Lúne se despertó justo al cantar el gallo, como de costumbre, a pesar de su constante insomnio y más durante aquella noche en qué había agarrado una botella de vino de su padre y se la había tomado entera, emborrachándose a solas en el jardín, rodeado de sus dos gatos: Miori, una bonita gata del país de Mitxen negra y blanca, y Kone, un enorme gato de Jatem blanco. Sufría una terrible resaca y se dió cuenta que se había quedado dormido rodeado de los dos felinos, ambos dormidos a su vera, haciéndole compañía, como dos guardianes celosos del tesoro que guardan. Le dolía mucho la cabeza, recordaba sin ningún orgullo que había estado llorando y arrancando plantas en el jardín con las manos, pensando en Yume y enrabietado por tener que asistir a aquella farsa el día siguiente, pero la investidura tenía lugar en tan sólo dos horas y ya no había marcha atrás. Tan sólo sería un mero trámite que no cambiaría para nada su situación. De hecho, su vida era desgraciada ya de por sí, por muchas cosas que ocurrieran. Por eso quizá había decidido aislarse durante un tiempo, y lo que había ocurrido con Yume...le daba la razón.
Tenía que estar solo, pues así no dañaría a nadie más. No podía amar, pues su maldición se extendía a las personas a las que abría el corazón.
Acarició entonces a Miori con suavidad, se desperezó como pudo y abrió la ventana de su cuarto. Para más inri, el día amenazaba tormenta, una de aquellas crueles y violentas tormentas de verano que azotaban aquella región de Espiral de vez en cuando. El viento estaba cargado de malos presagios, de energía negativa que quizá fuera simplemente una sugestión de aquel día grisáceo y oscuro, observando como las cosechas se agitaban armoniosamente con un fuerte viento que silbaba tenebrosamente entre los árboles frutales de su finca.
Entornó los ojos, posando su cabeza entre las manos y los codos a su vez clavados en la repisa de la ventana. El día anterior había prometido seguir luchando, pero el problema era que no le quedaban fuerzas ni deseos para ello. ¿Para qué luchar si todo en su vida terminaba en tragedia?
Entonces, se quitó aquel pijama pintado con lunas negras y estrellas, y se colocó, con hastío y tristeza, la túnica de aprendiz de Varmal, a la cual le tenía un odio visceral. Por culpa de su ambición y de su curiosidad le había sido negada la felicidad y ahora una dura maldición le era impuesta. Solamente tenía ganas de quemar aquella túnica en un fuego que todo lo purificara, junto a todos los sueños que había tenido desde pequeño, cambiándolo solamente por los labios de aquella joven a la que ahora otros labios la protegían, la cuidaban y la entregaban todo lo que él no pudo darle.
Como de costumbre, fue a bañarse con jabón al riachuelo que corría paralelamente a su casa, y al volver encontró ya a sus padres levantados, con una amplia sonrisa en los labios y unos ojos henchidos de orgullo y satisfacción, lo cual hizo el efecto contrario de lo que deseaban: se deprimió aún más.
-Oh, ¡mi querido Lúne ya se hace mayor! - exclamó su madre, al verlo volver del riachuelo con la túnica bordada de ribetes carmesíes, y abrazándolo con efusividad - Serás el orgullo de toda la familia. ¡Estoy tan orgullosa de ti!
La madre de Lúne era una mujer menuda y muy bonita, con el pelo castaño y los ojos grises, llevando unos cabellos cortos y muy bien cuidados. Por supuesto, durante toda su vida había tratado de conseguir que su hijo fuera, digamos, digno de sus padres, y aquel día era el día más importante de su vida, pues les iba a superar en rango y en importancia. Su actitud siempre había sido muy corriente, preocupándose poco de la vida personal de Lúne, al igual que su padre, y más en los progresos que hacía respeto a sus estudios. Iba vestida para la ocasión, de una forma muy elegante, llevando un vestido azul con un generoso escote y una preciosa falda larga y negra que le llevaba a sus pies, adornados en unas sandalias plateadas, que hacían juego con sus ojos. En su cabeza llevaba una diadema de oro.
