Friday, March 26, 2010

Viajeros. Capítulo 9: Reino escondido.

-¿Por qué hace media hora que no se mueve de esta roca? - se aventuró a preguntar Ichiro, con una ceja levantada y unos ojos cansados y preocupados.

-Se trata, digamos, de una forma de cortesía, para que lo entiendas - susurró un Hanuil con una sonrisa torcida en el rostro, sin dejar de observar a Elrik - para con los habitantes de Folmendäl. Y ahora, sigamos en silencio. Yo ya he pasado por esto y se necesita mucha concentración...está hablando con ellos.

Elrik estaba sentado sobre una roca, sus pies colgando por un risco que se precipitaba cientos de metros hacia abajo hasta llegar a un valle repleto de jóvenes árboles frutales: ciruelos, manzanos, naranjos, cerezos, limoneros, granados...los cuales se extendían hacia unas enormes montañas azules que se recortaban en el horizonte, rodeando aquel inmenso valle que olía a fruta madura y a lluvia reciente. El Viajero se mantenía en silencio, con los ojos fijos hacia el valle, unos ojos que en aquellos momentos no estaban ahí, sino en alguna otra parte que, se le antojaba a Ichiro, muy distinta. Sin duda estaba haciendo uso de la telepatía y dudaba que fuera la primera vez que lo hiciera. Aún siendo una práctica común entre los seres feéricos, hablar de esa forma con individuos de otras razas era muy complejo y difícil. Se necesitaba, al menos, conocer los entresijos de la mente del otro.

El viento soplaba con fuerza y a veces parecía como que unos susurros impregnaban el aire, unos susurros que ponían la piel de gallina, graves y estridentes, dulces y amargos. Y así estuvieron Hanuil e Ichiro aguardando una hora más, hasta que el Sol empezó a ponerse en el Oeste. La chica intentaba descubrir algún cambio en el rostro pétreo del hombre, pero si la había, no se le notaba de forma superficial. Había leído alguna vez cosas sobre Folmendäl, algunas historias que se referían a este Reino, y todas hablaban de hechiceros extraños, de gentes que realizan ritos en los amaneceres y en los atardeceres, cuando la magia es más poderosa y profunda. Incluso en el Mundo Feérico, los habitantes de aquel lugar se hallaban en el más escondido de los misterios y nadie solía aventurarse por aquellos parajes. Los pocos que lo habían hecho, habían vuelto desmintiendo la existencia de aquellos, diciendo que solamente habían hallado unas extrañas ruinas: estatuas quebradas por el tiempo y asentamientos de piedra totalmente abandonados.

-Venid ambos, y dadme la mano - espetó Elrik con su voz grave y enigmática, más que de costumbre, mirándolos con frialdad - obraréis como yo os diga en todo momento - añadió, prestando especial atención a Ichiro.

-¿No nos estará pidiendo que nos tiremos por...? - masculló Ichiro, mientras se acercaba con cautela al Viajero, observando cómo su capa impactaba contra su pecho debido al incesante viento.

-Haz el favor de callar - la reprendió Hanuil, ya con un rostro más serio y frío - Si lo que te preocupa es si nos vamos a suicidar, la respuesta es No. Y ahora ven.

Hicieron, entonces, lo que Elrik les había pedido. Ambos le agarraron sus grandes manos y él las apretó con fuerza, hasta el punto de hacerles daño. El hombre miró al horizonte y, por última vez, pareció comunicarse con el interlocutor invisible con el que, parece ser, había estado hablando hasta aquel momento.

-Hanuil ya conoce el procedimiento, así que eso que digo va por ti, Ichiro. Cuando sientas que un extraño y dulce perfume, diferente del que hay ahora, impregne el aire por completo, haz el favor de respirar hondo y aguantar la respiración hasta que estemos - hizo una pausa y adoptó un tono de voz que intentaba ser reconfortante - abajo. Y no cierres los ojos en ningún momento - le acarició el cabello con suavidad, y sonrió ligeramente - No tengas miedo, todo saldrá bien.

Al cabo de poco tiempo, aquella brisa que había vaticinado el calvo hombretón, empezó a azotarles impactando en sus rostros, en forma de viento casi huracanado. Fue la fragancia más maravillosa y extraña que jamás Ichiro hubiera olido en toda su vida. Entonces, sin pararse a reconocerla y bajo la atenta mirada de Elrik, respiró profundamente y aguantó la respiración con los mofletes hinchados, de una forma que hubiera sido cómica en cualquier otra situación.

Y tal como la chica de los cabellos azules temía, Elrik cogió carrerilla y de un largo y seguro salto se lanzó del precipicio hacia abajo, agarrando aún más fuerte si cabe las manos de los dos adolescentes. Bajaban y bajaban con la velocidad de una caída de muerte segura hacia aquel bosque de árboles frutales que se acercaba peligrosamente hacia ellos. Ichiro tenía ganas de gritar y de cerrar los ojos, pero a saber qué pasaría si hacía alguna de las dos cosas.

Justo cuando estaban ya alcanzando con una rapidez de vértigo las copas de los árboles, se vieron suspendidos en el aire, como si hubieran caído sobre un muro invisible de aire espeso y, como si se trataran de tres hojas, empezaron a balancearse, hacia el suelo.
Y en aquel momento, bajo la asombrada y alucinada mirada de Ichiro, sus enormes ojos de miel abiertos de par en par en otra mueca muy divertida, el paisaje cambió por completo: los árboles frutales seguían ahí, pero unas grandes casas hechas de madera se alzaron entre ellos, unas casas que en realidad no eran tales. Tenían la forma de enormes troncos de árboles, huecos por dentro, con ramas en el techo que contenían unos frutos de color malva que Ichiro jamás había visto en su vida, redondos y grandes.

