardia durante horas en la madrugada, supo que no podría conciliar el sueño. Sabía que aquella cantidad desesperante de pensamientos no haría más que torturarla si es que tenía la inmensa suerte de sumirse en un sueño. Prefería mantenerse despierta y tratar de serenarse tanto como podía. Tampoco quería molestar a Elrick con sus preocupaciones de fémina adolescente.

Escuchaba el viento acariciar las ramas de los árboles que rodeaban aquel claro con bastante fuerza, silbando y mezclándose con el monótono ulular de los búhos. Millares de estrellas resplandecían con frialdad, con mucha más frialdad que en el Mundo Feérico, en el cielo nocturno. La luna creciente le daba un aspecto pálido, fantasmagórico y, a la vez, sereno a la hierba de distintos tonos verdosos que cubría el pequeño prado. Sabía que al día siguiente el hecho de no poder conciliar el sueño la torturaría con unas ojeras y un mal humor inevitables, pero no podía hacer nada para remediarlo. Absolutamente nada.

Giró el cuerpo dando la espalda a la hoguera y se colocó de lado apoyando con suavidad una mano bajo su mejilla izquierda. Suspiró. ¿Hacia dónde iban? ¿De qué huían? ¿Cómo iban a enfrentarse a los Lamat, ellos tres, solamente ellos tres?

Los humanos no podían hacer nada contra ellos más que huir, aquello era más que evidente. Hasta en el Mundo Feérico se les temía, a pesar que no constituían un peligro para ellos, sino más bien para los humanos. Siempre habían acechado el Mundo Espiral, pero jamás habían osado cruzar las fronteras de aquella forma puesto que una vez los Lamat entraban en Espiral, no podían volver nunca más al Mundo Feérico. Así eran las leyes que regían a los Feéricos Oscuros desde el principio de los tiempos. Sin embargo... ¿Qué había ocurrido para que, después de miles de años, decidieran acabar con la raza humana y expulsarlos, como en la época del Exilio? Se hablaba de un pacto secreto entre Agros y los Lamat. Pero Agros había muerto, y ahí teóricamente acababa todo. Pero no...lo que más le desconcertaba es que, tal y como lo relataba Elrick, los Lamat seguían viniendo a cientos a Espiral, como si fueran llamados por algo o alguien. Y mientras tanto, en el Mundo Feérico todos parecían no querer saber nada del asunto.

Nada tenía sentido en todo aquello...

Sus pensamientos emigraron hacia otros recovecos de su mente, viajaron sin tregua hacia la oscuridad que ahora la dominaba.

Rívon...

Empezó a temblar de pies a cabeza. Tenía impulsos de querer que la abrazaran, de querer estar junto a él, de volver a escuchar su voz. Sentía que estaba cerca, que sentía su presencia increíblemente cercana. Pero aquello era imposible, totalmente imposible. Rívon no era un Viajero, no sabía ni podía usar y moldear la magia para realizar el peligroso viaje a través de las espirales de magia que llevaban a los escasos Portales que aún quedaban abiertos entre los dos Mundos.

-"Rívon...no puedo dormir... Te necesito a mi lado. He sido una egoísta. Hasta ahora, justo en el momento cuando no sé si podré volver jamás a Húgaldic viva, me doy cuenta de cuánto te echo de menos. Espiral no es cómo me la imaginaba: todo es fuego, destrucción y muerte...Tengo miedo..." - Su corazón le latía con rapidez, con fuerza, y sintió como unas lágrimas empezaban a centellear en sus ojos. Se tapó el rostro y empezó a sollozar, en silencio.

-¿Tú tampoco puedes dormir?

Una voz cálida se deslizó entre los azulados cabellos que cubrían su rostro enrojecido por el llanto. Las danzantes y rojizas llamas descubrían un rostro triangular, una nariz respingona y unos grandes ojos que por efecto de la ardiente luz tenían un aspecto casi sobrenatural. Eran grises, pero los destellos del fuego le hacían adquirir una profundidad y una intensidad que Ichiro apenas podía soportar. No es que fuera excesivamente bello, pero había algo que la ruborizaba en él, algo electrizante y oscuro que la hechizaba.

Desvió los ojos de él y su mirada bajó hasta topar con una enorme venda que le cruzaba el pecho de lado a lado. ¿Aquel joven era Lúne? En principio no lo hubiera dicho, pero cuando vio su melancólica sonrisa dibujarse en su rostro le reconoció, al fin. Estaba también echado de costado, con la mano apoyada en su mejilla. Sus cabellos caían hacia el suelo como en una lluvia oscura, de invierno, solamente iluminada por la Luna.