-Gracias - se limitó a replicar Lúne, distraído, simulando una semi-sonrisa sin querer tampoco decir lo que pensaba al observar la excitación y la felicidad que rezumaba la actitud de su madre. Su padre, al igual que ella, de forma aún más efusiva, le daba cariñosas palmadas en la espalda y alababa a su hijo con sonoros gritos. Al menos ellos estaban alegres, podían sonreír sin ningún atisbo de sombra en sus rostros, y eso no se los iba a arrebatar. Al fin y al cabo, a pesar de ser unos padres despreocupados con su intimidad, jamás se habían portado mal con él y casi siempre habían tenido palabras agradables para él. Eran buenos padres, con el mérito de haber educado a su hijo de la mejor forma que ellos sabían y se merecían un día como aquel y lo iban a tener, aún a costa de tener que actuar con hipocresía.
Un día era un día.
Y, por fin, Lúne, acompañado por sus padres (resultaba curioso ver a su extravagante padre ir vestido de aquella manera tan formal y ceremonial, con una túnica negra con diseños de espirales azules en el torso) se personó ante el enorme y antiquísimo Templo de la Luna Negra, situado en el extremo sur de la Fortaleza, un templo usado por Varmal desde hacía decenas de generaciones, rodeado de espesos bosques de robles y olmos, y del que no se sabía a ciencia cierta el año de su construcción, pues su arquitectura era, se decía, única en Espiral, y se decía que estaba basada en un modelo de construcción que había sido usado en el Mundo Ordinario, en una tierra sagrada y ancestral.
Un alto e imponente muro, llamado Pilonos, marcaba la entrada al Templo por el que se entraba por una enorme puerta abierta de par en par y custodiada por un nutrido grupo de Guardianes con sus lanzas, ataviados para la ocasión con sus armaduras de guerra. En aquel muro estaba dibujada con asombroso detalle una grandiosa y negra serpiente alada que se mordía la cola, en cuyo interior se hallaban dibujos arcanos de diversa índole, como ojos rasgados con dos pupilas, los 3 gatos negros de Varmal, seres feéricos danzando en círculo, hogueras en forma de espiral, árboles enrollando sus ramas entre la piel de la Serpiente y una gran variedad de animales como ciervos, águilas, delfines, lobos y leones, todos ellos pintados en vivos colores, contrastando así con la oscuridad del enorme reptil.
Un pequeño lago sagrado se hallaba ante el templo, teniéndolo que cruzar por encima de tres puentes de distinto color cada uno: blanco, rojo y negro.
Pero lo que más imponía eran los cuatro dibujos que se hallaban en los cuatro puntos cardinales, alrededor de la serpiente. Al Oeste una Luna Menguante, al Este una Luna Creciente, al sur una Luna Llena y, al norte, más grande que las otras, la Luna Negra, que simbolizaba, para Varmal, el Renacimiento.
Un silencio abrumador se extendía por el imponente recinto, solamente quebrado por unos lejanos truenos que retumbaban en las montañas y por el viento que presagiaba una tormenta huracanada. Todo aquello ayudaba a ofrecer un ambiente místico y especial a aquel acontecimiento, por lo cual Lúne, normalmente tranquilo y poco dado a las emociones de aquella índole, no pudo evitar tragar saliva y henchir el pecho, intentando que todo aquello no le impusiera en demasía.
Entonces, desde dentro del templo, vieron salir con paso reposado y noble, a un Sacerdote de la Orden, ataviado en una túnica de color malva y una luna negra en el pecho, rodeada de un aura de límpida luz blanca, la cual simbolizaba el pronto renacer. Era esbelto, tenía la cabeza rapada, y los ojos pintados de color púrpura. Se dirigió directamente al joven, pareciendo como si no reparara en sus padres, los cuales se miraban sorprendidos entre ellos. El sacerdote le colocó una mano en la cabeza y la otra en el corazón y lo miró con ojos graves.