En el centro de aquel valle la chica tuvo tiempo de observar una gigantesca roca que se alzaba centenares de metros hacia arriba, como un enorme obelisco sin adorno alguno, irregular, tosco.

Y por fin cayeron sobre un claro, un mar de hierba que dibujaba olas por el efecto del viento. ¿Qué magia había sido aquella? No, jamás había estudiado que en el Mundo Feérico un Reino se escondiera del resto. ¿Por qué razón? ¿Cual era el motivo? Pero la voz de Elrik la devolvió a la realidad y la sacó de aquellas preguntas que se amontonaban en su mente, todas sin respuesta.

-No te dejes llevar demasiado por el aspecto de Folmendäl. son gentes interesantes, pero también son unas buenas piezas - dijo, como si ya les conociera de toda la vida.

-Tienes que tener todos los sentidos a tu predisposición, Ichiro. son unos pájaros de la ostia. No nos mires así, ya lo entenderás - murmuró Hanuil, con una sonrisa llena de picaresca y una mirada relampagueante, traviesa, como si recordara algo muy divertido y excitante.

-¡Elrik! ¡Hanuil! ¡Alabados sean mis ojos!

Tras unas ramas de un naranjo apareció un ser menudo y corpulento, con una espesa barba negra, enseñando sus dientes afilados con una sonrisa de oreja a oreja, y unos cabellos rosados y larguísimos que arrastraba, sin ningún pudor, por el suelo. Echó a correr hacia ellos, con sus gruesos brazos alzados hacia el cielo, sus mejillas rojísimas y los ojos brillantes de emoción. Una vez estuvo ante los dos Viajeros, empezó a dar leves y ridículos saltitos, como si de un niño pequeño se tratara.

-¡Estoy que no quepo en mí! ¡Ya sabía yo que volveríais! ¡Nadie me creía, pero lo sabía! - gritó con una voz ronca y alegre.

Elrik esbozó una sonrisa y le acarició la cabeza, como si se tratara de un hijo suyo, de forma paternal.

-Digamos que encontramos un nuevo motivo por el que salir de caza.

-¿Y quien es esa preciosidad que os acompaña? Jamás había visto a una princesa de leyenda encarnada ante mis ojos, y os juro que no exagero. ¡Me faltan palabras! - se postró ante Ichiro y ésta vio que su cabeza apenas le llegaba a su pecho. Era diminuto. La había besado la mano, justo después de hacerle una reverencia - Mi nombre es Hrom. ¿Sería tan amable de darme el suyo, princesa?

-Ichiro. Encantada - dijo, sorprendida ante tal zalamería.

-¡Ichiro! ¡Hasta el nombre está repleto de belleza! - Elrik y Hanuil empezaban a observarlo de forma algo torva y pareció que aquel pequeño ser se dió por aludido - ¡En fin! Creo que ya es hora de guiaros hasta la Gran Roca. Seguramente estaréis hambrientos y con ganas ya de emprender el Viaje de forma inminente.

-Por supuesto, por eso estamos aquí. No creerás que hemos visitado esa pocilga de borrachos y guarros por placer, ¿verdad? - dijo Hanuil, dándole unos golpecitos en el hombro, guiñando un ojo y sonriendo abiertamente - Vamos allá.

-¡Borrachos y guarros! ¡Jaja! ¡Voy a pedirle al bardo que componga una canción picante sobre eso! ¡Guarros y borrachos! - decía, mientras trotaba ante ellos como un cervatillo, silbando y saludando a los animales silvestres que iba encontrando por el camino.

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Detrás de aquel menudo ser saltarín, fueron atravesando grupos de aquellas casas-árbol que de cada vez eran más numerosas. En seguida, un camino empedrado se fue formando bajo sus pies, y seres risueños, charlatanes, desgarbados y menudos como Hrum, sus melenas enormes recogidas en trenzas que enrollaban alrededor de sus cuerpos o sueltas al estilo de su espontáneo guía, se amontonaban cada vez más numerosos andando junto a ellos, abrazando y besando a los forasteros de forma extrovertida, sin ningún pudor.

-¡Qué jovencita tan hermosa! ¿Cómo te llamas? ¿Te vienes con nosotros?

Un nutrido grupo de adolescentes, o eso parecía pues llevaban barbas menos pobladas y el pelo algo más corto, no paraba de rondar a Ichiro, la cual se sentía totalmente desbordada por aquel excesivo cariño que le brindaban. En su aldea jamás nadie le había dicho aquellas palabras tan halagüeñas, por lo cual el rubor de sus mejillas le quemaba el rostro.

-Gracias por vuestras palabras, pero tengo prisa.

Todos, a través de aquel camino que ya se había convertido en una ancha calzada, se encaminaban hacia una sola dirección que no era otra que un gigantesco y burdo agujero abierto en la Gran Roca, que ya se alzaba imponente sobre ellos, dibujando una sombra alargada provocada por un Sol ya desaparecido en el Oeste. Era aquella roca muy irregular, formando múltiples puntas en su superficie erizada, creciendo a una altura vertiginosa y con una anchura que podría compararse con la Torre Central de un Castillo.
Sin darse cuenta, Ichiro se había quedado pasmada, hipnotizada, tratando de adivinar la altura de la roca, observando la punta de arriba del todo, la cual se escondía tras una fina niebla blanquecina.