-No, no puedo dormir - murmuró temblorosa Ichiro por fin mirándole a los ojos, con gran esfuerzo, tratando que no se le notara que había llorado.

-Has estado llorando. ¿Verdad?

Mierda...

A pesar de la oscuridad y de haberse enjuagado bien las lágrimas con las manos, tratando de controlar el temblor de su voz, lo había notado. Se dió cuenta, por primera vez en su vida, que le ponía muy nerviosa que le supieran leer los sentimientos.

Desvió la mirada, enojada.

-A ti eso no te incumbe.

El joven de Varmal se incorporó, con una leve mueca de dolor, sobre sí mismo y se sentó sobre su estera, estirándose y apoyando las manos en el suelo.

-Claro que no - replicó, con dulzura y clavando sus ojos en la hoguera, pensativo - Solamente me preguntaba si podía hacer algo para que no estuvieras triste - hizo una pausa y la miró, sonriente - Gracias a ti estoy vivo, y me corroe la conciencia de no saber cómo corresponderte.

¿Corresponderme? ¿Qué quería decir con aquello? Era su obligación curar a un herido, aquello no se correspondía. Simplemente se hacía sin esperar nada a cambio, o eso le habían enseñado desde pequeña.

-Era mi deber ayudarte, eso es todo - también se incorporó, sentándose y mirándole con una sonrisa triste que no podía disfrazar de ningún modo.

Lúne guardó silencio y la miró con el rostro serio pero relajado y calmo. Odiaba el modo de cómo la estaba mirando y escrutando. Parecía leerle los pensamientos.

De repente, sus ojos dejaron de mirarla y una mueca de dolor cruzó el rostro del joven. Se apretó con fuerza su mano izquierda vendada y se irguió hacia adelante, sentado como estaba, haciéndose un ovillo. Tenía el ceño fruncido y masculló una maldición.

La Amaru volvió a la realidad y abrió de par en par sus grandes ojos, con preocupación.

-¿Te encuentras bien?

-No...no es nada, no te preocupes. Solamente ha sido una punzada... - replicó él, tratando de sonreír a pesar de la mueca torcida de su boca a causa del profundo dolor.

Ichiro rebuscó en uno de sus saquitos de ungüentos y, al cabo de poco tiempo y a pesar de la oscuridad que se cernía sobre ellos, encontró lo que estaba buscando. Se incorporó sobre si misma y se puso de rodillas a su lado, agarrándole la mano con cuidado.

-¡Arg!

-Lo...¡Lo siento! ¡Te he apretado demasiado!

-No es nada, Ichiro, en serio. Ya se me pasará - apartó cortésmente la mano que le aferraba con suavidad la joven y le guiñó un ojo, tratando de tranquilizarla.

-Ni hablar, vas a dejarme ver esa herida de nuevo. Tienes que cuidarte - replicó ella, ligeramente enfadada y con un tono de voz que no admitía replica. Tenía una forma de hablar muy bonita y jovial, pero sus palabras resonaban confiadas y seguras. De mala gana, el joven de la túnica oscura le tendió la mano y clavó su mirada en la hoguera, de nuevo.

-Está bien...me pongo en tus manos.

-Veamos qué tenemos aquí...

Con cuidado y quitándole las vendas una a una Ichiro acabó palpando con sus tiernos deditos la terrible herida circular que aún parecía abierta y mal cicatrizada, dejando en sus manos un rastro de sangre. Lúne apagó un grito de dolor con la boca y la miró a los ojos, suplicante, con las cejas alzadas y con cara de cordero degollado.
Ichiro mantuvo su rostro serio tratando de darle importancia a la gravedad de la herida, pero finalmente no pudo evitar explotar en carcajadas que intentó amortiguar también con su mano.

-¡Perdona, perdona! - se enjuagó las lágrimas como pudo, con su antebrazo - Es que me ha parecido muy graciosa la cara que has puesto.

-Muy graciosilla... - Lúne la miraba con una expresión entre sorprendida y alegre, a pesar de las punzadas de dolor - Un inválido como yo y tú riéndote a mi costa...

Ichiro tuvo que soltar momentáneamente la muñeca del joven para volver a echarse hacia atrás en un nuevo ataque de risa. Su risa sonaba tan cristalina, tan infantil y jovial...parecían campanillas moviéndose gráciles bajo un viento perfumado, y aquella era una metáfora que sin duda se alejaba mucho de lo que realmente sentía al escucharla.