-Lúne de Guibrush de la casa de los Guibrush, ¿Deseas cruzar el umbral? - dijo con voz solemne y ronca.
-Sí, quiero cruzar el umbral, en nombre de los espíritus de mis antepasados - dijo, con frialdad recobrada el joven, de carrerilla.
-Sígueme, entonces, hacia las tinieblas.
Y así, ambos penetraron en el interior del Templo, y la sensación que empezó a invadir el corazón de Lúne a partir de aquel momento fue de una extraña embriaguez, como si todo lo que le abrumaba desde hacía unos días hubiera desaparecido. Flanquearon una sala repleta de columnas, sin ningún atisbo de luz, excepto dos solitarias antorchas que ardían sobre dos de aquellas 36 gigantescas columnas, que hacía entrever la forma de palmera que tenían estas, cubiertas por dibujos de vivos colores que esperaban que la luz del Sol los mostrara en todo su esplendor, sin esperanzas, pues no había ventanas ni aberturas para ello.
Después de aquella travesía prácticamente a ciegas, llegaron a otro gran portal, esta vez cerrado por fuera, decorado con un gigantesco dibujo de un roble que alzaba sus hojas hacia el techo y que resplandecía misteriosamente con una tenue luz que recordaba a la bella y sutil luz de la Luna Llena. Aquello dejó maravillado a Lúne, que ahora sentía como su corazón empezaba a latir con fuerza. Una sensación sublime se apoderó de él y, por primera vez en muchos años, se sentía importante. Él se convertiría, de hecho, en el miembro más joven de la historia de Varmal. Desconocía los motivos que tenían para ello, pero aquello ahora le daba absolutamente igual. Estaba orgulloso de él mismo. Sonrió con excitación cuando empezó a escuchar que el monje, en una especie de mantra, cantaba un antiguo salmo. La ambición volvía a apoderarse de él, como antaño, antes del Desastre.
Rulum omna Andivas Lukum
Después de diez minutos que al joven aspirante le parecieron eternos, las pesadas puertas se abrieron poco a poco, chirriando, extendiéndose dicho sonido con un lúgubre eco por toda la Sala de Columnas. Lúne se estremeció al observar que una luz más diáfana y penetrante se iba filtrando a través de la puerta que se iba abriendo lentamente. Y entonces, entraron en la sala hipóstila, una sala el doble de grande que la Antecámara de las columnas, una sala repleta ahora de Pilares cada uno de una forma vegetal distinta: hayas, olmos, robles, manzanos, encinas, pinos, abetos, castaños, avellanos... Pero lo más impactante era que ahora, gracias a las antorchas esta vez dispuestas en cada una de las 69 columnas, aquello era una auténtica cascadas de colores, cada una de ellas decoradas con distintas imágenes de seres feéricos, todos ellos diferentes formando figuras geométricas, todos cogidos de las manos, rodeados de animales que o bien danzaban con ellos o bien les acechaban. Un fuerte olor a incienso de mirra invadía el corazón del joven y le hacía viajar a lejanas y exóticas tierras que jamás había visitado, guardando en ellas antiguos y misteriosos secretos.
Por otra parte, aquella sala estaba totalmente repleta a reventar de Guardianes con su armadura, hasta el punto que debía haber aproximadamente 500 de ellos. Mientras el Sacerdote y él pasaban con solemnidad, dirigiéndose ya hacia la Sala del Sueño, la penúltima Sala del Templo, que era la encargada de limpiar el alma y el corazón de viejas heridas para llegar, purificados, a la Sala de la Luna, todos los guardianes en un tono grave y profundo cantaban otro salmo más.