-¡Vamos Ichiro! - espetó Hanuil, agarrándola con firmeza por un brazo - Esas pulgas hediondas y hormonadas cada vez son más numerosas, y cada vez te rondan con más descaro - y, efectivamente, a su alrededor las risas y los chascarrillos empezaban a elevar su tono - Bajemos.

Y más gente. Risas, cantos, correrías y palmaditas en el culo de las jovencitas.

Conversaciones animadas.

Todos bajaban en gran número por unas anchas escaleras de piedra que se introducían hacia el interior de la Gran Roca, formando una gran galería . Entre el calor, la humedad, y aquella marabunta de seres bajitos que se precipitaba animada hacia abajo, Ichiro empezó a sentirse algo mareada, y para más inri, aquellos jóvenes aduladores la seguían muy de cerca, susurrándole zalamerías al oído y haciéndose luego los suecos cuando la fría y severa mirada de Elrik se encontraba con sus ávidos ojos. Tampoco faltaban las jovencitas que se insinuaban a los dos Viajeros, a lo cual respondían ellos con sonrisas queda y con educados ademanes que indicaban que no tenían tiempo de entretenerse con ellas.

Al fin, después de unos minutos de angustioso descenso por las blanquecinas escaleras rodeadas por la fría y húmeda roca, Ichiro observó como la galería se ensanchaba y desembocaba en una enorme plaza con un suelo recubierto de baldosas de color perla. Y lo que vio allí fue lo más raro, dantesco y surrealista que la joven hubiera visto jamás.

En un principio, si uno no reparaba en las gentes que poblaban aquella especie de plaza, podía incluso causar una extraña fascinación: en el centro del recinto se hallaba una fuente con un grueso ciruelo florecido en el centro cuyas hojas nadaban libres y caóticas sobre sus aguas.

Alrededor de aquel recinto una gran cantidad de pequeños agujeros se abrían, unos agujeros a los que se accedía por una suerte de estrechas escaleras de piedra que llevaban a una plataforma de madera que conectaba todos aquellos agujeros entre sí, para que las gentes pudieran ir de unos a otros sin recurrir a más escaleras. Quizá daban a alguna cueva o alguna otra habitación aunque, por lo que pudo observar, sin duda eran entradas a una suerte de recintos privados: constantemente, parejas de aquellos seres, entre grandes risotadas, entraban en aquellos sitios semi-desnudos o desnudos completamente, sin ningún pudor y sin reparar en miradas ajenas.
Ahí dentro se escuchaban gemidos, más risas, sonoras persecuciones y gritos de placer, todo ello apagado por el estruendo alocado instalado a lo ancho de toda la plaza. Hombres y mujeres, también parcial o totalmente desnudos, bebían en grandes jarras el mismo líquido que manaba de la fuente. Algunos incluso hacían el amor, fornicaban, totalmente al descubierto, mientras un bardo obeso, con los pómulos rosados, interpretaba sobre un estrado, al fondo, unas canciones de danza con un instrumento de cuerda que recordaba a una mandolina, pero más dulce y menos estridente.
Los niños también correteaban alrededor del recinto y por la plataforma de madera que llevaba a aquellos agujeros del amor, como si nada. La luz rojiza del Sol ya puesto entraba a través de una serie de grandes ventanales labrados en la roca, los cuales dejaban pasar haces de luz transportando colores vivos que parecían danzar constantemente en una especie de calidoscopio mágico y sensual. Y otra vez vio a una pareja haciendo el amor en un rincón, ante ellos.

-¡¿Qué haces Ichiro?! - Hanuil la zarandeó por los hombros. Cuando ella se giró, entonces, para mirarle, sonreía en una mueca entre burlona y pícara - ¿Qué ocurre? No me digas que aún crees que los niños nacen del fruto del Mandro...

-No digas tonterías... - replicó ella, avergonzada y sorprendida, pero a la vez fascinada ante aquella visión, pues era todo tan natural y directo que le traía unos sentimientos contradictorios muy fuertes - Vámonos.

-Oye, ¿Quieres probarlo? - una voz surgió tras ella, una voz de adolescente algo ronca - ¡Es Cristal Ancestral, recién salido del manantial!

Bajo las barbas rojizas de aquel joven se escondía una sonrisa franca, sus ojos brillaban, como emocionados. Ichiro, embelesada por lo que acababa de ver en aquella especie de fiesta orgiástica, aceptó el ofrecimiento y se llevó el cuenco a la boca con una sonrisa tímida, dándole las gracias con un educado ademán. Los otros adolescentes apostados tras él reían entre dientes y murmuraban por lo bajo.

-Dame esto - espetó Hanuil con el ceño fruncido y arrebatándole el cuenco a la chica, con rapidez, justo cuando estaba a punto de darle un trago - Esto contiene otro componente aparte del rico licor del Cristal Ancestral y, a juzgar por la actitud que lleva toda esta gente, ya puedes imaginarte cuál es - añadió, con una sonrisa, observando a otra pareja más que parecía hacer algo más que demostrarse su amor incondicional dentro de la fuente - Pero, ¿Para qué derrocharlo?

El joven Viajero empinó el codo dispuesto a ingerir aquel líquido y, justo cuando las primeras gotas caían sobre su lengua ante las airadas protestas y pataleos de Ichiro, una pesada mano empujó el cuenco y lo tiró al suelo, desparramando todo el líquido.

-Aquí no hemos venido a fornicar. Eso lo dejáis para cuando ya estemos en Espiral, niños, y si queréis además os regalo algunas protecciones para evitar males evitables - exclamó Elrick, con su voz cavernosa e implacable, empujando a los dos jóvenes hacia otra escalera más ancha que la anterior que se hundía a una profundidad mayor - Por cierto - añadió, con una semi-sonrisa irónica - no sabía que fueras un aficionado a los afrodisíacos, Hanuil. ¿Los necesitas?