-Perdona de nuevo, en serio, no lo pude evitar... - el rostro de Ichiro había enrojecido ante el supuesto y teatral enfado de Lúne que la miraba de forma torva, amenazándola con la mirada - ¡No me mires así! ¡Me das miedo y no te podré poner más ungüento sanador en la mano!

-Esta bien - replicó él, resignado, alargando el brazo y apoyándolo ligeramente sobre un muslo de ella - Haz lo que tengas que hacer, pero rápido. Me temo que eso va a doler.

Ella, con ambas manos, volvió a agarrar la mano de Lúne y la miró atentamente. Luego, se untó su mano derecha de un ungüento que, bajo la luz de la hoguera, aparecía de color castaño oscuro. Una vez se lo aplicó sobre la piel, el joven dió un respingo y no pudo evitar un leve grito de dolor, de nuevo, por culpa de la reacción que se producía sobre la herida. Sin embargo, al cabo de unos pocos segundos, su mano dejó de dolerle por completo mientras la feérica seguía masajeándosela dulce y pacientemente. La miró de nuevo a sus ojos melosos que, concentrados en aplicar aquel ungüento, yacían posados en aquella faena, parpadeando con gracia, y con los labios de piñón apretados, arrugando ligeramente la nariz. Fue ahora Lúne quien sonrió abiertamente sin dejar de mirarla con curiosidad. Sus cabellos azules producían destellos celestes y sutiles bajo la luz de la Luna.

La mano de la Amaru se paró al cabo de unos escasos minutos, y sintió como el joven la miraba con una sonrisa divertida, repleta de curiosidad. Le devolvió la mirada y otra vez un largo silencio se sucedió. Un silencio que decía muchas cosas, pero que ambos eran incapaces de descifrar.

Su mano herida y caliente. Su cuerpo a escasos centímetros del suyo, creando una especie de aura poderosísima que vibraba en cada respiración, sobre cada poro de su piel. Aquella electricidad que casi la dejaba sin sentido, aquel olor humano tan difícil de describir que la extrañaba y a la vez la atraía irremediablemente. Una energía que como una llama la quemaba entera, y su voz...tan bajita, sus ojos fríos y algo tímidos. ¿Acaso añoraba tanto a Rívon que le atribuía sus sentimientos a aquel ser humano? Necesitaba descansar...

...y no obstante necesitaba hablarle, necesitaba sentirse protegida, no soportaba estar sola ni un segundo más.

¿De verdad... - bajó ella la mirada, tímidamente, sin atreverse ahora a mirarle directamente a su rostro. Le agarró la mano con un poco más de fuerza - eres un sueño?

Sin perder la sonrisa, los ojos de Lúne se endurecieron un poco y se volvieron algo tristes y melancólicos.

-¿Acaso importa esto? Yo... - hizo una pausa y alzó la cabeza hacia las estrellas, iluminando sus ojos grises y profundos - ...no soy cómo pensáis. No soy ningún héroe, ni merezco estar en ninguna canción. A veces siento que es el Destino o algún conjuro quien guía mis acciones, pero yo realmente...

Su rostro enrojeció de nuevo y sus ojos parecieron brillar en un instante. Parecía no encontrar la palabra adecuada.

-¿Realmente? - respondió ella, acercándose a él un poco más y agarrándole la otra mano con la que tenía libre. Estaba a punto de llorar, pero no sabría decir si era por tristeza. Jamás había experimentado algo igual junto a otra persona - ¿Realmente lo que te preocupa es...la soledad y no saber hacia dónde vas?

Lúne guardó silencio y la miró con intensidad. No hizo falta responderla. Con aquella mirada bastó para que la Amaru le comprendiera. Sí, lo había adivinado. ¿Cual era su meta, hacia dónde había escapado su futuro? ¿La muerte era lo único que le esperaba? ¡No! ¡No podía ser! La piel suave de la joven que recordaba al terciopelo le acariciaba lentamente. Su corazón bombeaba con rapidez. No, no, estaba confundido...

...Necesitaba descansar.

-Más vale que intentemos dormir, Ichiro. Nos espera un viaje muy largo y agotador - de repente, Lúne había soltado la mano de la joven intentando ser cortés, pero realmente había sido algo brusco. Ambos enrojecieron mutuamente. Sí, debían descansar, pues alrededor de las hogueras, después de una gran soledad, se decían y se soñaban muchas cosas que al día siguiente se olvidaban para siempre.

-Tienes razón - contestó ella, aún algo ruborizada y tapándose con la manta - Buenas noches, Lúne.

-Buenas noches, Ichiro.

E inquietos, se sumergieron en el ensueño.

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