El estandarte de Varmal, aunque en aquel momento Lúne estaba tan absorto en el salmo que ni reparó en ello, estaba ligeramente cambiado de lo que solía ser normalmente: una serpiente enroscada en sí misma, sacando la lengua viperina y rodeada de flores negras y al mismo tiempo rodeando a 3 gatos negros. En cambio, los estandartes allí presentes, colgando de aquellas columnas en forma de palmera e iluminados por las numerosas antorchas que ahora restaban encendidas, contenían una imagen diferente y sobrecogedora: aparecían dos fieros y enormes leones con las fauces abiertas y amenazantes custodiando a la serpiente ensangrentada y mal herida, pero con la cabeza levantada y el porte digno.
Pero Lúne parecía estar bajo la influencia de un conjuro... ¿Lo estaba realmente? Solamente esa pregunta apareció en sus pensamientos para irse tan pronto como llegó a su mente. Mientras tanto seguían andando a través de la Sala Hipóstila hasta que, por fin, cruzaron el umbral que los llevaba a la Sala del Sueño, una cámara de pequeño tamaño pero finamente decorada en el techo con piedras preciosas que colgaban en racimos, haciendo recordar diferentes variedades de frutos: los rubíes emulaban las ciruelas, las amatistas las uvas, las esmeraldas verdes nueces, los lapislázulis los bellos frutos del mirto y los azabaches los negros frutos de las rosáceas. Todos colgaban por finos hilos de plata, decorados con espirales. Por unas aberturas excavadas en los cuatro puntos cardinales de la Sala entraba la luz diurna pese a la lluvia que imperaba aquel día, la cual hacía resplandecer los cientos y cientos de piedras que se mecían muy levemente por el efecto del viento que entraba por aquellos pequeños agujeros, haciendo que un añejo sonido sagrado del choque entre las diminutas piedras resonara arrancando del aire un casi imperceptible eco.
Aquella cámara exhortaba a la meditación y a la paz interior. Exhortaba a reír y a dejarse llevar. Entonces, Lúne cerró los ojos inconscientemente y extendió los brazos, sintiendo como de repente se cerraba la compuerta que llevaba a la Sala Hipóstila, tras él. El sonido de las piedras resonaba hasta lo más profundo de su ser, como si su alma estuviera temblando repleta de una embriaguez que rezumaba Verdad y Eternidad.
-Abre los ojos, Lúne de Guibrush - espetó una voz ronca y oscura, que se le antojó lejanamente familiar. Cuando el joven abrió los ojos vio ante él a quien se había imaginado que sería: Agros, ataviado con una elegante túnica negra como el carbón, acabada en una holgada capucha que mantenía echada sobre su cabeza. Aunque la palidez de su piel y su nariz aguileña y pronunciada hacían creer que aquel era un ser del que desconfiar, sus ojos por el contrario destilaban serenidad y comprensión hacia el Aspirante. Lúne, al observar su actitud, respiró con tranquilidad y se dejó llevar por sus palabras. El Archimago desenvainó una espada que llevaba en el cinto y se la ofreció por el filo, con el semblante grave de las grandes ocasiones, pero con una ligera diferencia: el filo estaba ensangrentado.
-Esta es mi sangre. Debes pasar con extremo cuidado tu lengua por el filo sin herírtela. Si no te la hieres y eres capaz de bebértela, entonces significa que tu corazón y tu alma están en armonía con el vínculo que las une: la pureza. La sangre es el símbolo más puro que existe.
Lúne titubeó, pero no halló en su ánimo ninguna actitud de rechazo. Entonces, sin cortarse lo más mínimo, succionó la sangre de su interlocutor con asco disimulado y lo volvió a mirar a los ojos, interrogativo.
-Estoy orgulloso de ti, Lúne. Acompáñame a la Sala de la Luna. Ya estás preparado para dar el paso definitivo.
En la Sala de la Luna solamente tenían permiso la entrada los archimagos de Varmal y el Sumo Sacerdote. Nadie más podía pisarla excepto un Aspirante a Varmal, por primera y última vez. Se podía decir que era la cámara dónde se llevaban a cabo los más importantes ritos mágicos y religiosos en toda la Fortaleza. Entraron allí gracias a un conjuro que musitó Agros entre dientes, abriéndose así una pesada losa de toneladas de peso, decorada con tres serpientes en forma de espiral y una mujer desnuda en el centro, con grandes senos y la vagina descubierta. Estaba rodeada por los reptiles, que parecían acariciarla o quizá querer estrangularla.