Por fin les dejó de empujar justo cuando llevaban unas decenas de escalones andados y el hombretón, sin mirar atrás, empezó a bajarlas con paso largo y firme.

-El próximo que vuelva a hacer otra gilipollez, le dejo aquí, fuera viajar. Andando.

Hanuil e Ichiro se miraron, tras él, ambos encogiéndose de hombros.

-¿Qué le ocurre a Elrick? Está muy huraño - se preocupó ella.

Hanuil rió, rascándose la nuca mientras sorteaba la incesante multitud que bajaba por aquella nueva galería, en una gran algarabía.

-Oh, ¿Acaso le has conocido de otra forma?

Bajaron y bajaron, hasta que, por fin, llegaron a lo que parecía ya el centro de la Gran Roca, a tenor de la multitud de gente que taponaba el final de la galería, haciendo esfuerzos por avanzar entre aquella marabunta. Los niños gritaban y saltaban felices y emocionados, las parejas se abrazaban, jóvenes y viejos cantaban canciones a coro, todos al parecer ansiosos por llegar al final de la galería, matando el tiempo.

¡A Cristal Ancestral
y a mujer
olemos!

¡Apestamos a hombre
aún por saciar!

¡A comer, a comer
a beber, a beber
hasta que veamos
dos firmamentos
dos lunas
y cuatro tetas!

¡A Ancestral Cristal
y a mujer
olemos!

¡Apestamos a hombre
aún por saciar!


Hanuil pronto se había unido a los cánticos más obscenos sin hacer caso a las miradas asesinas de Elrick. Ichiro también sonreía, alegre, viendo como unas alegres mozuelas se habían puesto a bailar juntando los brazos y dando palmadas. Afuera de la galería, podía entrever que se alzaba un salón gigantesco iluminado por una luz azulada que ya se internaba a través de aquel último tramo de escaleras que quedaba. Casi todos llevaban un cuenco de agua de Cristal Ancestral en sus manos.

Se trataba de una felicidad de esas que se contagian.

-¡Viajeros! - se giró hacia ellos con una amplia sonrisa y gritó tanto cómo pudo Hrum, después de haber estado cantando, bailando y hablando con la gente que se había ido encontrando por el camino - He guardado muchas piedras para vosotros, por si no os apetecía acudir al banquete. Aquí en la Gran Roca sentiros como en casa, sois libres como pájaros. Hay piedras para todos los gustos - sacó un saquito y, de dentro de ella, sacó un puñado de piedras cada una de un diferente color - La negra os adentrará en el palacio de la meditación, aunque creo que no estaréis muy interesados en ella - añadió, encogiéndose de hombros.

Piedras...¿Qué significaba aquello?

-Oh no, me temo que no. Aunque quizá se la guarde para Elrik - dijo Hanuil, con una sonrisita traviesa.

El hombretón calvo no contestó, pero le fulminó con la mirada.

-Oh veamos esta otra, me tienen que disculpar, no las recuerdo de memoria... - hizo una pausa y sacó una piedra roja - Uuh... - guiñó un ojo hacia Ichiro y Hanuil - esta es la piedra de las parejas. La Sala se convierte en un bosque iluminado por una perenne primavera, pero no todo se halla a la luz del día. También hay muchos rincones oscuros...

-Al grano, Hrom. Sácanos la del banquete - dijo Elrik, en un suspiro cansado e impaciente.

Sacó otra más, una piedra azul y sus ojos se le iluminaron.

-¡Oh! ¡Mira por dónde! ¡Esa es la piedra del banquete! A vosotros dos no hace falta que os lo explique - dijo, colocándoles una piedra azul en un bolsillo de sus pantalones - Pero la bella Ichiro - se inclinó exageradamente en una sonrisa seductora - debe saber que debe introducirse esa piedra en un bolsillo y llevarla ahí toda la noche.

Se acercó a ella (mucho más cerca de lo que lo había hecho con los otros dos) y le fue a introducir una gruesa mano en el interior del bolsillo que tenía Ichiro en su vestido carmesí, justo en el muslo. Elrik le había quitado la piedra a tiempo y se la tendió a la joven.

-Toma Ichiro, y haz el favor de estar más atenta.

Ichiro se la introdujo en el bolsillo y siguió andando, turbada, hacia abajo, por las escaleras. Hrum había desaparecido, corriendo, entre la marabunta, asustado por la actitud de Elrick aunque, en verdad, ya le conocía de sobras. En no más de cinco minutos volvería a rondar alrededor del grupo de Viajeros, seguro.

Una vez llegaron a destino, abriéndose paso entre aquella gente menuda a empujones y entre alabanzas dedicadas a ellos (parecían disfrutar de la presencia de extranjeros), Ichiro abrió sus ojos de ámbar hacia la inmensidad increíble que se alzaba sobre ella y a los alrededores. Si el espectáculo de antes, en aquella plaza, le había causado una gran impresión, aquello lo superaba con creces.

Aquello tenía tal tamaño que ni siquiera se lo podía llamar Salón. Aquella arquitectura, aquel diseño...en el colegio le habían enseñado que la raza de los Namia habían desaparecido hacía cientos de años... Pero sin duda, aquello era obra de ellos: los enormes ventanales acristalados, diseñados con motivos vegetales y con espirales, todos de diferentes colores azules desde el celeste hasta llegar al violeta, dispuestos de tal forma que la luz de las estrellas que ya se apiñaban en el firmamento entraba en cientos de frágiles haces azulados por toda la sala. Alrededor, formando un círculo perfecto, se alzaba una docena de árboles con aquel fruto malva y grande que solamente había visto en aquella región. Miró hacia arriba y aquella sala gigantesca se alzaba, efectivamente, cientos de metros hacia arriba en forma piramidal, los ventanales labrados hasta en la zona más alta, formando una espiral y una orgía de color que embelesaba a cualquiera. Pero aquello no fue lo que más le impactó.
Ver como unas alfombras de distintos colores ondeaban como hojas alrededor de todo el salón de forma libre, moviéndose con gran lentitud, y con aquellos seres comiendo sobre ellas, riendo y tirándose restos de comida a la cabeza cuando pasaban junto a otras alfombras, la dejó sin habla.

Habían dispuestas, a la vez, ante cada uno de aquellos árboles frutales, una escalera de piedra, cuyo arrambador se hallaba labrado de forma exquisita con motivos de danzas y de seres haciendo el amor entre ellos. Las escaleras desembocaban todas a una enorme galería que daba la vuelta entera al Salón en una especie de balcón también adornado con motivos vegetales y repleto de enredaderas florecidas, y los menudos seres en una gran masa subían por ellas, repletos de júbilo, entre grandes risotadas y canciones obscenas y divertidas. Una vez arriba, cada uno escogía una alfombra, ninguna igual a la otra, y la extendía con un golpe seco hacia el centro de la estancia, se subían sobre ellas en grupos y luego como en un acto natural aquellos objetos volaban de forma liviana alrededor de toda la estancia.
Las jarras de cerveza y las copas de Cristal Ancestral se sucedían en brindis incontables, y cada vez que alguien caía por error o empujado desde la alfombra ante la broma de algún camarada, caía al suelo de forma amortiguada.

Aún no se había servido la comida, al parecer.

De repente, una alfombra que había estado acercándose al grupo de Viajeros con marcha calmada y balanceada, se detuvo frente a ellos, a corta distancia, repleta de más seres menudos aunque si se prestaba algo más de atención, uno podía darse cuenta que no era un grupo más de aquellas gentes, sino una versión anciana de estas, unos ancianos joviales, de ojos relampagueantes, pero parecían más educados y ponderados, y solamente tenían en sus manos pequeñas copitas. El que parecía el más anciano de todos ellos, tenía una barba blanca y rala, e iba vestido con un sencillo jubón esmeralda sin ningún adorno y unos pantalones anchos de seda marrón. A Elrick pareció iluminársele el rostro cuando le vio, por primera vez desde que llegaron a Fölmendal.

-¡Bienvenidos a la Gran Roca! - exclamó el anciano, abrazándose efusivamente a Elrick y a Hanuil - ¡No sabéis cuánto júbilo nos produce vuestra visita! ¡Sabíamos que tarde o temprano volveríais! - analizó a Elrick de arriba a abajo, con una sonrisa franca - La naturaleza es generosa contigo, amigo.

-Gracias por tus halagos, Kirin, aunque dudo que pueda llegar a una vejez tan satisfactoria y alegre como la tuya, compañero - dijo Elrik, esbozando una reverencia.

-Hanuil y Elrik, los últimos grandes Viajeros, hermanos - sentenció el anciano, girándose hacia la comitiva restante que les miraba con ojos curiosos y ligeramente emocionados. Se volvió de nuevo hacia ellos - Nuestros bardos han compuesto algunas canciones hablando de vosotros y de vuestro Gremio. Cada noche las cantamos. Sois muy queridos aquí.

Hanuil se desesperezó, estirando ambos brazos hacia el techo con un semblante triunfal.

-¡Aahh! ¡Uno se siente con fuerzas para todo una vez dentro de la Gran Roca! - se giró hacia Ichiro - ¿No opinas lo mismo, Ichiro? Aquí nos adoran, respetan nuestro oficio.

La chica parecía haber perdido el habla después de todos aquellas visiones y acontecimientos que había podido observar desde que entraran por la apertura que llevaba al enorme Salón. Se sentía avergonzada, empequeñecida y sentía como sus mejillas le ardían. ¿Qué pintaba ella en un lugar tan maravilloso, junto a dos héroes legendarios como Elrik y Hanuil?

-¿Cómo te llamas, jovencita? - el anciano le pasó una suave mano por los cabellos azulados de la chica y la miró a los ojos - Tu edad es corta, pero en tus ojos veo una gran valentía y nobleza que ya les gustaría tener a muchos que se creen valientes, con sus inútiles bravuconadas. ¿Eres una nueva Viajera?

La joven no supo qué responder y buscó alguna palabra que le pudiera ser apropiada. No había pasado ningún rito de iniciación y prácticamente aún no conocía a sus dos nuevos compañeros. Ella no podía ser considerada una Viajera, aunque en el fondo, en aquellos momentos, nada en el mundo le habría hecho más feliz que ser considerada uno de ellos.

-Sí, es nuestra nueva compañera de Viaje - respondió Elrik con una sonrisa cálida y rodeando con su gran brazo la espalda de Ichiro, la cual ya solo deseaba que la Tierra se la comiera y no dejara ni los huesos.

-¡Estupendo! - Kirin dió dos palmadas, satisfecho, respirando hondo - En fin, basta de charlas aquí de pie, que estoy siendo muy maleducado. ¡Compartid con nosotros esa gran velada!

Los tres Viajeros (Ichiro casi arrastrada por Elrik, pues aún se mantenía paralizada con una mezcla entre miedo, vergüenza y fascinación) subieron sobre la alfombra y ésta, de forma lenta y ondulante, se alzó poco a poco hacia el resto de alfombras que volaban, entrelazadas, sobre ellos, por todas partes, y con gran alboroto por parte de sus ocupantes.