Para ser la cámara más importante del Templo, era aquella de una sencillez que abrumaba. Estaba a techo descubierto, conteniendo unas paredes de más de diez metros de altura, sin ninguna decoración, flanqueada por las estatuas de cuatro caballeros armados arrodillados y ofreciendo su cabeza en señal de sumisión. En el centro de aquella cámara se hallaba un roble gigantesco que se perdía en el cielo nublado, y del cual caían innumerables gotas de sus ramas y hojas. A los pies del árbol se hallaba un estanque circular, dispuesto de tal forma que la luz de la Luna dibujaba en él, según la posición del astro, una u otra sombra, que lo hacían emular al cuerpo celeste del que recibía la blanquecina luz. En los días de Luna Nueva, por ejemplo, el estanque se sumía en las tinieblas, y en los días de luna llena estaba totalmente iluminado.
-Sumérgete en el estanque, Lúne de Guibrush.
El joven accedió sin pensárselo dos veces, como impulsado por un sentimiento que no podía cambiar, por algo que le negaba razonar. Estaba como hipnotizado pero, por extraño que parezca, sabía en cada momento lo que estaba haciendo y lo que quería hacer. Realmente deseaba sumergirse en aquel agua cristalina en aquel momento bombardeada por la débil y fina lluvia. Y lo hizo. Se sumergió allí dentro desnudándose, tal y como se lo había mandado Agros.
Al instante sintió como si el peso de su cuerpo hubiera dejado de existir, y que, a pesar de estar sumergido en agua, estuviera volando en aquel líquido, bajo una lluvia que ahora le acariciaba sus sueños y desterraba sus miedos y su oscuridad. Sintió mucha felicidad y ambición a la vez. Sintió poder y, sin previo aviso, empezó a reír a carcajadas, nadando por todas las partes del estanque. Se sentía eterno.
-Lúne, ¿Sientes el enorme poder que albergas en tus venas?
El joven lo miró estupefacto, sin dejar de sonreír y de nadar hacia atrás.
-Jamás había sentido nada parecido. Siento como si, con un sólo gesto, pudiera conseguir cualquier cosa. Incluso... - se asustó de oírse a él mismo pronunciar aquello, aunque estaba convencido de ello - Incluso la inmortalidad.
Agros se acercó a él y, desnudándose él también, se sumergió en el estanque lunar, sentándose a su lado. Le sonreía con gran satisfacción, mientras con suavidad le colocó una mano en el hombro.
-Lúne, tienes sangre feérica corriendo por tus venas.
Aquellas palabras resonaron como si, de repente, una espada hubiera atravesado sin piedad un antiguo y precioso tapiz repleto de vivos colores en el que él hubiera estado inmerso. Sus ojos se abrieron poco a poco y paulatinamente, mientras que aquel agua estancada que antes le había llevado hasta las simas inconmensurables de su ser, en aquellos momentos parecía quemarle. Y es que, a pesar de la sorpresa al haber recibido aquella nueva y la incredulidad que le embargaba, había latentes en las palabras de Agros una dolorosa Verdad que él siempre, en el fondo, había sospechado.
-Entonces...mis visiones, el vacío que siempre sentí, este sentimiento de no sentir que pertenezco a nada que more en este Mundo, el Mundo Espiral... - se limitó a murmurar él, por lo bajo, sintiendo como su boca le temblaba y que se le talaban las palabras.