El primer bardo apareció saltando sobre su alfombra plateada con unos dibujos cómicos de notas musicales bien estilizadas y portando una especie de lira con un diseño de finísima realización que también era indudablemente diseñado por los Namia. Estaba subido a solas sobre aquel objeto que, más rápido que los otros, daba vueltas alrededor del Salón de forma ágil y liviana, pero tampoco a una velocidad mareante. Ichiro no pudo reprimir una risita y tuvo que taparse la boca, disimulando, mientras Elrik y Hanuil parecían enfrascados en una animada conversación.
El bardo...¡Estaba desnudo! Sin embargo, la cantidad de barba y cabellos color rubio sucio se enroscaba y le cubría todo el cuerpo tapándole el cuerpo por completo, lo que le daba aún un aspecto más cómico e hilarante. Aquel extraño ser, menudo como los demás, alzó los brazos hacia arriba y sonrió, enseñando sin ningún pudor sus dientes mellados.

-¡Antes de nada quiero decir unas cuantas palabras, dedicadas a todos vosotros! - exclamó, con una voz atrompetada y traviesa, visiblemente borracho.

Todos recibieron aquella frase con aplausos y con risas, mientras los chiquillos y jóvenes más alocados (y algunos entrados en edad también), aprovechaban cuando este pasaba al lado de su alfombra para lanzarle copas y jarras vacías a la cabeza.

-¡Cállate y canta! - gritaban todos, casi a una misma voz.

-Bien, bien... - hizo una pausa para afinar su instrumento y, una vez terminada la operación, sonriente, rasgó dos acordes - Esa canción está dedicada a todos vosotros, se llama... ¡Guarros y Borrachos!

Los aplausos y vítores se alzaron de nuevo, y Hanuil, al escuchar aquello, rompió en carcajadas. Ichiro se dejó llevar por la marabunta, y también empezó a aplaudir al principio de manera tímida, pero luego, cuando ya una divertida y desenfadada canción nacía de las cuerdas del instrumento, empezó a animarse.

-¡Bebe! ¡Bebe! - gritó Hanuil, que parecía nadar en su ambiente, y mirándola con ojos divertidos y pícaros - ¡Ese es Cristal Ancestral sin innecesarios añadidos! - le tendió una copita de madera y ella, sin pensárselo dos veces, bebió de ella. Un calor reconfortante recorrió su cuerpo desde los pies hasta la cabeza y pareció flotar incluso por encima de la propia alfombra. Su sonrisa se acentuó y, ya con la timidez desterrada, se levantó y empezó a corear junto a los demás, aplaudiendo.

Esta noche
no sabrán dónde estamos
nadie menos nosotros
inconscientes
y orgullosos,
la tristeza es pasajera
la alegría no la buscamos:
ella nos encuentra.

Todos a una
viajeros, seres menudos
y más escoria
alzaremos nuestras copas
y entre unos pechos hallaremos
poesía y virtud.

¡Guarros y borrachos!
Borrachos y guarros!

¡Borrachos y guarros!
¡Guarros y borrachos!

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-¡Por supuesto que tengo en cuenta todos los peligros que nos acechan!. Espiral está en guerra, y te puedo asegurar que cada uno de mis compañeros lo sabe de sobra. ¿Por quien me has tomado? Creía que después de tantos años me conocías.

Elrik y Kirin se hallaban en medio de una acalorada discusión mientras que con el mismo ritmo frenético iban engullendo sin piedad unas aves en escabeche regadas con un licor añejo y jugo de limón, y acompañada por vegetales frescos. Elrick estaba especialmente indignado, su rostro congestionado, ardiente. Ichiro jamás lo había visto así.

-Cuando se trata de cuestiones de viajes se pone así. Recuerda lo que pasó en aquella Aldea. Pues igual - decía Hanuil con una sonrisa despreocupada. El joven no prestaba demasiada atención a aquellas airadas palabras de su viejo compañero, y prefería sonreír a algunas chicas que, con sus alfombras, se acercaban a la suya para charlar con él. Parecía desenvolverse bien en aquellos asuntos más banales.

-¡Se hace saber al gallardo viajero Hanuil que desde la alfombra de los mosaicos rojos y amarillos, reclaman su presencia! ¡Se trata de unas jovencitas con deseos de conocerle! - el bardo, antes y después de cada canción, se dedicaba a pasar recados entre alfombras, un gran número de ellos. Hanuil e Ichiro, curiosamente, eran los más nombrados, aunque sus reacciones eran notablemente distintas. Hanuil sonreía satisfecho, guiñaba un ojo a las damas, se levantaba, les prometía que pronto iría a charlar con ellas, y hacía profundas reverencias. Ichiro, en cambio, seguía comiendo, avergonzada, pero sin ninguna intención de corresponder a aquellas peticiones.

-Parece que no te agrada mucho este sitio - decía el joven, encogiéndose de hombros con una cálida sonrisa, a Ichiro - Nadie te va a hacer daño aquí, más al contrario. Lo único que debes evitar es emborracharte en demasía. Aunque tampoco te lo impediré - añadió, mirando de reojo a Elrick.

La chica paró de comer un momento y alzó sus ojos hacia él, ligeramente hundidos.

-Solamente me agobia un poco todo esto, pero estoy bien - dijo, con una ligera sonrisa - ¿Cuando partiremos hacia Espiral?

-Oh, pronto, pronto. Mañana mismo haremos ya los preparativos, aunque la resaca nos martillee los sesos. Oh, toma, bebe un poco más - le tendió de nuevo una copita de madera llena de licor a la chica - Hoy debes olvidarte de todo lo que te preocupa, Ichiro - le guiñó un ojo, con una mirada reconfortante y una sonrisa más tranquila.

-Gracias, Hanu, este agua al menos me alivia el corazón, aunque presiento que algo en mi interior no anda bien...pero prefiero no aguarte la fiesta con mis problemas.

Hanuil se arrastró un poco hacia ella, por la alfombra, hasta rozar sus muslos con los de la chica. Descargó el peso de su cabeza sobre una mano en la mejilla y la miró con atención, con sus ojos celestes y su cabellera rubia colgando sobre su pecho, descuidada.

-Es acerca de Rívon, ¿Verdad?

Ichiro le aguantó la mirada mientras martilleaba quedamente con su dedo índice un costado del plato de madera que aún contenía una gran cantidad de comida. Era una mirada de preocupación, pero su sonrisa dulce no se quebró.

-Sí, pero en serio, ahora no hablemos de ello. Gracias por preocuparte, Hanuil.

El joven bajó los ojos hacia el plato y dejó de sonreír ante aquellas palabras, para luego recuperarse y devolverle la sonrisa con una pequeña reverencia con la cabeza, y le tendió la mano.

-Ahora somos hermanos de profesión, preciosa. A pesar de los roces que podamos tener, hay que seguir juntos, que la cosa está muy mal para pelearnos por tonterías.

-Tienes razón - Ichiro le tendió la mano educadamente y abrió su sonrisa - Me siento orgullosa de pertenecer a vuestro Gremio.

Hanuil le guiñó un ojo y la besó en la mano, con suavidad.

-Y ahora a divertirse y a olvidarse de todo.

Mientras Hanuil e Ichiro hacían las paces sin darse cuenta, Elrick seguía igual de encendido, en medio de aquella calurosa discusión con Kirin. Parecía que el tono incluso había aumentado pasado el tiempo.

-¡Me la resbala todo cuanto me digas, Kirin, y más después de ver con qué pasotismo y cobardía se han tomado esa guerra las gentes de nuestro Mundo! ¿Qué habéis hecho vosotros? ¿Emborracharos y follar a diario? ¿Comer y dormir? ¿Y me quieres tú dar lecciones sobre qué hacer y qué no hacer una vez allí? ¡Debería darte vergüenza sacar ese tema cuando a vosotros no os importa una puta mierda!

-Por lo que más quieras, Elrik, tranquilízate y hablemos de forma más reposada - dijo Kirin, amasándose las barbas y dando un sorbo de su copa - En verdad aprecio más que nadie todo lo que habéis hecho por nuestro Mundo y el de los Humanos, Elrik. De hecho, te recuerdo que somos los únicos aquí que os apreciamos de verdad, y que, además, tenemos abierto uno de los poquísimos Portales existentes en el Mundo Feérico. No te dejes cegar por el orgullo, y en esto al menos debes hazme caso - lo miró con ojos graves y pensativos, mientras trataba de serenarse con respiraciones profundas, después de aquella gran discusión - Nosotros también hemos tomado parte de toda esa Guerra, Elrik, y de forma diría yo que importante. Aunque nunca se sabe.

Elrik frunció el ceño, echándose hacia atrás y acomodándose en la alfombra, cruzando las manos sobre su regazo.

-¿De qué diablos me estás hablando? ¿Parte en esa guerra? - dijo en un susurro airado - Cuéntamelo todo, Kirin.

-Bien - Kirin se arqueó de forma renqueante y lenta hacia él y también cruzó las manos sobre su regazo, con el gesto grave - Supongo que sabrás quien es Lúne.

-Por supuesto. Sigue

-De acuerdo, pues el año pasado estuvo aquí con dos amigos, en contra de las leyes de la Fortaleza que prohibían a los chicos de su edad entrar en contacto con Feéricos.

Elrik abrió los ojos ligeramente. Su sorpresa era enorme, pero trató de serenarse.

-¿Me estás tomando el pelo? ¿Lúne en nuestro Mundo, a su corta edad?

-Efectivamente - el anciano suspiró, cerrando los ojos por un momento, en una mueca de sufrimiento - Y desde el principio sentimos que un gran poder corre por sus venas, un poder inmenso. Elrick - se arqueó más hacia él, con la mirada entornada - No sé de dónde diablos ha recogido todo ese poder latente, pero tanto puede hacer el Bien, como el Mal. En un niño como él, sin formar, es muy peligroso. Así que decidimos...

-¿Hacerle saltar sobre una Hoguera Azul? - le interrumpió el Viajero, cargando una pipa y ya algo más relajado.

Kirin pareció profundamente desconcertado y se llevó lentamente las manos a la cabeza.

-Efectivamente, Elrick. ¿Cómo lo has sabido?

-Actuar sobre el libre albedrío de un humano es algo que un feérico es muy propenso a hacer.

-¡No me mires así Elrick! - exclamó Kirin, afectado por la suposición acertada del Viajero - Lo hicimos por él, para que no se desvíe por el camino de la destrucción, como ya casi ocurrió hace muy poco tiempo.

Elrik había recuperado la serenidad y la compostura. Se dedicaba a echarle miradas cortas y profundas mientras saboreaba una última y pequeña costilla de ave, deliciosa.

-No sabía que te preocupara tanto una acción tan común entre feéricos. Recuerda los secuestros de niños humanos, las visiones a las que les hemos sometido, las pruebas, y, en definitiva, putadas disfrazadas de lástima hacia ellos - hizo una pausa, dejó de comer y se acercó a unos pocos centímetros de su rostro con una mirada oscura y temible - Kirin, ni con mil hogueras podrás controlar del todo el poder de un humano, su ambición, su libre albedrío.