-Tú mismo tienes que ser el que sea capaz de controlar todo el poder y toda la magia feérica que corre en tu interior, armonizándola con tu parte humana. Si no eres capaz de esto, sufrirás hasta el resto de tu vida - le interrumpió Agros, con el semblante serio y preocupado, pero sin embargo comprensivo y dulce - Lúne - hizo una pausa, atravesándolo con sus ojos oscuros, como si lo que fuera a decir fuera una de las cosas más importantes que iba a escuchar el Joven Aspirante en toda su vida - Quiero que seas mi sucesor y mi mano derecha. Una inminente Guerra se avecina, y el Mundo que conocemos pronto entrará en un inevitable Caos, un Caos que yo he intentado evitar sin éxito. El simple hecho de haber saltado aquella hoguera feérica, te ha convertido en lo que eres y en lo que vas a convertirte, Lúne de Guibrush- añadió el jefe de la Orden, adoptando una sonrisa melancólica y triste.
Lúne, mientras tanto, alzó su mirada hacia aquel anciano y enorme roble que crecía a los pies del estanque y sus ojos se posaron en una planta de muérdago que crecía a varios pies encima de sus cabezas, cerca del suelo, con sus pequeñas bolitas carmesíes meciéndose levemente por efecto del lluvioso viento del que el gran árbol estaba, felizmente, a merced. Se sentía perdido, cómo si su cuerpo no le perteneciera y su mente estuviera vagando por otros derroteros, permanentemente, por otros lugares. Querría huir lejos, en aquellos tiempos de armonía y paz con las Órdenes reinando en Espiral, varios siglos antes de la debacle y del gran azote de los Lamat, antes del Exilio.
-¿Por qué no me lo dijisteis antes? ¿Por qué?...-preguntó, con un hilillo de voz. Hubiera querido gritar, pegarle un puñetazo en el rostro del Archimago, pero sus fuerzas flaqueaban y ya no le quedaba ningún deseo de nada. Sólo deseaba desaparecer para así dejar de sufrir, y así burlar a su nefasto y cruel destino.
Agros le acarició los cabellos de forma paternal y mantuvo aquella leve sonrisa que denotaba mucho pesar en su corazón, pesar por aquel joven que tenía ante él.
-Siempre quise que vivieras una vida normal, Lúne, hasta que llegara el día que no tuvieras más remedio que aceptar tu destino, aunque resulte una carga muy dolorosa y pesada. Yo no he podido hacer nada por mi amado Mundo, a pesar de haber sabido que tarde o temprano los Lamat asolarían Espiral y arrasarían con todo, aprovechándose de la mezquindad del ser humano - hizo una pausa y, mirando hacia el firmamento grisáceo, dejó que su rostro fuera inundado por la lluvia - He cometido graves errores, Lúne, y ahora todo esto me lo van a pagar con una guerra. Pero no tuve otra elección. Esta Fortaleza es la última esperanza, pero pronto desaparecerá bajo la bruma de la muerte y tú debes seguir llevando la antorcha encendida de la esperanza a través de las tinieblas. Mientras viva...¿Me ayudarás a devolver los vínculos perdidos con el Mundo Feérico, pase lo que pase, Lúne de Guibrush?
Lúne sintió como si alguien le hubiera propinado un fuerte golpe en el pecho, dejándolo aturdido y mareado sin que tuviera ninguna razón ni pensamiento en qué apoyarse. Aquellas aguas lunares le impedían levantarse: sus músculos estaban totalmente muertos y, de repente, aquel anciano roble le pareció un horrible augurio de desolación y decadencia. De pronto, no obstante, le vino a la mente la única imagen que aún le mantenía vivo, que aún le hacía arder la sangre, que hasta hacía poco tiempo le había dado una razón por la que luchar y por la que creer: Yume, la sonrisa desenfadada y jovial de Yume. Una lágrima resbaló por su mejilla pero no intentó simularla, al contrario, sus ojos rojizos se clavaron, con intensidad, a los de su interlocutor. En aquel momento pareció como si una pequeña llamita caduca se encendiera durante unos momentos en su interior.
-En este mundo ya no me queda nada, absolutamente nada. ¿Para qué luchar? ¿Para qué aceptar mi destino si ya no me quedan fuerzas ni nada que valga la pena? El Mundo Espiral me importa una mierda, Agros.