-¡Qué sabrás tú de poderes, alguien que no siente nada aunque le pinchen con una aguja! - Kirin era ahora el que hacía muecas nerviosas con su rostro enrojecido ya fuera por rabia o vergüenza - ¿Sabes qué acaba de hacer Lúne, por si no lo sabías? Y eso lo sé gracias a la imprudencia - pronunció aquella última palabra con ironía - de mantener un Portal abierto hacia el Mundo Espiral.

-Sorpréndeme.

-Ha matado al jefe de Varmal, se ha llevado a los últimos supervivientes de Fortaleza y se ha puesto claramente a favor de echar a los Lamat de Espiral. ¿Te das cuenta que nuestro hechizo ha funcionado y le ha permitido escapar de las garras de Agros?

Elrick se echó hacia atrás y rió a carcajadas, dando luego un pequeño sorbo a su copa.

-¡Bravo! - aplaudió - ¡Larga vida a Fölmendal! Gracias a vosotros volverá la felicidad y la armonía entre Espiral y el Mundo Feérico. Oh, ¡pero qué digo! - hizo una pausa, sonriendo de forma violenta - ¿Es que ha existido alguna vez tal armonía? ¡Sois unos ilusos! Te repito: su poder no tiene nada que ver con vosotros. No se soluciona nada haciendo saltar humanos sobre hogueras.

Kirin lo miró con ojos chispeantes.

-¿Y tú se puede saber qué has hecho aparte de observar los acontecimientos desde fuera? - su voz sonaba quebrada por la rabia, mientras que el resto de ancianos los miraban graves y en silencio, dejando de comer por unos instantes. Había una gran tensión en el ambiente e incluso Hanuil había dejado de bromear con las alfombras vecinas y había agravado su rostro.

-No tienes derecho a cuestionar a Elrik, Kirin, ninguno - Ichiro, bajo la sorpresa de todos, había alzado los ojos del plato y con una mirada bastante agresiva acechaba el rostro del anciano - El Gremio de Viajeros está marginado y ya nadie le da importancia, pero durante miles de años ha asegurado la estabilidad entre los dos mundos. ¿O es que ya os habéis olvidado de eso? Él trata de decirte que manipulando así a los seres humanos, solamente rompéis más la armonía que debería existir entre nosotros - Su voz sonaba temblorosa pero decidida. Hizo una pausa y observó todos los ojos vueltos hacia ella, abiertos, escrutándola de arriba a abajo. Se había producido un silencio de desconcierto entre los ancianos, ya que era evidente que no se esperaban la reacción de aquella niña - Ah, y otra cosa. Dejad de discutir como niños y disfrutad un poco del banquete.

Kirin se echó hacia atrás y empezó a reír a carcajada suelta. Una vez se recuperó, se arrastró hacia ella por la alfombra y le pellizcó una mejilla de forma cariñosa.

-Ya lo decía yo, esa chica nació para ser Viajera y tiene más seso que los dos juntos. Tienes razón - el anciano también miró de reojo a Elrik - Sé que los viajeros siempre habéis desempeñado un papel esencial en nuestras tierras. Discutir es inútil, así que mejor disfrutemos del banquete como es debido.

Elrick no dijo nada y se mantuvo sobrio como una estatua, dando algún pequeño sorbo a su copa, ligeramente distraído y con el ceño algo fruncido.
Mientras tanto, Hanuil había cogido de las manos a la chica y le decía lo increíble que había sido su intervención.

-Gracias, lo dije sin pensar... - replicó ella, con una tímida sonrisa.

Hanuil soltó una risita divertida.

-Pues el día que se te ocurra hablar pensando, el mundo se postrará a tus pies.

Ichiro se giró hacia otro lado y fingió enfadarse.

-Tu zalamería no te servirá conmigo.

-Oh, perfecto, siempre preferí los retos difíciles - dijo él, sonriente, quitándose con la mano unas mechas de cabello rubio que le caían sobre los ojos.

De repente, todos los comensales empezaron a entonar emocionados las últimas frases de una canción tocada por un bardo que empuñaba una especie de arpa, todos a la vez, a viva voz.

-...Ahora que ya no recordamos
ni nuestros nombres,
ahora que cambiaríamos
a esposas y maridos
por otra copa,
ahora que la estrella polar
ha cambiado de posición,
las piedras subirán el telón
de lo que aún
la vergüenza esconde.

Al terminar la canción, la explosión de júbilo entre los presentes fue tremenda, arrancando unos aplausos ensordecedores.

-¡El juego de las piedras! - exclamó, lleno de regocijo, Hanuil - ¡Solo por eso me alegro de haber venido a este estercolero!

-¿El juego de las piedras? - preguntó Ichiro, temblando ya por alguna otra locura perpetrada por aquellos imprevisibles seres, viendo como aquel que les había guiado hacia la Gran Roca se desplazaba con una pequeña alfombra entre los comensales, tendiéndoles a todos un gran saco del que cada uno extraía una pequeña piedra de distinto color.

-Es sencillo - el chico dió otro sorbo más a su copa y se irguió hacia ella - Se trata de sacar una piedra mágica al azar. Hay 3 tipos de piedras: la piedra de la fiesta del mar, de color esmeralda; la piedra de la fiesta de la montaña, de color perla; y la piedra del romance, de color rojo - hizo una pausa y se echó hacia atrás, recordando algo con una media sonrisa - Por supuesto la última de ellas es la más...hmm...interesante.

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