Y la llamita volvió a extinguirse mientras el Archimago miraba fijamente la superficie del estanque.
-Lúne, conozco tu dolor. Se trata de Yume, lo sé - murmuró en un susurró casi inaudible.
En aquella ocasión, siendo la mención de aquel nombre el único hilo que, a punto de romperse, le unía con sus deseos y sus energías, consiguió levantarse y se encaró a Agros de manera profundamente hostil.
-¿Cómo diablos conoces a Yume? ¿Cómo sabes lo mío con ella?
Sin contestar a aquella pregunta de Lúne, el archimago se incorporó y, agarrando al joven con fuerza, lo zarandeó.
-¡Lúne, escúchame! - su mirada estaba repleta de ansiedad y de urgencia - ¡Ya vienen hacia acá! ¡Quieren destruir la Fortaleza y todo lo que ésta representa a sangre y fuego! ¡Lo quise impedir pero ya es demasiado tarde!... Escúchame, Lúne - se relajó y le colocó una mano en el hombro, mirándole con intensidad, como si aquello fuera lo último que le dijera - Si te unes a mí, si aceptas tu poder bebiendo del Cuenco, tus visiones desaparecerán para siempre. Lúne, Yume está confundida, pero sé que te ama, lo sé porque lo reconozco en sus ojos. Pero está conmocionada y aturdida por lo que le hiciste...¡Pero nunca es tarde para luchar! Puedes quedarte de brazos cruzados y saber que la perderás, o intentarlo y no abandonar.
Justo después de decir aquello, ambos escucharon un fuerte y frenético tañido de campanas provinente de la puerta delantera del Templo. Aquel era un tipo de tañido que solo se usaba para indicar una cosa: Un ataque contra el edificio y, de paso, contra la Fortaleza. Ya estaban ahí, fueran quienes fueran.
Agros, sin perder un momento, le ofreció así el cuenco con la mano temblorosa y, mientras lo hacía, desenvainó la espada, preparándose así para salir hacia afuera y hacer frente al enemigo.
-Estos traidores ya están aquí, Lúne. Si se hacen con la Fortaleza todos sus habitantes morirán o serán expulsados fuera de ella a merced de los Lamat. Tu amada Yume y tus padres están en peligro, al igual que todos los míos y todos a los que amo. Debes beberte esto y tu poder se verá, por fin, desatado, junto a la renovación que se ha llevado a cabo con el estanque lunar. ¡Hazlo! - gritó, fuera de sí, mientras le ponía el cuenco relleno de un líquido azul y espeso que reflejaba con claridad la poca luz circundante.
Al verse obligado a bebérselo, Lúne en un acto instintivo lo rechazó con un ademán de su mano derecha y lo miro de forma torva.
-A mí nadie me obliga a beberme nada. Sé que este líquido se trata de una poción prohibida en Espiral. Es un hechizo de vinculación muy peligroso. Pero reconozco que no tengo más opción - calló, observó el cuenco de arcilla y suspiró profundamente, mientras ya afuera se oían los choques entre espadas, el rebuzno de los caballos y los gritos ensordecedores de los guerreros - Lo beberé por Yume y por mi familia, nada más.
Entonces, al beberse aquel brebaje de una vez, sintió como si una enorme calidez se extendiera desde su nuca hasta sus pies, devolviéndole el vigor de sus miembros y el colorido de sus mejillas. Era cierto, Agros había tenido razón. Albergaba un gran poder, un poder inmenso, y sentía como si durante todos aquellos años hubiera estado aletargado, hibernando en una tristeza insondable que ahora desaparecía y era substituida por una sonrisa segura y por el relampagueo intenso de sus ojos grises.
Se arrodilló ante Agros.
-De ahora en adelante, por mi fuerza y mi honor, le debo lealtad y seré su mano derecha, mi Señor - alzó los ojos, y una risa maliciosa apareció en sus labios arqueados - Necesitaré una espada, querido Agros.
Friday, March 26, 2010
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